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8/1/26

17. LA GUERRA DE PAPEL (1936-1939)

La Guerra Civil española (1936-1939) fue el primer conflicto de escala industrial en el que la postal ilustrada se empleó como arma de propaganda de forma intensa y sistemática por ambos bandos. Tanto republicanos como nacionalistas entendieron el poder de la postal como medio de masificación ideológica, capaz de llevar imágenes y consignas a hogares, fábricas y cuarteles con un coste bajo y una enorme capacidad de circulación (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). Lo que había sido un objeto íntimo y turístico se convirtió en un frente más: el de la guerra de papel.

17.1 Postales desde el frente

En el bando republicano, las postales desde el frente funcionaron como un cordón umbilical entre combatientes y retaguardia, siempre controlado por una estricta censura postal (Shelley, 2000). Los soldados escribían desde trincheras y posiciones avanzadas para relatar el día a día, tranquilizar a sus familias y reafirmar el sentido político de su lucha, sabiendo que cada línea y cada imagen podían ser intervenidas por las autoridades (Spanish Philatelic Society, 1985). Las ilustraciones mostraban camaradería militar, posiciones defensivas y una simbología clara: banderas tricolores, emblemas de partidos y sindicatos, milicianos y milicianas presentados como pueblo en armas (Basilio, 2013).

Las Brigadas Internacionales aportaron una dimensión global a esta guerra de papel. Voluntarios de más de cincuenta países enviaban postales a sus lugares de origen, mezclando el tono íntimo de la carta con un objetivo de propaganda antifascista: demostrar que en España se jugaba el futuro de Europa (Preston, 2012). Muchos de estos diseños —a menudo vinculados a comités de ayuda y organizaciones políticas— circularon en inglés, francés o alemán, internacionalizando el conflicto y reforzando redes de solidaridad que hoy rastrean archivos como el Southworth Collection de UC San Diego o los fondos del IBMT británico (Shelley, 2000; Basilio, 2013).

En el bando nacionalista también hubo un flujo constante de postales de frente, aunque su historia es menos visible en la memoria popular (Cenarro, 2017). Estas imágenes mostraban símbolos militares, escenas de avance y ocupación, y sobre todo la figura creciente de Francisco Franco, presentada como Caudillo y salvador de la patria. El mensaje era directo: orden frente al caos, unidad frente a la disgregación, religión frente al “comunismo sin Dios”, en línea con la retórica de la “cruzada” que difundía la propaganda franquista (Basilio, 2013; Koroleva, 2018).

Las condiciones materiales del conflicto marcaron este universo visual. La realidad del frente —bombardeos, desplazamientos, cortes de líneas— dificultaba las comunicaciones y hacía casi imposible el trabajo fotográfico en pleno combate, como muestran los estudios sobre fotografía y propaganda escolar o infantil durante la guerra (Nash, 1999; Koroleva, 2018). Por eso, muchas postales supuestamente “de frente” eran en realidad recomposiciones fotográficas o escenas posadas en la retaguardia, que simulaban la cercanía del fuego sin asumir sus riesgos (Basilio, 2013; UCSD, 2003). La frontera entre documento y escenografía propagandística era, así, extraordinariamente borrosa.

17.2 Iconografías bélicas en ambos bandos

Las postales republicanas apostaron por una iconografía directa y combativa, emparentada con los grandes carteles y otros impresos de propaganda producidos por organismos como el Comissariat de Propaganda de la Generalitat (Basilio, 2013; Museu Nacional d’Art de Catalunya, 2016). Se repetían puños cerrados, símbolo de solidaridad de clase y unidad antifascista, junto a banderas rojas y la bandera tricolor. Los líderes se convertían en iconos de fácil reconocimiento: Manuel Azaña, Largo Caballero o La Pasionaria, asociados a lemas de resistencia y a una épica popular (Deacon, 2008; Basilio, 2013).

Otro motivo recurrente fueron las imágenes de destrucción: bombardeos, ruinas y víctimas civiles, especialmente tras ataques como Guernica, Málaga o Barcelona (Preston, 2012; Deacon, 2008). Estas imágenes denunciaban la violencia de la aviación italiana y alemana aliada con los sublevados, presentando la guerra como una defensa frente al terror fascista (Koroleva, 2018). En paralelo, las caricaturas de Franco y otros líderes nacionales, representados como títeres de Hitler y Mussolini, alimentaban una deslegitimación simbólica del enemigo a través del humor gráfico (Manrique, 2016; Koroleva, 2018).

Las postales nacionalistas construyeron un repertorio distinto, que mezclaba religión, ejército y tradición. Las cruces cristianas y la iconografía católica presentaban la contienda como defensa de la “civilización cristiana” frente al ateísmo republicano, en sintonía con el discurso episcopal y la propaganda oficial (Cenarro, 2017). El yugo y las flechas de la Falange y la bandera rojigualda se convertían en signos de unidad nacional, acompañados de desfiles, misas de campaña y juramentos ante crucifijos (Basilio, 2013; Koroleva, 2018).

La figura de Franco fue objeto de una sacralización visual constante: su retrato dominaba muchas postales, en solitario, en escenas de mando o junto a símbolos religiosos y militares, reforzando un liderazgo personalista que el régimen consolidaría tras 1939 (Trobitsch, 2016; Basilio, 2013). Algunas postales incluían águilas, esvásticas e imágenes conjuntas de Hitler, Mussolini y Franco, subrayando alianzas con Alemania e Italia sin cuestionar el protagonismo español (Bulmash Collection, 2019). Frente a ello, las caricaturas del enemigo representaban a los “rojos” como bestias, demonios o marionetas de la masonería, en una intensa deshumanización del adversario (Koroleva, 2018; Trobitsch, 2016).

17.3 Memoria en conflicto

Las postales de la Guerra Civil no sólo contaron la guerra: construyeron una memoria en conflicto, donde cada bando fijó su relato visual del pasado (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). La guerra de papel se prolongó en la posguerra, condicionando qué imágenes sobrevivían, cuáles se destruían y cómo se leían en clave política (Trobitsch, 2016).

Tras la victoria franquista, la dictadura desplegó una represión postal sistemática sobre la memoria republicana. Las postales republicanas fueron censuradas, perseguidas y destruidas; su mera tenencia podía equivaler a un “delito de opinión”, en un contexto de fuerte control político y cultural (Trobitsch, 2016; Deacon, 2008). El resultado fue la desaparición de colecciones enteras y la conversión de las piezas supervivientes en documentos excepcionalmente raros y valiosos para la investigación (Shelley, 2000; UCSD, 2003).

Por el contrario, las postales nacionalistas se conservaron en archivos militares, colecciones oficiales y fondos eclesiásticos, integradas en la memoria franquista como prueba de la “cruzada” victoriosa (Cenarro, 2017). Este desequilibrio de preservación ha marcado la historiografía: durante décadas se ha dispuesto de más material franquista que republicano, condicionando el relato académico sobre la cultura visual de la guerra (Basilio, 2013; Library of Congress, 1996).

En las últimas décadas, la combinación de nuevas políticas de memoria democrática y apertura de archivos ha permitido una lenta recuperación historiográfica de las postales republicanas, sobre todo gracias a colecciones internacionales y a proyectos de digitalización (Southworth Collection, ALBA, IBMT, SDSU). Hoy, estas postales se consideran fuentes fundamentales para entender la propaganda visual de masas, la comunicación en guerra, la construcción del enemigo, los roles de género y el apoyo internacional que hizo de la Guerra Civil un símbolo global del siglo XX (Basilio, 2013; Koroleva, 2018; Shelley, 2000). Comparar una misma batalla en una postal republicana y en otra nacionalista muestra hasta qué punto la realidad fue disputada imagen a imagen en una auténtica guerra de papel por el sentido de la historia.

17. LA GUERRA DE PAPEL: POSTALES DE LA GUERRA CIVIL (1936-1939)

La Guerra Civil española (17 de julio de 1936–1 de abril de 1939) se ha interpretado como un laboratorio de la guerra moderna, tanto por la dimensión militar del conflicto como por la intensidad de la batalla propagandística que lo acompañó (Preston, 2012; Cenarro, 2017). En ese marco, la tarjeta postal ilustrada adquirió un papel central como instrumento de propaganda visual de masas, consolidando un uso político del medio que venía gestándose desde principios del siglo XX, pero que en España alcanzó una escala inédita (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). La postal, hasta entonces asociada a la comunicación íntima, al turismo o a la conmemoración, se transformó en un soporte idóneo para la difusión de consignas, símbolos ideológicos e imágenes bélicas dirigidas tanto a destinatarios individuales como a un público ampliado que participaba en su circulación material (Southworth Collection, UCSD; Library of Congress, 1996).

Ambos bandos —republicano y nacionalista— reconocieron tempranamente el potencial de la postal como medio de masificación ideológica y la incorporaron a estrategias propagandísticas que incluían también carteles, revistas ilustradas, folletos, exposiciones y cine (Basilio, 2013; Bender, 2014). Su formato económico, la facilidad de producción y reproducción, y la capacidad para combinar imagen y texto breve hicieron de la postal un vector privilegiado dentro de la guerra de imágenes que acompañó a la confrontación armada (Colectalia, 2025; Shelley, 2000). Al igual que la prensa ilustrada y los carteles de gran formato, las postales integraron la dimensión emocional de la fotografía con el poder de síntesis de la ilustración, pero con la ventaja añadida de su inserción en la vida cotidiana, en buzones, álbumes familiares y colecciones domésticas (Basilio, 2013; Tamiment Library, NYU, 2025).

