La Primera Guerra Mundial truncó el ciclo expansivo de la tarjeta postal ilustrada y obligó al medio a reinventarse en un escenario de guerra total, crisis económica y competencia de nuevos soportes visuales (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). Entre 1914 y 1931 la postal pasó de ser una cultura de masas hegemónica a ocupar una posición de declive relativo, replegada hacia usos especializados como la propaganda, el souvenir turístico y el coleccionismo (Henkin, 1998; Riego Amézaga, 2011).
15.1 Impacto de la Primera Guerra Mundial
El estallido de la Primera Guerra
Mundial (1914-1918) interrumpió las cadenas de producción y distribución de
postales, afectando tanto a los talleres como al suministro de papel y tintas,
en buena medida dependientes de la industria alemana (Alexander Clark Printing,
2023; Henkin, 1998). La movilización de mano de obra, la reconversión de
imprentas para fines militares y las restricciones en el transporte
internacional encarecieron los costes, redujeron las tiradas y deterioraron la
calidad material de muchas series (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán,
2017).
Al mismo tiempo, la guerra convirtió a la
postal en un poderoso instrumento de propaganda, dando lugar a un género
masivo de postales patrióticas (Prochaska y Mendelson, 2010; López
Torán, 2017). Gobiernos, mandos militares y organizaciones de apoyo al frente
editaron series con eslóganes nacionalistas, alegorías de la patria,
escenas heroicas y caricaturas de los enemigos, destinadas a reforzar la moral
y justificar el esfuerzo bélico (López Torán, 2017; McMullen, 2013). En Francia,
la caricatura del Kaiser Guillermo II se convirtió en un motivo
recurrente de ridiculización del adversario; en Gran Bretaña, el
jingoísmo y la defensa del imperio impregnaron las imágenes; y en Italia,
la intervención de 1915 se acompañó de iconografías de alpini, banderas y
paisajes alpinos elevados a emblemas nacionales (Prochaska y Mendelson, 2010;
López Torán, 2017).
La neutralidad española no impidió
la penetración de estas imágenes, aunque en una escala más reducida y con una
fuerte mediación de la prensa y los circuitos comerciales (López Torán, 2017;
Riego Amézaga, 2011). La edición de postales en España reflejó las divisiones
internas entre simpatizantes de los Aliados y de las Potencias
Centrales, así como un interés por la iconografía del conflicto que se
manifiesta en series que reproducen batallas, uniformes y paisajes devastados
(Riego Amézaga, 2011; Núñez-Herrador, 2019).
La implantación de una estricta censura
militar sobre la correspondencia transformó profundamente la experiencia de
escribir y recibir postales (Sutherland, 2004; Fulda, 2024). Las tarjetas
enviadas desde el frente eran sistemáticamente revisadas por censores que
tachaban o recortaban referencias a posiciones, movimientos de tropas, críticas
a los mandos o menciones explícitas al horror de la guerra (Sutherland, 2004;
MyLearning, s. f.). Ello generó una intensa autocensura entre los soldados, que
aprendieron a escribir en clave, recurriendo a eufemismos, silencios
significativos y pequeños códigos compartidos con sus familias para expresar
emociones y noticias sin vulnerar las normas (IWM, 2014; López Torán, 2017).
Este dispositivo convirtió a la postal en un objeto militarizado, sometido a controles visibles —sellos, firmas, tachaduras— que hoy permiten reconstruir las geografías de la censura y los itinerarios de la correspondencia (MyLearning, s. f.; López Torán, 2017). La tarjeta postal dejó así de ser un simple medio de comunicación privada para convertirse en un artefacto donde se cruzaban afectos familiares, discursos oficiales y tecnologías de vigilancia estatal (Fulda, 2024; Sutherland, 2004).
15.2 Reconfiguración del mercado postal
europeo y español
La posguerra inauguró una fase de declive
estructural del mercado postal, tanto en términos cuantitativos como
simbólicos (Alexander Clark Printing, 2023; Henkin, 1998). En Estados Unidos,
por ejemplo, el volumen de postales enviadas cayó de unos 980 millones en 1908
a alrededor de 180 millones en 1920, lo que supone una reducción cercana al 81 % en apenas doce años,
indicador de una tendencia global (Alexander Clark Printing, 2023).