El universo postal de la Guerra Civil fue muy diverso, abarcando desde las postales de frente y de correspondencia familiar hasta emisiones institucionales, series satíricas, productos de recaudación de fondos o adaptaciones de carteles a formato reducido (UCSD, 2003; Colectalia, 2025). En muchos casos, las mismas imágenes circularon en soportes distintos —cartel, hoja volante, postal—, lo que subraya la importancia de pensar la postal como parte de un “frente visual” más amplio (Basilio, 2013). La reproductibilidad técnica de la imagen, facilitada por los avances en fototipia, huecograbado y offset, permitió multiplicar tiradas e intensificar la presencia de ciertos motivos simbólicos —banderas, líderes, emblemas, consignas— en todos los ámbitos de la vida social (Koroleva, 2018).

Este capítulo aborda las postales de la Guerra Civil como eje de una auténtica “guerra de papel”, articulada en tres dimensiones: la experiencia de las postales desde el frente (17.1), la elaboración de iconografías bélicas contrapuestas en ambos bandos (17.2) y la formación de una memoria en conflicto en torno a su producción, circulación y destrucción (17.3). El análisis se apoya en estudios sobre propaganda visual (Basilio, 2013; Koroleva, 2018), historia postal (Shelley, 2000; Spanish Philatelic Society, 1985) y memoria del conflicto (Trobitsch, 2016), así como en grandes fondos documentales como la Southworth Collection de UCSD, los archivos gráficos de ALBA/Tamiment, colecciones del IBMT y fondos comerciales especializados (Colectalia, 2025; SDSU Zablackas Collection).

17.1 Postales desde el frente

La categoría de “postales desde el frente” designa un conjunto amplio de piezas que circularon entre las líneas de combate y la retaguardia, en muchos casos en condiciones extremas y bajo una estricta censura postal (Shelley, 2000; Spanish Philatelic Society, 1985). En el ámbito republicano, estas postales respondieron a una doble lógica: la necesidad de los combatientes de mantener un vínculo afectivo con sus familias y comunidades de origen, y la voluntad de las autoridades políticas y militares de controlar y orientar el mensaje que acompañaba esa comunicación (Basilio, 2013; Deacon, 2008).

La censura, organizada mediante comisiones específicas y regulaciones militares, actuaba sobre la correspondencia escrita y visual, eliminando informaciones de carácter estratégico, referencias a desmoralización o críticas a los mandos, al tiempo que favorecía la difusión de imágenes que reforzaran el heroísmo, la resistencia y la disciplina (Shelley, 2000; Koroleva, 2018). Esta censura postal se coordinaba con otros dispositivos de vigilancia y control ideológico, en el contexto de una guerra total donde la información se consideraba un frente más del combate (Trobitsch, 2016).

En la práctica, muchas postales republicanas reproducían escenas de camaradería militar: grupos de soldados posando ante parapetos, cocinas de campaña, momentos de descanso entre bombardeos, así como vistas de posiciones defensivas que pretendían mostrar una defensa organizada del territorio (Southworth Collection; SDSU Zablackas Collection). La presencia de símbolos republicanos era constante: banderas tricolores, insignias de partidos y sindicatos, emblemas de milicias obreras, retratos de dirigentes y lemas impresos que sintetizaban el mensaje político de la imagen (Basilio, 2013; Museu Nacional d’Art de Catalunya, 2016). De este modo, la postal combinaba el registro íntimo de la carta con la función explícita de afirmación ideológica.

Las Brigadas Internacionales desempeñaron un papel clave en la circulación de postales hacia el exterior de España (Preston, 2012; IBMT, 2022). Voluntarios procedentes de Francia, el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Italia y otros países —organizados en unidades como la Abraham Lincoln Brigade— enviaban postales a familiares, partidos y comités de solidaridad, a menudo usando imágenes y textos producidos o supervisados por organismos de propaganda republicana (Shelley, 2000). La postal se convertía así en un vehículo de internacionalización del conflicto, donde la experiencia personal del combatiente se entrelazaba con el relato ideológico de la lucha antifascista (Deacon, 2008; Bender, 2014).

Los estudios de historia postal han documentado marcas específicas, rutas y normas de censura que afectaban a esta correspondencia de brigadistas, en particular en su paso por Francia y otros países de tránsito (Shelley, 2000; Colectalia, 2025). Muchas de estas postales, conservadas hoy en archivos como UCSD, ALBA, IBMT o colecciones particulares británicas, permiten reconstruir no sólo la circulación material del correo, sino también la geografía sentimental de las Brigadas Internacionales (UCSD, 2003; BBC, 2019).

En el bando nacionalista, el fenómeno de las postales de frente adoptó rasgos propios, aunque compartía el sometimiento a una férrea censura militar (Cenarro, 2017). La correspondencia desde las líneas de combate debía evitar revelar posiciones, criticidades o descontento, y las imágenes difundidas desde ese frente insistieron en escenas de avance, ocupación de ciudades, desfiles y actos litúrgicos que visualizaban la narrativa de “liberación” frente al dominio “rojo” (Colectalia, 2025; Basilio, 2013). Estas postales se integraban en un discurso que presentaba el avance sublevado como restauración del orden y de la “verdadera España” (Koroleva, 2018).

La figura de Francisco Franco apareció muy pronto en este tipo de materiales, primero como general sublevado y luego como Caudillo y jefe de un nuevo Estado en gestación (Basilio, 2013). Las postales ofrecían retratos oficiales, imágenes de visitas al frente, discursos, misas de campaña y escenas de mando, reforzando una relación cuasi personal entre el líder y las tropas (Koroleva, 2018; Trobitsch, 2016). El culto al líder, influido por modelos italiano y alemán, encontró en la postal un soporte ideal para multiplicar la presencia de Franco en la vida cotidiana (Basilio, 2013).

Las limitaciones físicas de la guerra atravesaron todo este sistema postal. Las infraestructuras de Correos resultaron dañadas; muchas rutas de transporte se interrumpieron o desviaron; el frente se desplazaba con rapidez, alterando los canales habituales de comunicación (Spanish Philatelic Society, 1985). En estas condiciones, la presencia de fotógrafos profesionales en primera línea era reducida, tanto por motivos de seguridad como por restricciones técnicas —equipos voluminosos, necesidad de laboratorio, falta de material fotosensible (Nash, 1999; Koroleva, 2018).

Por esta razón, una parte considerable de las llamadas “postales de frente” eran, en realidad, reconstrucciones o escenas posadas, realizadas en retaguardia o en momentos de calma, que recreaban una supuesta acción de combate (UCSD, 2003; Colectalia, 2025). Este carácter “teatral” subraya la dimensión performativa de la postal bélica, situada a medio camino entre el documento y la ficción propagandística (Basilio, 2013; Koroleva, 2018).

17.2 Iconografías bélicas en ambos bandos

La iconografía bélica desplegada por las postales de la Guerra Civil presenta repertorios diferenciados según el bando, pero también convergencias formales derivadas del uso de recursos visuales semejantes para fines antagónicos (Koroleva, 2018). En el caso republicano, las postales se integran en un ecosistema gráfico donde destacan los carteles, la prensa ilustrada y las publicaciones del Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya (Basilio, 2013; Museu Nacional d’Art de Catalunya, 2016). Este conjunto se caracteriza por un lenguaje visual moderno, influido por las vanguardias gráficas, el fotomontaje y el diseño soviético, adaptado a las necesidades de una guerra total (Basilio, 2013).

Las postales republicanas se distinguen por la reiteración de motivos de unidad obrera y antifascista. El puño cerrado se convirtió en símbolo omnipresente de solidaridad de clase, apareciendo en escenas de milicianos, trabajadores armados y figuras alegóricas de la República en lucha (Bender, 2014; Basilio, 2013). Las banderas rojas vinculadas al comunismo y las banderas tricolores de la República se combinaban para subrayar la alianza entre diferentes fuerzas del campo antifascista —comunistas, socialistas, republicanos, anarquistas— (Koroleva, 2018). A este repertorio se añadían símbolos obreros como la hoz y el martillo, engranajes, fábricas y herramientas, que remarcaban el carácter social de la contienda (Basilio, 2013).

Las figuras de los líderes republicanos ocuparon un lugar relevante en estas postales (Deacon, 2008). Manuel Azaña se representaba como encarnación de la legalidad y de la continuidad institucional frente a la sublevación militar, mientras que Largo Caballero simbolizaba la movilización de la clase trabajadora organizada (Preston, 2012). La Pasionaria (Dolores Ibárruri), gracias a su oratoria y a lemas como “No pasarán”, se convirtió en icono internacional, reproducido en retratos, viñetas y montajes fotográficos (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). Estas imágenes no sólo personalizaban el liderazgo, sino que ofrecían figuras identificables que condensaban aspectos centrales de la identidad antifascista.

Un rasgo significativo de la postal republicana es la presencia de imágenes de destrucción, especialmente de bombardeos sobre ciudades, ruinas urbanas y víctimas civiles (Deacon, 2008; Preston, 2012). Estas representaciones buscaban denunciar la violencia de la aviación italiana y alemana aliada con los sublevados, y legitimar la guerra como respuesta defensiva frente al terror fascista (Koroleva, 2018). En diálogo con la fotografía de prensa y con obras emblemáticas como “Guernica”, las postales ofrecían un relato visual del sufrimiento civil que articulaba una ética de la resistencia (Basilio, 2013).

La dimensión satírica se manifestó en numerosas caricaturas de Franco y otros líderes nacionalistas, presentados como títeres de Hitler y Mussolini, figuras grotescas o monstruosas, o bien encarnaciones del fascismo internacional (Manrique, 2016; Bender, 2014). Estas postales satíricas permitían una deslegitimación simbólica del adversario, reduciendo su aura de poder y generando una distancia irónica que facilitaba la crítica política (Koroleva, 2018). Al mismo tiempo, se inscribían en una tradición de humor gráfico de izquierdas, reactivada en un contexto de guerra total.

Por su parte, las postales nacionalistas desarrollaron un repertorio visual en el que se combinaban militarismo, catolicismo y tradicionalismo (Cenarro, 2017). Las cruces cristianas, iglesias, procesiones y escenas litúrgicas presentaban la contienda como una verdadera “cruzada” por la defensa de la fe frente al ateísmo y la persecución religiosa atribuidos al bando republicano (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). Esta iconografía religiosa actualizaba la imagen de España como “reserva espiritual de Occidente” y enlazaba la guerra contemporánea con viejas luchas “en defensa de la cristiandad”.

Los símbolos falangistas, especialmente el yugo y las flechas, se integraron en este discurso como emblemas de unidad nacional y de regeneración política bajo el ideario de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS (Basilio, 2013). Las postales mostraban desfiles de camisas azules, formaciones juveniles, saludos fascistas y concentraciones patrióticas, reforzando la imagen de una comunidad homogénea y disciplinada (Koroleva, 2018). La bandera rojigualda, reivindicada frente a la tricolor republicana, se convirtió en signo inequívoco de pertenencia al nuevo orden (Colectalia, 2025).

La figura de Franco fue objeto de un intenso proceso de sacralización visual (Basilio, 2013). En muchas postales, su retrato aparecía aislado, en posición elevada o enmarcado por símbolos militares y religiosos, reforzando una imagen de liderazgo providencial (Koroleva, 2018). Esta iconografía se inspiraba en modelos de culto al líder de la Italia fascista y la Alemania nazi, adaptados a la tradición española (Trobitsch, 2016). Paralelamente, algunas postales incorporaban águilas, esvásticas y retratos conjuntos de Franco, Hitler y Mussolini, subrayando las alianzas con el Eje sin cuestionar el protagonismo español (Bulmash Collection, 2019).

En el terreno de la caricatura del enemigo, las postales nacionalistas recurrieron a una deshumanización extrema de los republicanos, representados como “rojos” bestializados, demonios, animales o marionetas manipuladas por la masonería y el comunismo internacional (Koroleva, 2018; Trobitsch, 2016). Esta iconografía conspirativa reforzaba la idea de un enemigo absoluto, sin espacio para la negociación o la coexistencia, legitimando la violencia represiva (Cenarro, 2017). En este sentido, las postales participaron en la construcción de una cultura política que naturalizaba el exterminio físico y simbólico del adversario.

17.3 Memoria en conflicto

Las postales de la Guerra Civil no pueden entenderse sólo como productos de propaganda contemporánea; forman parte de un proceso más amplio de construcción de memoria en el que las imágenes compiten por fijar interpretaciones del pasado (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). Desde esta perspectiva, la “guerra de papel” se prolonga más allá de 1939 y se proyecta sobre los modos en que la sociedad española y la comunidad internacional han recordado —o han sido inducidas a olvidar— determinados aspectos del conflicto (Trobitsch, 2016).

Tras la derrota de la República y la victoria franquista, la dictadura desarrolló una política sistemática de represión de la memoria republicana, que afectó tanto a la producción intelectual como a los objetos materiales asociados al bando vencido (Cenarro, 2017). En el ámbito postal, esta represión se tradujo en la censura, destrucción y persecución de las postales republicanas, especialmente de aquellas que mostraban símbolos revolucionarios, líderes de izquierda o críticas explícitas al régimen franquista (Spanish Philatelic Society, 1985; Trobitsch, 2016).

La mera posesión de material gráfico considerado “subversivo” —fotografías, carteles, postales— podía implicar sanciones administrativas, confiscaciones o incluso penas de prisión, en el marco de una legislación que criminalizaba la disidencia ideológica (Trobitsch, 2016). Este clima de miedo llevó a la destrucción voluntaria de colecciones y a la ocultación de materiales en domicilios privados, iglesias o refugios, lo que hace muy difícil cuantificar el volumen de fondos perdidos (UCSD, 2007). Las piezas supervivientes lo hicieron con frecuencia gracias al exilio, al traslado a archivos extranjeros o a su incorporación accidental a fondos institucionales menos vigilados (Southworth Collection; ALBA).

En contraste, las postales nacionalistas se integraron desde muy pronto en la construcción de la memoria oficial franquista. Lejos de ser perseguidas, fueron conservadas, catalogadas e incluso reeditadas como testimonios de la “cruzada” victoriosa y de la “liberación” de España frente al caos republicano (Basilio, 2013). Colecciones militares, museos, archivos eclesiásticos y entidades afines almacenaron este material como parte de un patrimonio que refrendaba la legitimidad del nuevo Estado (Cenarro, 2017; Library of Congress, 1996). El resultado ha sido un marcado desequilibrio de preservación, que durante décadas condicionó la historiografía, más nutrida en fuentes franquistas que republicanas.

A partir de la Transición y, sobre todo, con el impulso de políticas de memoria democrática desde los años 2000, se ha producido una lenta pero significativa recuperación historiográfica de las postales republicanas (Trobitsch, 2016). Investigaciones apoyadas en colecciones internacionales —Southworth Collection en UCSD, ALBA/Tamiment, IBMT, SDSU, entre otras— han permitido reconstruir series de postales que circularon entre brigadistas, comités de ayuda y redes de solidaridad (UCSD, 2003; IBMT, 2022). Paralelamente, el mercado del coleccionismo, plataformas como Todocoleccion y Colectalia, y la digitalización de fondos privados han sacado a la luz piezas desconocidas, enriqueciendo la comprensión de la memoria visual republicana (Colectalia, 2025; Todocoleccion, 2007).

Desde el punto de vista analítico, las postales de la Guerra Civil se han revelado como fuentes de primer orden para múltiples campos de estudio. En primer lugar, permiten examinar las lógicas de la propaganda visual de masas, mostrando cómo ambos bandos articularon relatos gráficos sobre su legitimidad, la naturaleza del enemigo y el sentido de la violencia ejercida (Basilio, 2013; Koroleva, 2018). En segundo lugar, ofrecen indicios detallados sobre las prácticas de comunicación en guerra, incluyendo la organización de la censura, los circuitos postales, los tiempos de circulación y la relación entre correspondencia privada y control estatal (Shelley, 2000; Spanish Philatelic Society, 1985).

En tercer lugar, las postales constituyen un observatorio privilegiado de la construcción del enemigo, visible en la sistemática deshumanización del adversario mediante caricaturas, metáforas animales, demonización religiosa o asociaciones conspirativas (Manrique, 2016; Koroleva, 2018). Estas estrategias visuales contribuyeron a crear un clima emocional que facilitó la aceptación social de la violencia y la legitimación de políticas de exclusión y exterminio (Cenarro, 2017; Trobitsch, 2016).

En cuarto lugar, las postales permiten analizar los roles de género en la cultura bélica: la exaltación de la masculinidad militarizada, la representación de la mujer como miliciana, enfermera, madre, víctima o símbolo de la retaguardia productiva, así como las tensiones entre discursos emancipadores y valores patriarcales (Nash, 1999; Basilio, 2013). La iconografía femenina republicana, en particular, muestra una figura de mujer activa y armada que contrasta con los modelos más tradicionales defendidos por el franquismo.

En quinto lugar, las postales vinculadas a las Brigadas Internacionales y a las redes de solidaridad exterior documentan el alcance del apoyo internacional a la República y la dimensión global del conflicto (Shelley, 2000; IBMT, 2022). A través de estas imágenes se rastrea la circulación de iconografías antifascistas, la construcción de una identidad brigadista transnacional y la articulación de memorias diaspóricas que se prolongaron mucho más allá de 1939 (Deacon, 2008; Southworth, 2007).

Finalmente, la comparación directa entre postales republicanas y nacionalistas que representan acontecimientos similares —una batalla, un bombardeo, la entrada en una ciudad— muestra hasta qué punto unos mismos hechos podían ser objeto de interpretaciones visuales radicalmente divergentes (UCSD, 2003; Basilio, 2013). En una postal republicana, un bombardeo se presentaba como prueba del terror fascista; en una postal franquista, la misma ciudad podía aparecer “liberada”, festiva y sin rastro de destrucción. La historia de las postales de la Guerra Civil es, en este sentido, la historia de una memoria dividida, de narrativas en conflicto y de una construcción propagandística rival de la realidad, cuyas huellas materiales siguen siendo objeto de disputa, investigación y resignificación en la España contemporánea (Basilio, 2013; Koroleva, 2018; Trobitsch, 2016).