Entre las causas de este retroceso
destacó la irrupción de nuevos medios como el cine, la radio
y las revistas ilustradas, que ofrecían experiencias visuales y sonoras
más inmersivas (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010). El cine sonoro y
las proyecciones de actualidad reforzaron el carácter espectacular de la imagen
en movimiento; la radio introdujo una corriente continua de información y
entretenimiento; y las revistas aportaron reportajes fotográficos y diseño gráfico
de alta calidad, desplazando a la postal como principal soporte de visualidad
moderna (Henkin, 1998; Ramírez, 2011).
Asimismo, décadas de producción masiva
habían generado una fuerte saturación temática: ciudades, monumentos y
tipos populares se habían reproducido hasta el agotamiento, reduciendo el
margen para la novedad iconográfica (Prochaska y Mendelson, 2010; Carrasco
Marqués, 2018). Sobre este cansancio visual se proyectó un profundo cambio
cultural, marcado por la decepción postbélica y el cuestionamiento del
optimismo de la Belle Époque, que volvieron sospechosas las imágenes
demasiado decorativas o idealizadas (McMullen, 2013; Riego Amézaga, 2011).
El coleccionismo organizado también entró en crisis: muchas sociedades cartófilas se disolvieron, las revistas especializadas disminuyeron su frecuencia o desaparecieron y el coleccionismo se desplazó hacia prácticas más individualizadas, vinculadas al turismo y la memoria familiar (Núñez-Herrador, 2019; McMullen, 2013). Sin embargo, la postal no desapareció, sino que se resegmentó: se mantuvo como medio de saludos cotidianos, como souvenir turístico y como objeto coleccionable, aunque ya sin la centralidad cultural de la etapa anterior (Riego Amézaga, 2011; Henkin, 1998).
15.3 Nuevos lenguajes visuales y cambios
estéticos
En los años veinte, la estética Art
Déco introdujo nuevos lenguajes visuales en la postal, caracterizados por líneas
geométricas, colores intensos y una marcada estilización gráfica
(ArtDeco.org, s. f.; Cotswold Posters, 2022). Las postales Art Déco se aproximaron al mundo del cartel turístico y de la
publicidad, desplazando el énfasis desde la fidelidad documental hacia el
diseño y la composición (Ramírez, 2011; Henkin, 1998).
Las vanguardias artísticas —futurismo, cubismo, surrealismo— tuvieron un impacto limitado en la postal de gran tirada por su radicalidad y por los condicionantes comerciales, pero dejaron huellas visibles en ediciones de museos y galerías, donde la postal funcionó como reproducción accesible de arte contemporáneo (McMullen, 2013; Prochaska y Mendelson, 2010). Paralelamente, emergieron nuevas temáticas asociadas a la modernidad urbana y tecnológica, como los deportes de masas, la aviación, los automóviles, los rascacielos y el cine, que redefinieron el repertorio iconográfico del medio (Ramírez, 2011; Henkin, 1998).
15.4 Declive relativo y adaptaciones
comerciales
Frente al declive, los editores ensayaron
diversas adaptaciones comerciales (Henkin, 1998; Carrasco Marqués,
2018). Las postales cómicas y satíricas ofrecieron humor gráfico y
crítica social; las postales novelty —en relieve, con efectos de 3D,
piezas móviles o materiales no convencionales— explotaron la dimensión lúdica
del objeto (Alexander Clark Printing, 2023; McMullen, 2013). Ganaron peso las postales
de cine y las series especializadas en deportes, arquitectura
moderna, arte y fotografía artística, dirigidas a públicos
específicos y sensibilidades más sofisticadas (Ramírez, 2011; Prochaska y
Mendelson, 2010).
Hacia 1931, la tarjeta postal había perdido su condición de fenómeno cultural de masas, desplazada por la hegemonía del cine, la radio y la prensa ilustrada (Ramírez, 2011; Henkin, 1998). Persistía, sin embargo, como souvenir, soporte de propaganda y objeto de coleccionismo, legando un archivo visual de primer orden para comprender las transformaciones de la cultura visual europea entre la guerra y la crisis de entreguerras (Riego Amézaga, 2011; López Torán, 2017).