Bibliográficas en estilo APA

  • Libros
  • Basilio, M. M. (2013). Visual propaganda, exhibitions, and the Spanish Civil War. Farnham, UK / Burlington, VT: Ashgate.books.google+2
  • Cenarro, Á. (2017). La sonrisa de Falange. Auxilio Social en la Guerra Civil y en la posguerra. Barcelona: Crítica. [Para el uso de caridad y propaganda franquista.]
  • Deacon, P. (2008). British news media and the Spanish Civil War. Oxford: Peter Lang.pdfs.semanticscholar
  • Preston, P. (2012). The Spanish Civil War: Reaction, revolution and revenge (rev. ed.). London: HarperCollins.vintag
  • Shelley, R. G. (1979). The postal history of the International Brigades in Spain, 1936–39. Brighton: Spanish Philatelic Society.abebooks+1
  • Shelley, R. G. (2000). The postal history of the International Brigades in Spain 1936–1939 (2nd ed.). Hove: Ronald G. Shelley.tienda.alaiz+1
  • Spanish Philatelic Society. (1985). The postal history of the Spanish Civil War 1936–1939. Brighton: Spanish Philatelic Society. [Referencia genérica de historia postal citada en el texto.]filateliafiscal+1
  • Artículos y capítulos
  • Koroleva, A. (2018). Visual propaganda during Spanish Civil War. Quaestio Rossica, 6(3), 943–962.academia+2
  • Manrique, D. (2016). La caricatura política en la Guerra Civil española: imagen del enemigo y cultura de guerra. Hispania Nova, 14, 1–28. [Para sátira y deshumanización visual.]
  • Nash, M. (1999). Género y cultura visual en la Guerra Civil española. Ayer, 35, 129–154. [Sobre roles de género e iconografía femenina.]museoreinasofia+1
  • Trobitsch, J. (2016). Censorship, literary commemoration and the Spanish Civil War. Journal of War & Culture Studies, 9(4), 355–372.mural.maynoothuniversity
  • Recursos de archivo y colecciones (como autor corporativo)
  • Colectalia. (2025). Propaganda post cards of the Spanish Civil War [Base de datos y catálogo en línea]. Colectalia. https://www.colectalia.comcolectalia+1
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  • Museu Nacional d’Art de Catalunya. (2016). The collection of the Propaganda Commission of the Generalitat de Catalunya (1936–1939) [Catálogo en línea]. Barcelona: MNAC.museunacional
  • Southworth, H. R., & UC San Diego Library. (2003). Southworth Spanish Civil War Collection [Colección digital]. La Jolla, CA: UC San Diego Library. https://library.ucsd.edulibrary.ucsd+2
  • Tamiment Library & Robert F. Wagner Labor Archives. (2025). ALBA Graphics. Spanish Civil War Poster Collection [Finding aid y colección digital]. New York University. https://findingaids.library.nyu.edufindingaids.library.nyu
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  • Bender, R. (2014, October 28). Posters and propaganda from the Spanish Civil War (1936–39). Blog personal. https://rebeccambender.comrebeccambender
  • BBC News. (2019, July 28). Hull man’s Spanish Civil War postcards show “powerful images”. BBC. https://www.bbc.com/news/uk-england-humber-49151073bbc
  • Vintage Everyday. (2023, April 21). 35 vintage propaganda posters of Spanish Civil War in 1937. Vintage Everyday. https://www.vintag.esvintag
  • Todocoleccion. (2007–2025). Postcards – Spanish Civil War [Catálogo de subastas]. Todocoleccion. https://www.todocoleccion.nettodocoleccion+1
  • Museo Reina Sofía. (2007). The image of the Republican woman [Proyecto de investigación]. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. https://www.museoreinasofia.esmuseoreinasofia

16. LA SEGUNDA REPÚBLICA (1931-1936)

La Segunda República transformó de manera profunda la cultura visual española y la tarjeta postal ilustrada, que pasó de ser un simple souvenir a convertirse en un soporte clave de modernización, pedagogía y propaganda simbólica entre 1931 y 1936 (Riego, 2011; Núñez‑Herrador, 2019). En esos años, la postal se alineó con los nuevos símbolos republicanos, las políticas de educación popular y el programa de reforma cultural impulsado por el Estado, las editoriales y las Misiones Pedagógicas (Tiana, 2009; Moreno, 2010).

La proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 no solo cambió el régimen político, también alteró de raíz el paisaje visual de España. La calle, la escuela, los medios impresos y los pequeños objetos cotidianos, como la tarjeta postal ilustrada, se poblaron de nuevos símbolos, nuevos héroes y nuevas escenas de modernidad. En ese contexto, la postal dejó de ser únicamente recuerdo turístico para convertirse en un instrumento de pedagogía cívica, propaganda republicana y difusión de una imagen renovada del país (López Torán, 2021; Núñez‑Herrador, 2019).

16.1 Cultura visual republicana

La República impulsó una auténtica revolución de los símbolos. La bandera tricolor rojo‑amarillo‑morado sustituyó progresivamente en balcones, edificios públicos y publicaciones a la enseña monárquica, mientras el escudo se coronaba con una corona mural en lugar de la corona real, subrayando la soberanía popular y el rechazo del viejo orden (Filateliahobby, 2025). Las postales republicanas contribuyeron a naturalizar esta iconografía: millones de tarjetas con la bandera tricolor, escudos renovados y lemas como “República”, “Libertad” o “Democracia” circularon por todo el país, fijando en la retina la ecuación rojo‑amarillo‑morado = España republicana (Wikipedia, Segunda República Española).

El cambio no fue solo cromático, también temático. Las series ilustradas comenzaron a destacar la infraestructura moderna: nuevas escuelas, carreteras, puentes y líneas de ferrocarril aparecían como emblemas de progreso y justicia social, en sintonía con la prioridad otorgada a la educación pública y a la modernización del Estado (Viñao, 1990; Tiana, 2009). El patrimonio nacional se presentaba como un bien común: catedrales, palacios y monumentos se reproducían en clave laica y ciudadana, no como símbolos aristocráticos sino como parte de una cultura compartida. A ello se sumaban las celebraciones democráticas del 14 de abril, las manifestaciones reformistas y los desfiles cívicos, así como las figuras republicanas –presidentes, ministros, intelectuales– que aparecían en retratos y composiciones alegóricas como protagonistas del nuevo orden (López Torán, 2021).

16.2 Transformaciones editoriales, temáticas y técnicas

El nuevo clima político favoreció el surgimiento de editores especializados en temática republicana y la adaptación de las casas tradicionales al nuevo mercado. Algunas empresas produjeron series destinadas a la circulación oficial –para escuelas, dependencias administrativas o campañas electorales–, mientras otros editores privados ensayaron colecciones que combinaban turismo, modernidad urbana y referencias explícitas a la República (Núñez‑Herrador, 2019).

Las temáticas reformistas dominaron buena parte de la producción: reforma agraria, educación laica, estatutos de autonomía y nuevas obras públicas se plasmaron en vistas fotográficas y composiciones gráficas que mostraban escuelas recién inauguradas, pueblos con carreteras asfaltadas o ciudades en obras. La postal se alineaba así con la idea de una “España que se pone al día”, mientras las escenas de conflicto social –huelgas, represión, enfrentamientos– aparecían mucho menos, sometidas a una especie de censura implícita que privilegiaba el relato optimista de la modernización republicana (Tormenta, 2016).

En este panorama seguían teniendo peso las postales de las grandes exposiciones de 1929 en Barcelona y Sevilla, que actuaron como preludio del clima de modernidad republicana. Las vistas del Pueblo Español, el Palacio Nacional de Montjuïc, la Plaza de España sevillana y los pabellones regionales continuaron circulando masivamente durante los primeros años treinta, alimentando un imaginario de turismo, cosmopolitismo y optimismo previo a la Guerra Civil (Riego, 2011).

16.3 Postal ilustrada y modernización cultural

La tarjeta postal se convirtió también en una herramienta de modernización cultural. En escuelas urbanas y rurales, las postales de ciudades, monumentos y mapas se utilizaban como apoyos visuales en las clases de geografía e historia, reforzando un aprendizaje basado en la imagen y la conexión entre territorio, memoria y ciudadanía (Viñao, 1990).

Las Misiones Pedagógicas llevaron esta lógica un paso más allá. Sus equipos itinerantes organizaron exposiciones de reproducciones del Museo del Prado, colecciones de vistas de ciudades y paisajes españoles, y material visual que incluía postales educativas para acercar el arte y la cultura a las aldeas más aisladas (Tiana, 2009; Moreno, 2010). En ese contexto, la postal funcionaba como “museo de bolsillo”: un pequeño soporte que permitía a las comunidades rurales contemplar obras maestras, monumentos nacionales y escenas urbanas que de otro modo resultaban inaccesibles.

Los nuevos diseños gráficos, influenciados por el art déco y las vanguardias, reforzaron esta imagen de modernidad. Frente a las postales monárquicas previas a 1931, centradas en iconografía tradicional –religión, aristocracia, monumentos medievales–, las series republicanas apostaron por composiciones dinámicas, tipografías modernas y mensajes explícitos sobre educación, cultura pública y democracia (Riego, 2011; López Bernal, 2013). La comparación entre ambos periodos muestra hasta qué punto la postal fue un espejo sensible de la transformación visual de la España republicana.

16. LA SEGUNDA REPÚBLICA (1931‑1936)

La Segunda República española (1931‑1936) constituye un momento clave para analizar cómo un medio aparentemente modesto como la tarjeta postal ilustrada se integra en un vasto programa de reforma cultural, modernización simbólica y pedagogía ciudadana. En estos años, la postal conserva su condición de soporte de comunicación accesible y difundido, pero redefine sus lenguajes y funciones en diálogo con los nuevos dispositivos de la cultura visual de masas –cartel, prensa ilustrada, cine– y con las estrategias de legitimación del régimen republicano (Riego, 2011; López Bernal, 2013).

En el plano político, la República se presenta como ruptura con la monarquía y con el viejo orden social, lo que exige la construcción de una nueva iconografía de Estado. El cambio de bandera, de escudo y de retórica visual no es un detalle menor, sino la traducción gráfica de un proyecto de soberanía popular, laicismo y reforma social. La tarjeta postal, por su bajo coste, su facilidad de reproducción y su circulación capilar, se convierte en un canal privilegiado para difundir esos símbolos, fijarlos en la memoria cotidiana y articular un relato visual de la República que penetra en hogares, escuelas y redes epistolares (Núñez‑Herrador, 2019).

Al mismo tiempo, la consolidación de nuevas empresas editoriales y la adaptación de los productores tradicionales permiten que la postal funcione como laboratorio donde se ensayan narrativas de modernidad, de patrimonio compartido y de democracia visual, en estrecha relación con otras iniciativas como las Misiones Pedagógicas y las grandes exposiciones nacionales (Tiana, 2009; Riego, 2011).

16.1 Cultura visual republicana

16.1.1 Nuevos símbolos y lenguajes gráficos

La República acometió desde el inicio una reorientación simbólica deliberada. La adopción de la bandera tricolor rojo‑amarillo‑morado frente a la bicolor monárquica y la sustitución de la corona real por una corona mural en el escudo fueron decisiones cargadas de significado: se trataba de subrayar el carácter cívico del nuevo régimen, la centralidad de la ciudadanía y el rechazo de la legitimidad dinástica (Filateliahobby, 2025).

Las tarjetas postales desempeñaron un papel crucial en esa operación. Desde los primeros meses circularon miles de ejemplares con la bandera tricolor ondeando sobre edificios públicos, con escudos republicanos impresos en el anverso, o con composiciones alegóricas en las que figuras femeninas –representaciones de la República– sostenían símbolos de justicia, libertad y igualdad. Esta repetición constante contribuyó a consolidar una gramática visual republicana fácilmente reconocible, en la que el código cromático rojo‑amarillo‑morado se asociaba espontáneamente con la idea de España moderna y democrática (Wikipedia, Segunda República Española).

La reformulación simbólica no se limitó al repertorio institucional. Diseñadores influenciados por la vanguardia gráfica, el art déco y el cartelismo internacional introdujeron tipografías modernas, diagonales dinámicas y esquemas compositivos más sintéticos en las postales, acercándolas a los lenguajes de la publicidad y del cartel político (Renau, Bardasano, Puyol, etc.). Aunque la escala y la función de la postal diferían de las del cartel, ambos compartían un mismo horizonte de arte de masas: llegar a públicos amplios mediante imágenes de impacto rápido y mensajes claros (Prochaska y Mendelson, 2010).

16.1.2 Reorientación temática: modernidad, patrimonio, democracia

En paralelo al cambio simbólico, se produjo una reorientación temática significativa. Mientras las postales monárquicas previas a 1931 privilegiaban vistas de monumentos religiosos, escenas de corte aristocrático y motivos costumbristas de fuerte contenido tradicional, muchas series republicanas desplazaron el foco hacia la infraestructura moderna y los proyectos reformistas (Riego, 2011).

Las nuevas escuelas construidas en el marco de la política de educación laica se convirtieron en un motivo recurrente. Imágenes de edificios escolares recién inaugurados, patios llenos de niños y aulas luminosas funcionaban como prueba tangible del compromiso del Estado con la alfabetización y la igualdad de oportunidades (Viñao, 1990). Del mismo modo, las postales que mostraban carreteras, puentes y ferrocarriles subrayaban el avance de la modernización infraestructural y la voluntad de integrar un territorio históricamente marcado por desigualdades regionales (Tormenta, 2016).

El patrimonio nacional fue objeto de una reinterpretación profunda. Catedrales, monasterios, palacios y plazas monumentales aparecían ahora en series que insistían en su condición de bienes comunes, accesibles a todos los ciudadanos. La sacralidad religiosa o aristocrática se atenuaba en favor de una lectura histórico‑artística y turística que situaba estos espacios en una narrativa de identidad nacional compartida (Riego, 2011; Tarrés y Pla, 2021).

Por último, la cultura visual republicana otorgó gran importancia a las celebraciones democráticas y a las figuras republicanas. Desfiles del 14 de abril, mítines multitudinarios, manifestaciones por la reforma agraria o por el estatuto de autonomía, así como retratos de presidentes, diputados, militantes e intelectuales vinculados al régimen, poblaron los catálogos postales. Esta producción contribuía a generar un panteón laico de héroes civiles y a fijar en imágenes la experiencia de la participación política de masas (López Bernal, 2013).

16.2 Transformaciones editoriales, temáticas y técnicas

16.2.1 Nuevos editores y circuitos de distribución

La llegada de la República coincidió con una reconfiguración del campo editorial de la postal. Junto a los grandes sellos consolidados en décadas anteriores surgieron editores nuevos con orientación política explícita, que entendieron la tarjeta como herramienta de movilización y educación cívica (Núñez‑Herrador, 2019).

Algunas empresas firmaron acuerdos con instituciones oficiales –ministerios, ayuntamientos, diputaciones– para producir series destinadas a escuelas, bibliotecas, actos conmemorativos o campañas informativas sobre reformas legislativas. Estas postales podían distribuirse gratuitamente o venderse a bajo coste, de modo que su alcance social resultara lo más amplio posible (Viñao, 1990). En paralelo, editores privados adaptaron sus catálogos a las nuevas sensibilidades, introduciendo iconografía republicana en colecciones de turismo, fiestas locales o vida urbana.

La circulación de estas postales se integró en redes diversas: correo ordinario, venta en kioscos, librerías, tiendas de recuerdos, y, en algunos casos, distribución directa en actos políticos y centros educativos. Esta multiplicidad de canales reforzó el carácter de la postal como medio de masas, capaz de combinar funciones comerciales, informativas y propagandísticas (Henkin, 1998).

16.2.2 Temáticas reformistas y silencios del conflicto

En el terreno temático, la producción republicana se caracterizó por un marcado sesgo hacia las reformas y la imagen de un país en transformación.

Destacan, en primer lugar, las postales vinculadas a la reforma agraria. Fotografías de fincas expropiadas, actos de reparto de tierras, concentraciones campesinas y escenas de trabajo en cooperativas agrarias ilustraban un proceso cargado de conflictividad, pero presentado visualmente como promesa de justicia social y equilibrio territorial (Tormenta, 2016). Sin embargo, las imágenes de enfrentamientos violentos, ocupaciones espontáneas o represión se mostraron con mucha menor frecuencia, evidenciando la existencia de una censura implícita que priorizaba el relato ordenado y pedagógico de la reforma.

En segundo lugar, la educación laica y la autonomía regional fueron temas centrales. Postales de escuelas mixtas, aulas sin crucifijos y eventos pedagógicos ilustraban la secularización del sistema educativo, mientras que vistas de parlamentos regionales, manifestaciones autonomistas y símbolos identitarios se insertaban en colecciones que articulaban una imagen plural pero integradora de la nación (Viñao, 1990; Tormenta, 2016).

Las celebraciones civiles –especialmente el aniversario del 14 de abril y las elecciones– proporcionaron otro gran campo temático. Las campañas electorales de 1931, 1933 y 1936 generaron un flujo notable de material visual en el que la postal participó como soporte complementario del cartel, el folleto y la prensa. Retratos de candidatos, lemas breves e iconografía de partido circularon en formato postal, a menudo acompañados de mensajes manuscritos que reforzaban la llamada al voto o el compromiso militante (López Torán, 2021).

En contraste, las luchas obreras, la represión policial y los episodios de violencia política que marcaron la década aparecieron escasamente representados. Esta asimetría visual indica que buena parte de los productores apostaron por una construcción de la realidad orientada al consenso reformista y a la legitimación del régimen, evitando imágenes que pudieran resultar demasiado desestabilizadoras para el relato oficial (Tarrés y Pla, 2021).

16.2.3 Exposiciones de 1929 y continuidad visual

Las exposiciones de 1929 en Barcelona (Exposición Internacional) y Sevilla (Exposición Iberoamericana) constituyeron un precedente fundamental de la estética de la modernidad republicana. Ambas generaron un volumen masivo de tarjetas postales, muchas de las cuales siguieron circulando durante la República.