15. CRISIS, GUERRA Y TRANSFORMACIONES (1914-1931)
La Primera Guerra Mundial constituye un punto de inflexión en la historia de la tarjeta postal ilustrada, al interrumpir el desarrollo lineal que había conducido desde la génesis del medio hasta su “Edad de Oro” anterior a 1914 (Prochaska y Mendelson, 2010; Riego Amézaga, 2011). El conflicto trastocó las condiciones de producción, circulación y consumo de postales, reorientando el sentido social del medio e introduciendo una tensión constante entre su uso como vehículo de comunicación íntima, instrumento de propaganda y soporte de vigilancia estatal (López Torán, 2017; Sutherland, 2004). Entre 1914 y 1931, el sistema postal gráfico europeo atravesó un proceso de crisis, reajuste y transformación estructural que desembocó en el declive relativo de la postal como cultura visual de masas, sin que ello implicara su desaparición (Henkin, 1998; Núñez-Herrador, 2019).
15.1 Impacto de la Primera Guerra Mundial
En el verano de 1914, la tarjeta postal
era todavía un soporte plenamente integrado en los hábitos de comunicación
cotidiana, en el turismo y en la construcción iconográfica de las identidades
nacionales (Prochaska y Mendelson, 2010; McMullen, 2013). La guerra alteró
súbitamente este equilibrio: la movilización general, la reconversión
industrial y el colapso parcial de los intercambios internacionales afectaron
directamente a la industria gráfica que producía postales (Henkin, 1998;
Alexander Clark Printing, 2023). El embargo y la restricción de importaciones
de papel, tintas y productos químicos procedentes de Alemania y
otros países beligerantes afectaron tanto a los grandes centros editores como a
los talleres periféricos, obligando a reducir tiradas, reutilizar planchas y
recurrir a calidades inferiores (Alexander Clark Printing, 2023; Carrasco
Marqués, 2018).
La experiencia bélica no supuso, sin
embargo, un simple colapso del medio, sino también su reorientación
funcional (Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). La postal se
convirtió en uno de los principales vehículos de comunicación entre el frente
y la retaguardia, articulando una escritura breve y altamente codificada
que permitía mantener vínculos afectivos en condiciones extremas, al tiempo que
facilitaba a las autoridades un control relativamente eficaz de los mensajes
(IWM, 2014; MyLearning, s. f.).
En la esfera de la propaganda, la
producción de postales patrióticas alcanzó una escala sin precedentes
(Prochaska y Mendelson, 2010; López Torán, 2017). Las imágenes combinaban
iconografías tradicionales —banderas, escudos, alegorías femeninas de la nación—
con escenas contemporáneas de trincheras, armamento moderno y héroes
individuales, construyendo una narrativa visual que justificaba el sacrificio y
exaltaba la resistencia (López Torán, 2017; Riego Amézaga, 2011). La caricatura
desempeñó un papel relevante: el Kaiser Guillermo II o los líderes
enemigos eran representados como figuras grotescas, cobardes o diabólicas,
reforzando la deshumanización del adversario (Prochaska y Mendelson, 2010;
McMullen, 2013).
La neutralidad de España introdujo
matices específicos en este panorama (López Torán, 2017; Riego Amézaga, 2011).
Aunque el país no participó directamente en la contienda, su sistema postal y
su industria gráfica se vieron afectados por la disrupción de las rutas
internacionales y por la dependencia de materiales importados (Alexander Clark
Printing, 2023; Núñez-Herrador, 2019). Al mismo tiempo, la sociedad española se
polarizó entre simpatías aliadófilas y germanófilas, lo que se
proyectó en una producción limitada pero significativa de postales que
reproducían escenas del conflicto, retratos de líderes políticos y militares, y
alegorías que tomaban partido simbólicamente (López Torán, 2017; Riego Amézaga,
2011).
La censura militar fue uno de los
mecanismos más determinantes en la transformación del medio (Sutherland, 2004;
Fulda, 2024). Los Estados beligerantes establecieron oficinas de censura que
inspeccionaban de forma sistemática la correspondencia, incluidas cartas y
postales, con el objetivo de impedir fugas de información sensible y controlar
la representación de la guerra (Sutherland, 2004; MyLearning, s. f.). Las marcas visibles de esta censura —tachaduras de frases, recortes de fragmentos, sellos y firmas— forman hoy parte integral del documento, dando cuenta tanto de
la intervención estatal como de las estrategias de resistencia y adaptación de
los remitentes (MyLearning, s. f.; López Torán, 2017).
La respuesta de los soldados fue el desarrollo de una intensa autocensura, así como de recursos para escribir “entre líneas” (IWM, 2014; López Torán, 2017). Muchos remitentes aprendieron a sustituir descripciones explícitas por alusiones, metáforas o referencias compartidas únicamente con sus destinatarios, de modo que la postal se convirtió en un espacio de negociación constante entre la necesidad de comunicar y la obligación de callar (IWM, 2014; Sutherland, 2004). La postal se militarizó en este doble sentido: fue objeto de un control sistemático y, a la vez, dispositivo de sociabilidad bajo vigilancia (Fulda, 2024; López Torán, 2017).
15.2 Reconfiguración del mercado postal
europeo y español
Tras el armisticio de 1918, la industria
postal entró en una fase de reajuste marcada por la crisis económica, la
reconversión industrial y la aparición de nuevos competidores en el campo de la
comunicación visual (Henkin, 1998; Ramírez, 2011). Las estadísticas postales
norteamericanas muestran con claridad la magnitud del declive: de
aproximadamente 980 millones de postales circuladas en 1908 se pasó a unos 180
millones en 1920, con una caída cercana al 81 %
(Alexander Clark Printing, 2023). Este descenso refleja una combinación de factores: reducción
del poder adquisitivo, cambio en los patrones de ocio y la consolidación de otras formas de comunicación (Henkin,
1998; Ramírez, 2011).
La competencia del cine, la radio
y las revistas ilustradas resultó especialmente relevante (Ramírez,
2011; Prochaska y Mendelson, 2010). El cine, que ya se había consolidado antes
de la guerra, adoptó en los años veinte el sonido sincronizado, intensificando
su atractivo y consolidando salas como espacios de sociabilidad de masas
(Ramírez, 2011). La radio introdujo la inmediatez de la voz y la música en el
ámbito doméstico, creando un nuevo tipo de comunidad imaginada basada en la
simultaneidad de la escucha (Ramírez, 2011). Las revistas ilustradas, por su
parte, ofrecían reportajes fotográficos, fotomontajes y diseños gráficos de
alto impacto visual, que desplazaban a la postal como principal vehículo de
imágenes de actualidad y entretenimiento (Henkin, 1998; McMullen, 2013).
Al mismo tiempo, la postal arrastraba el
peso de una saturación temática acumulada durante décadas de producción
intensiva (Prochaska y Mendelson, 2010; Carrasco Marqués, 2018). Ciudades,
monumentos, trajes regionales y tipos costumbristas habían sido reproducidos en
miles de variantes, de modo que la capacidad de sorprender al público
disminuyó, sobre todo en los mercados maduros (Henkin, 1998). La decepción
postbélica y el cuestionamiento del optimismo de la Belle Époque
contribuyeron a deslegitimar parte de esta iconografía amable, percibida ahora
como expresión de un mundo desaparecido (McMullen, 2013; Riego Amézaga, 2011).
En el ámbito del coleccionismo, se
observa un proceso de desinstitucionalización (Núñez-Herrador, 2019; McMullen,
2013). Las sociedades cartófilas y las revistas especializadas que habían
florecido antes de 1914 redujeron su actividad o desaparecieron, mientras que
el interés por las postales se desplazó hacia prácticas más individuales y
menos regladas, ligadas al turismo y al recuerdo familiar (Núñez-Herrador,
2019). En España, las postales se integraron cada vez más en circuitos de souvenir
turístico, vinculados a destinos en expansión como la costa, los balnearios
y determinadas ciudades monumentales (Riego Amézaga, 2011).
Pese a todo, la postal no dejó de circular: se produjo una especialización del medio, que se replegó sobre ciertos nichos de mercado y funciones concretas (Henkin, 1998; Carrasco Marqués, 2018). Siguió siendo un soporte eficaz para felicitaciones, saludos cotidianos y mensajes breves, y mantuvo su papel como recuerdo material de viajes, visitas y experiencias turísticas (Riego Amézaga, 2011; Núñez-Herrador, 2019). La centralidad cultural, sin embargo, se había desplazado hacia otros soportes, y la postal quedó como un medio complementario en un ecosistema mediático cada vez más diversificado (Ramírez, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).