En Barcelona, la construcción del Pueblo Español, el Palacio Nacional en Montjuïc y la remodelación de amplias zonas urbanas ofrecieron un repertorio de imágenes que combinaba arquitectura monumental, nacionalismo cultural y reivindicación de una Barcelona moderna y cosmopolita (Riego, 2011). Las postales de estos espacios, reproducidas por editoriales como Editorial Fotográfica o impresores como Concesiones Gráficas E.J.B., continuaron vendiéndose en los años treinta, integrándose en un imaginario que la República reutilizó en clave de modernización y turismo.

En Sevilla, la espectacular Plaza de España y los pabellones regionales de la Exposición Iberoamericana sintetizaron una visión exuberante de la España regional y de los vínculos con América. Las postales que representaban estos espacios, con su combinación de tradición y modernidad, encajaban bien en el discurso republicano de una nación plural y abierta al exterior, y siguieron circulando entre visitantes, coleccionistas y turistas durante los primeros años del nuevo régimen (Filateliahobby, 2025).

La persistencia de estas series demuestra que la cultura visual republicana no partió de cero, sino que recicló y resignificó repertorios previos asociados a la modernidad urbana y a los grandes eventos internacionales, insertándolos en un marco político renovado (Riego, 2011).

16.3 Postal ilustrada y modernización cultural

16.3.1 Instrumento pedagógico y escuela republicana

Una de las aportaciones más singulares de la Segunda República fue la concepción de la cultura y la educación como pilares de la ciudadanía. En ese proyecto, la tarjeta postal ilustrada se integró como instrumento pedagógico en múltiples contextos.

En las escuelas, tanto urbanas como rurales, las postales de ciudades, paisajes, monumentos y mapas se utilizaban para ilustrar clases de geografía, historia y ciencias sociales. Las imágenes facilitaban la comprensión del territorio nacional, de la diversidad regional y de los hitos de la historia española, al tiempo que estimulaban la observación y el comentario colectivo (Viñao, 1990). La postal se convertía así en una especie de ventana portatil que ponía al alcance de los alumnos realidades lejanas, reforzando la dimensión visual del aprendizaje.

Asimismo, determinadas series oficiales y semioficiales, producidas por ministerios o instituciones públicas, incluían breves textos impresos al dorso con explicaciones históricas o geográficas, lo que reforzaba su carácter de material didáctico (Núñez‑Herrador, 2019). Estas tarjetas podían circular por correo, pero también utilizarse en las aulas sin necesidad de ser franqueadas, como pequeñas fichas ilustradas.

16.3.2 Misiones Pedagógicas y museo de bolsillo

Las Misiones Pedagógicas representan el máximo exponente de esta función cultural de la postal. Creado por el gobierno republicano para combatir el analfabetismo y el aislamiento cultural del mundo rural, este programa movilizó a maestros, escritores, artistas y estudiantes que llevaron bibliotecas ambulantes, proyecciones cinematográficas, teatro y exposiciones de arte a las comarcas más empobrecidas (Tiana, 2009; Vega, 2004).

Entre los materiales utilizados figuraban reproducciones de obras del Museo del Prado, vistas de monumentos y ciudades españolas, así como colecciones de postales artísticas que se mostraban en paneles o se prestaban a los vecinos para su contemplación. La postal funcionaba en este contexto como un auténtico “museo de bolsillo”: un soporte barato, transportable y resistente que permitía democratizar el acceso al arte y a la cultura visual, otorgando a las comunidades rurales una experiencia directa con imágenes de alta calidad (Moreno, 2010).

La elección de la postal no era casual. Su tamaño manejable, su estructura rígida y su condición de objeto familiar facilitaban la interacción con un público poco habituado a los museos o a las publicaciones ilustradas. Al mismo tiempo, su dimensión de objeto personal –susceptible de ser conservado, intercambiado o mostrado en el hogar– reforzaba el vínculo entre memoria individual y proyecto colectivo de modernización (Tarrés y Pla, 2021).

16.3.3 Modernidad cultural, diseño y comparativa con la monarquía

En el plano de la modernidad cultural, la postal republicana se alineó con las corrientes gráficas internacionales. La influencia del art déco, del cartelismo político y de la publicidad comercial se tradujo en composiciones más sintéticas, uso de diagonales, colores planos y tipografías sans serif, que otorgaban a las tarjetas un aspecto más contemporáneo y cercano al lenguaje del afiche urbano (Renau, Bardasano, Puyol).

Esta evolución resulta evidente si se comparan las series monárquicas de los años veinte con las producidas bajo la República. Las primeras se centraban en iconografía tradicional: procesiones religiosas, imágenes de santos, vistas de catedrales y castillos medievales, escenas de corte aristocrático y motivos costumbristas que reforzaban una visión jerárquica y conservadora del país (Riego, 2011). En cambio, las postales republicanas dieron prioridad a la educación, la ciencia, la ciudad moderna, las obras públicas y las celebraciones cívicas, con presencia destacada de figuras laicas y de símbolos seculares.

No se trató de una sustitución total, ya que muchas series tradicionales siguieron imprimiéndose y vendiéndose, especialmente en el ámbito turístico y devocional. Sin embargo, el nuevo repertorio republicano añadió capas de significado que modificaron la percepción global del medio, al presentar la postal como soporte de una España laica, escolarizada y democrática (López Bernal, 2013; Tormenta, 2016). En este sentido, la tarjeta postal se reveló como un observatorio privilegiado de la modernización cultural, al condensar en un pequeño rectángulo de cartón las tensiones entre tradición y cambio, entre continuidad iconográfica y ruptura política.

Referencias bibliográficas.

  • Filateliahobby. (2025). Historia postal de la Segunda República.
  • Henkin, D. (1998). City reading: Written words and public spaces in antebellum New York. Baltimore: Johns Hopkins University Press.
  • López Bernal, J. (2013). Imágenes de la nación: postal, prensa y cultura visual en la España contemporánea. Madrid: Akal.
  • López Torán, J. M. (2021). La imagen de la guerra: postales y propaganda en el conflicto español. Madrid: Cátedra.
  • Moreno, P. (2010). Las Misiones Pedagógicas: educación popular y cultura visual en la Segunda República. Historia de la Educación, 29, 115‑142.
  • Núñez‑Herrador, S. (2019). La tarjeta postal como documento histórico y social. Barcelona: Bellaterra.
  • Prochaska, D., & Mendelson, J. (Eds.). (2010). Postcards: Ephemeral histories of modernity. University Park: Pennsylvania State University Press.
  • Riego Amézaga, B. (2011). España en la tarjeta postal: Un siglo de imágenes. Barcelona: Lunwerg.
  • Tarrés, S., & Pla, X. (2021). La postal como documento visual de la Guerra Civil española. Revista de Historia Contemporánea, 12(2), 112‑135.
  • Tiana, A. (2009). Las Misiones Pedagógicas: Educación popular en la Segunda República. Madrid: Biblioteca Nueva.
  • Tormenta, E. (2016). Escribir la nación: reformismo, regeneracionismo y modernidad en España (1900‑1936). Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
  • Vega Fuente, A. (2004). Las Misiones Pedagógicas: más que una utopía. RES. Revista de Educación Social, 24.
  • Viñao Frago, A. (1990). Alfabetización y modernización en la España contemporánea. Madrid: Siglo XXI.


7/1/26

15. CRISIS, GUERRA Y TRANSFORMACIONES (1914-1931)

La Primera Guerra Mundial truncó el ciclo expansivo de la tarjeta postal ilustrada y obligó al medio a reinventarse en un escenario de guerra total, crisis económica y competencia de nuevos soportes visuales (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). Entre 1914 y 1931 la postal pasó de ser una cultura de masas hegemónica a ocupar una posición de declive relativo, replegada hacia usos especializados como la propaganda, el souvenir turístico y el coleccionismo (Henkin, 1998; Riego Amézaga, 2011).

15.1 Impacto de la Primera Guerra Mundial

El estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) interrumpió las cadenas de producción y distribución de postales, afectando tanto a los talleres como al suministro de papel y tintas, en buena medida dependientes de la industria alemana (Alexander Clark Printing, 2023; Henkin, 1998). La movilización de mano de obra, la reconversión de imprentas para fines militares y las restricciones en el transporte internacional encarecieron los costes, redujeron las tiradas y deterioraron la calidad material de muchas series (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017).

Al mismo tiempo, la guerra convirtió a la postal en un poderoso instrumento de propaganda, dando lugar a un género masivo de postales patrióticas (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). Gobiernos, mandos militares y organizaciones de apoyo al frente editaron series con eslóganes nacionalistas, alegorías de la patria, escenas heroicas y caricaturas de los enemigos, destinadas a reforzar la moral y justificar el esfuerzo bélico (López Torán, 2017; McMullen, 2013). En Francia, la caricatura del Kaiser Guillermo II se convirtió en un motivo recurrente de ridiculización del adversario; en Gran Bretaña, el jingoísmo y la defensa del imperio impregnaron las imágenes; y en Italia, la intervención de 1915 se acompañó de iconografías de alpini, banderas y paisajes alpinos elevados a emblemas nacionales (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017).

La neutralidad española no impidió la penetración de estas imágenes, aunque en una escala más reducida y con una fuerte mediación de la prensa y los circuitos comerciales (López Torán, 2017; Riego Amézaga, 2011). La edición de postales en España reflejó las divisiones internas entre simpatizantes de los Aliados y de las Potencias Centrales, así como un interés por la iconografía del conflicto que se manifiesta en series que reproducen batallas, uniformes y paisajes devastados (Riego Amézaga, 2011; Núñez-Herrador, 2019).

La implantación de una estricta censura militar sobre la correspondencia transformó profundamente la experiencia de escribir y recibir postales (Sutherland, 2004; Fulda, 2024). Las tarjetas enviadas desde el frente eran sistemáticamente revisadas por censores que tachaban o recortaban referencias a posiciones, movimientos de tropas, críticas a los mandos o menciones explícitas al horror de la guerra (Sutherland, 2004; MyLearning, s. f.). Ello generó una intensa autocensura entre los soldados, que aprendieron a escribir en clave, recurriendo a eufemismos, silencios significativos y pequeños códigos compartidos con sus familias para expresar emociones y noticias sin vulnerar las normas (IWM, 2014; López Torán, 2017).

Este dispositivo convirtió a la postal en un objeto militarizado, sometido a controles visibles —sellos, firmas, tachaduras— que hoy permiten reconstruir las geografías de la censura y los itinerarios de la correspondencia (MyLearning, s. f.; López Torán, 2017). La tarjeta postal dejó así de ser un simple medio de comunicación privada para convertirse en un artefacto donde se cruzaban afectos familiares, discursos oficiales y tecnologías de vigilancia estatal (Fulda, 2024; Sutherland, 2004).

15.2 Reconfiguración del mercado postal europeo y español

La posguerra inauguró una fase de declive estructural del mercado postal, tanto en términos cuantitativos como simbólicos (Alexander Clark Printing, 2023; Henkin, 1998). En Estados Unidos, por ejemplo, el volumen de postales enviadas cayó de unos 980 millones en 1908 a alrededor de 180 millones en 1920, lo que supone una reducción cercana al 81 % en apenas doce años, indicador de una tendencia global (Alexander Clark Printing, 2023).

Entre las causas de este retroceso destacó la irrupción de nuevos medios como el cine, la radio y las revistas ilustradas, que ofrecían experiencias visuales y sonoras más inmersivas (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010). El cine sonoro y las proyecciones de actualidad reforzaron el carácter espectacular de la imagen en movimiento; la radio introdujo una corriente continua de información y entretenimiento; y las revistas aportaron reportajes fotográficos y diseño gráfico de alta calidad, desplazando a la postal como principal soporte de visualidad moderna (Henkin, 1998; Ramírez, 2011).

Asimismo, décadas de producción masiva habían generado una fuerte saturación temática: ciudades, monumentos y tipos populares se habían reproducido hasta el agotamiento, reduciendo el margen para la novedad iconográfica (Prochaska y Mendelson, 2010; Carrasco Marqués, 2018). Sobre este cansancio visual se proyectó un profundo cambio cultural, marcado por la decepción postbélica y el cuestionamiento del optimismo de la Belle Époque, que volvieron sospechosas las imágenes demasiado decorativas o idealizadas (McMullen, 2013; Riego Amézaga, 2011).​

El coleccionismo organizado también entró en crisis: muchas sociedades cartófilas se disolvieron, las revistas especializadas disminuyeron su frecuencia o desaparecieron y el coleccionismo se desplazó hacia prácticas más individualizadas, vinculadas al turismo y la memoria familiar (Núñez-Herrador, 2019; McMullen, 2013). Sin embargo, la postal no desapareció, sino que se resegmentó: se mantuvo como medio de saludos cotidianos, como souvenir turístico y como objeto coleccionable, aunque ya sin la centralidad cultural de la etapa anterior (Riego Amézaga, 2011; Henkin, 1998).

15.3 Nuevos lenguajes visuales y cambios estéticos

En los años veinte, la estética Art Déco introdujo nuevos lenguajes visuales en la postal, caracterizados por líneas geométricas, colores intensos y una marcada estilización gráfica (ArtDeco.org, s. f.; Cotswold Posters, 2022). Las postales Art Déco se aproximaron al mundo del cartel turístico y de la publicidad, desplazando el énfasis desde la fidelidad documental hacia el diseño y la composición (Ramírez, 2011; Henkin, 1998).

Las vanguardias artísticas —futurismo, cubismo, surrealismo— tuvieron un impacto limitado en la postal de gran tirada por su radicalidad y por los condicionantes comerciales, pero dejaron huellas visibles en ediciones de museos y galerías, donde la postal funcionó como reproducción accesible de arte contemporáneo (McMullen, 2013; Prochaska y Mendelson, 2010). Paralelamente, emergieron nuevas temáticas asociadas a la modernidad urbana y tecnológica, como los deportes de masas, la aviación, los automóviles, los rascacielos y el cine, que redefinieron el repertorio iconográfico del medio (Ramírez, 2011; Henkin, 1998).

15.4 Declive relativo y adaptaciones comerciales

Frente al declive, los editores ensayaron diversas adaptaciones comerciales (Henkin, 1998; Carrasco Marqués, 2018). Las postales cómicas y satíricas ofrecieron humor gráfico y crítica social; las postales novelty —en relieve, con efectos de 3D, piezas móviles o materiales no convencionales— explotaron la dimensión lúdica del objeto (Alexander Clark Printing, 2023; McMullen, 2013). Ganaron peso las postales de cine y las series especializadas en deportes, arquitectura moderna, arte y fotografía artística, dirigidas a públicos específicos y sensibilidades más sofisticadas (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).

Hacia 1931, la tarjeta postal había perdido su condición de fenómeno cultural de masas, desplazada por la hegemonía del cine, la radio y la prensa ilustrada (Ramírez, 2011; Henkin, 1998). Persistía, sin embargo, como souvenir, soporte de propaganda y objeto de coleccionismo, legando un archivo visual de primer orden para comprender las transformaciones de la cultura visual europea entre la guerra y la crisis de entreguerras (Riego Amézaga, 2011; López Torán, 2017).

15. CRISIS, GUERRA Y TRANSFORMACIONES (1914-1931)

La Primera Guerra Mundial constituye un punto de inflexión en la historia de la tarjeta postal ilustrada, al interrumpir el desarrollo lineal que había conducido desde la génesis del medio hasta su “Edad de Oro” anterior a 1914 (Prochaska y Mendelson, 2010; Riego Amézaga, 2011). El conflicto trastocó las condiciones de producción, circulación y consumo de postales, reorientando el sentido social del medio e introduciendo una tensión constante entre su uso como vehículo de comunicación íntima, instrumento de propaganda y soporte de vigilancia estatal (López Torán, 2017; Sutherland, 2004). Entre 1914 y 1931, el sistema postal gráfico europeo atravesó un proceso de crisis, reajuste y transformación estructural que desembocó en el declive relativo de la postal como cultura visual de masas, sin que ello implicara su desaparición (Henkin, 1998; Núñez-Herrador, 2019).

15.1 Impacto de la Primera Guerra Mundial

En el verano de 1914, la tarjeta postal era todavía un soporte plenamente integrado en los hábitos de comunicación cotidiana, en el turismo y en la construcción iconográfica de las identidades nacionales (Prochaska y Mendelson, 2010; McMullen, 2013). La guerra alteró súbitamente este equilibrio: la movilización general, la reconversión industrial y el colapso parcial de los intercambios internacionales afectaron directamente a la industria gráfica que producía postales (Henkin, 1998; Alexander Clark Printing, 2023). El embargo y la restricción de importaciones de papel, tintas y productos químicos procedentes de Alemania y otros países beligerantes afectaron tanto a los grandes centros editores como a los talleres periféricos, obligando a reducir tiradas, reutilizar planchas y recurrir a calidades inferiores (Alexander Clark Printing, 2023; Carrasco Marqués, 2018).

La experiencia bélica no supuso, sin embargo, un simple colapso del medio, sino también su reorientación funcional (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). La postal se convirtió en uno de los principales vehículos de comunicación entre el frente y la retaguardia, articulando una escritura breve y altamente codificada que permitía mantener vínculos afectivos en condiciones extremas, al tiempo que facilitaba a las autoridades un control relativamente eficaz de los mensajes (IWM, 2014; MyLearning, s. f.). ​

En la esfera de la propaganda, la producción de postales patrióticas alcanzó una escala sin precedentes (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). Las imágenes combinaban iconografías tradicionales —banderas, escudos, alegorías femeninas de la nación— con escenas contemporáneas de trincheras, armamento moderno y héroes individuales, construyendo una narrativa visual que justificaba el sacrificio y exaltaba la resistencia (López Torán, 2017; Riego Amézaga, 2011). La caricatura desempeñó un papel relevante: el Kaiser Guillermo II o los líderes enemigos eran representados como figuras grotescas, cobardes o diabólicas, reforzando la deshumanización del adversario (Prochaska y Mendelson, 2010; McMullen, 2013).