15.3 Nuevos lenguajes visuales,
propaganda y cambios estéticos
La década de 1920 fue también un periodo
de innovación estética para la postal, que incorporó elementos de la estética
Art Déco y, en menor medida, de las vanguardias artísticas
(ArtDeco.org, s. f.; Ramírez, 2011). El Art Déco
introdujo líneas geométricas, superficies planas, colores vivos y una
sensación de dinamismo y lujo que se adaptó bien a las series turísticas,
publicitarias y urbanas, en particular en contextos ligados a estaciones,
transatlánticos, hoteles y casinos (Cotswold Posters, 2022; Henkin, 1998). En
estas postales, el énfasis se desplazó desde la fidelidad documental hacia la composición
gráfica, emparentando el medio con el cartel y el diseño gráfico comercial
(Ramírez, 2011).
Las vanguardias —futurismo,
cubismo, surrealismo— no llegaron a dominar el mercado de masas,
pero su influencia se percibe en series experimentales y en las postales de museos
y galerías, que reproducían obras contemporáneas a bajo coste (McMullen,
2013; Prochaska y Mendelson, 2010). Esta función de la postal como
“reproductor” de arte contribuyó a situarla en un espacio intermedio entre
cultura popular y cultura de élite (McMullen, 2013).
En cuanto a las temáticas, se
observa un desplazamiento hacia la modernidad urbana y tecnológica
(Ramírez, 2011; Henkin, 1998). Las postales comenzaron a representar deportes
de masas —fútbol, atletismo, ciclismo—, eventos como los Juegos Olímpicos,
la aviación comercial y deportiva, los automóviles, las
carreteras y los rascacielos, especialmente inspirados en los skylines
norteamericanos (Prochaska y Mendelson, 2010; Ramírez, 2011). El cine se
convirtió en una fuente inagotable de iconografías: retratos de estrellas,
fotogramas de películas y carteles adaptados al formato postal alimentaron el
naciente culto a la celebridad y el consumo fan (Ramírez, 2011; McMullen,
2013).
En el terreno de la propaganda, la postal siguió siendo un soporte eficaz para campañas políticas, conmemoraciones y mensajes ideológicos en la posguerra (Prochaska y Mendelson, 2010; Riego Amézaga, 2011). Conmemoraciones de la paz, homenajes a los caídos, celebraciones patrióticas y campañas de organizaciones internacionales recurrieron al medio para difundir sus mensajes de forma económica y visualmente atractiva (López Torán, 2017; Núñez-Herrador, 2019).
15.4 Declive relativo del medio y
adaptaciones comerciales
La pérdida de centralidad de la postal no
condujo a su desaparición, sino a una etapa de adaptaciones comerciales
que buscaron prolongar la viabilidad económica del medio (Henkin, 1998;
Carrasco Marqués, 2018). Entre las innovaciones más significativas destacan las
postales cómicas y satíricas, que explotaron el humor gráfico y la
crítica social, y las postales novelty, que incorporaban relieves,
texturas, pequeñas piezas móviles, efectos de 3D o materiales mixtos
para sorprender al destinatario (Alexander Clark Printing, 2023; McMullen,
2013).
Las postales de cine consolidaron
un nuevo mercado ligado a la cultura de masas y al star system (Ramírez, 2011).
Productoras y distribuidoras utilizaron el formato postal para promocionar
estrenos, consolidar la imagen de sus actores y alimentar el coleccionismo de
fans, articulando tiradas nacionales e internacionales (Ramírez, 2011;
Prochaska y Mendelson, 2010). Asimismo, se desarrollaron series especializadas
en deportes, arquitectura moderna, arte y fotografía
artística, orientadas a públicos específicos y a redes de distribución
segmentadas (Núñez-Herrador, 2019; Riego Amézaga, 2011).
En este contexto, la postal se transformó en un producto de nicho dentro de un ecosistema mediático dominado por el cine, la radio y la prensa ilustrada (Ramírez, 2011; Henkin, 1998). Hacia 1931 su antigua condición de fenómeno de masas había quedado atrás, pero el medio seguía presente en prácticas cotidianas, en el turismo y en el coleccionismo, acumulando un vasto archivo de imágenes que hoy resulta indispensable para comprender la experiencia visual de la Europa de entreguerras (Riego Amézaga, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).
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