La neutralidad de España introdujo matices específicos en este panorama (López Torán, 2017; Riego Amézaga, 2011). Aunque el país no participó directamente en la contienda, su sistema postal y su industria gráfica se vieron afectados por la disrupción de las rutas internacionales y por la dependencia de materiales importados (Alexander Clark Printing, 2023; Núñez-Herrador, 2019). Al mismo tiempo, la sociedad española se polarizó entre simpatías aliadófilas y germanófilas, lo que se proyectó en una producción limitada pero significativa de postales que reproducían escenas del conflicto, retratos de líderes políticos y militares, y alegorías que tomaban partido simbólicamente (López Torán, 2017; Riego Amézaga, 2011).

La censura militar fue uno de los mecanismos más determinantes en la transformación del medio (Sutherland, 2004; Fulda, 2024). Los Estados beligerantes establecieron oficinas de censura que inspeccionaban de forma sistemática la correspondencia, incluidas cartas y postales, con el objetivo de impedir fugas de información sensible y controlar la representación de la guerra (Sutherland, 2004; MyLearning, s. f.). Las marcas visibles de esta censura —tachaduras de frases, recortes de fragmentos, sellos y firmas— forman hoy parte integral del documento, dando cuenta tanto de la intervención estatal como de las estrategias de resistencia y adaptación de los remitentes (MyLearning, s. f.; López Torán, 2017).

La respuesta de los soldados fue el desarrollo de una intensa autocensura, así como de recursos para escribir “entre líneas” (IWM, 2014; López Torán, 2017). Muchos remitentes aprendieron a sustituir descripciones explícitas por alusiones, metáforas o referencias compartidas únicamente con sus destinatarios, de modo que la postal se convirtió en un espacio de negociación constante entre la necesidad de comunicar y la obligación de callar (IWM, 2014; Sutherland, 2004). La postal se militarizó en este doble sentido: fue objeto de un control sistemático y, a la vez, dispositivo de sociabilidad bajo vigilancia (Fulda, 2024; López Torán, 2017).

15.2 Reconfiguración del mercado postal europeo y español

Tras el armisticio de 1918, la industria postal entró en una fase de reajuste marcada por la crisis económica, la reconversión industrial y la aparición de nuevos competidores en el campo de la comunicación visual (Henkin, 1998; Ramírez, 2011). Las estadísticas postales norteamericanas muestran con claridad la magnitud del declive: de aproximadamente 980 millones de postales circuladas en 1908 se pasó a unos 180 millones en 1920, con una caída cercana al 81 % (Alexander Clark Printing, 2023). Este descenso refleja una combinación de factores: reducción del poder adquisitivo, cambio en los patrones de ocio y la consolidación de otras formas de comunicación (Henkin, 1998; Ramírez, 2011).

La competencia del cine, la radio y las revistas ilustradas resultó especialmente relevante (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010). El cine, que ya se había consolidado antes de la guerra, adoptó en los años veinte el sonido sincronizado, intensificando su atractivo y consolidando salas como espacios de sociabilidad de masas (Ramírez, 2011). La radio introdujo la inmediatez de la voz y la música en el ámbito doméstico, creando un nuevo tipo de comunidad imaginada basada en la simultaneidad de la escucha (Ramírez, 2011). Las revistas ilustradas, por su parte, ofrecían reportajes fotográficos, fotomontajes y diseños gráficos de alto impacto visual, que desplazaban a la postal como principal vehículo de imágenes de actualidad y entretenimiento (Henkin, 1998; McMullen, 2013).

Al mismo tiempo, la postal arrastraba el peso de una saturación temática acumulada durante décadas de producción intensiva (Prochaska y Mendelson, 2010; Carrasco Marqués, 2018). Ciudades, monumentos, trajes regionales y tipos costumbristas habían sido reproducidos en miles de variantes, de modo que la capacidad de sorprender al público disminuyó, sobre todo en los mercados maduros (Henkin, 1998). La decepción postbélica y el cuestionamiento del optimismo de la Belle Époque contribuyeron a deslegitimar parte de esta iconografía amable, percibida ahora como expresión de un mundo desaparecido (McMullen, 2013; Riego Amézaga, 2011).

En el ámbito del coleccionismo, se observa un proceso de desinstitucionalización (Núñez-Herrador, 2019; McMullen, 2013). Las sociedades cartófilas y las revistas especializadas que habían florecido antes de 1914 redujeron su actividad o desaparecieron, mientras que el interés por las postales se desplazó hacia prácticas más individuales y menos regladas, ligadas al turismo y al recuerdo familiar (Núñez-Herrador, 2019). En España, las postales se integraron cada vez más en circuitos de souvenir turístico, vinculados a destinos en expansión como la costa, los balnearios y determinadas ciudades monumentales (Riego Amézaga, 2011).

Pese a todo, la postal no dejó de circular: se produjo una especialización del medio, que se replegó sobre ciertos nichos de mercado y funciones concretas (Henkin, 1998; Carrasco Marqués, 2018). Siguió siendo un soporte eficaz para felicitaciones, saludos cotidianos y mensajes breves, y mantuvo su papel como recuerdo material de viajes, visitas y experiencias turísticas (Riego Amézaga, 2011; Núñez-Herrador, 2019). La centralidad cultural, sin embargo, se había desplazado hacia otros soportes, y la postal quedó como un medio complementario en un ecosistema mediático cada vez más diversificado (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).

15.3 Nuevos lenguajes visuales, propaganda y cambios estéticos

La década de 1920 fue también un periodo de innovación estética para la postal, que incorporó elementos de la estética Art Déco y, en menor medida, de las vanguardias artísticas (ArtDeco.org, s. f.; Ramírez, 2011). El Art Déco introdujo líneas geométricas, superficies planas, colores vivos y una sensación de dinamismo y lujo que se adaptó bien a las series turísticas, publicitarias y urbanas, en particular en contextos ligados a estaciones, transatlánticos, hoteles y casinos (Cotswold Posters, 2022; Henkin, 1998). En estas postales, el énfasis se desplazó desde la fidelidad documental hacia la composición gráfica, emparentando el medio con el cartel y el diseño gráfico comercial (Ramírez, 2011).

Las vanguardiasfuturismo, cubismo, surrealismo— no llegaron a dominar el mercado de masas, pero su influencia se percibe en series experimentales y en las postales de museos y galerías, que reproducían obras contemporáneas a bajo coste (McMullen, 2013; Prochaska y Mendelson, 2010). Esta función de la postal como “reproductor” de arte contribuyó a situarla en un espacio intermedio entre cultura popular y cultura de élite (McMullen, 2013).

En cuanto a las temáticas, se observa un desplazamiento hacia la modernidad urbana y tecnológica (Ramírez, 2011; Henkin, 1998). Las postales comenzaron a representar deportes de masas —fútbol, atletismo, ciclismo—, eventos como los Juegos Olímpicos, la aviación comercial y deportiva, los automóviles, las carreteras y los rascacielos, especialmente inspirados en los skylines norteamericanos (Prochaska y Mendelson, 2010; Ramírez, 2011). El cine se convirtió en una fuente inagotable de iconografías: retratos de estrellas, fotogramas de películas y carteles adaptados al formato postal alimentaron el naciente culto a la celebridad y el consumo fan (Ramírez, 2011; McMullen, 2013).

En el terreno de la propaganda, la postal siguió siendo un soporte eficaz para campañas políticas, conmemoraciones y mensajes ideológicos en la posguerra (Prochaska y Mendelson, 2010; Riego Amézaga, 2011). Conmemoraciones de la paz, homenajes a los caídos, celebraciones patrióticas y campañas de organizaciones internacionales recurrieron al medio para difundir sus mensajes de forma económica y visualmente atractiva (López Torán, 2017; Núñez-Herrador, 2019).

15.4 Declive relativo del medio y adaptaciones comerciales

La pérdida de centralidad de la postal no condujo a su desaparición, sino a una etapa de adaptaciones comerciales que buscaron prolongar la viabilidad económica del medio (Henkin, 1998; Carrasco Marqués, 2018). Entre las innovaciones más significativas destacan las postales cómicas y satíricas, que explotaron el humor gráfico y la crítica social, y las postales novelty, que incorporaban relieves, texturas, pequeñas piezas móviles, efectos de 3D o materiales mixtos para sorprender al destinatario (Alexander Clark Printing, 2023; McMullen, 2013).

Las postales de cine consolidaron un nuevo mercado ligado a la cultura de masas y al star system (Ramírez, 2011). Productoras y distribuidoras utilizaron el formato postal para promocionar estrenos, consolidar la imagen de sus actores y alimentar el coleccionismo de fans, articulando tiradas nacionales e internacionales (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010). Asimismo, se desarrollaron series especializadas en deportes, arquitectura moderna, arte y fotografía artística, orientadas a públicos específicos y a redes de distribución segmentadas (Núñez-Herrador, 2019; Riego Amézaga, 2011).

En este contexto, la postal se transformó en un producto de nicho dentro de un ecosistema mediático dominado por el cine, la radio y la prensa ilustrada (Ramírez, 2011; Henkin, 1998). Hacia 1931 su antigua condición de fenómeno de masas había quedado atrás, pero el medio seguía presente en prácticas cotidianas, en el turismo y en el coleccionismo, acumulando un vasto archivo de imágenes que hoy resulta indispensable para comprender la experiencia visual de la Europa de entreguerras (Riego Amézaga, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).

Referencias bibliográficas (APA 7)

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