La Via Laietana constituye una de las transformaciones urbanísticas más profundas de la Barcelona del siglo XX. Su apertura, iniciada en 1908 y culminada en 1913, introdujo una gran arteria de unos 900 metros destinada a conectar el Eixample con el puerto, pero también alteró radicalmente la estructura histórica de la Ciutat Vella. La operación implicó el derribo de unos 270 edificios, la afectación de aproximadamente 2.200 viviendas y 595 fincas, la desaparición total o parcial de unas 85 calles y plazas y el desplazamiento de alrededor de 10.000 personas.
La intervención respondió a una
concepción moderna de la ciudad basada en la apertura de grandes ejes viarios
capaces de absorber el tráfico, facilitar las comunicaciones y estimular las
actividades comerciales. Sin embargo, el trazado atravesó directamente una
trama urbana de origen medieval formada por calles estrechas, viviendas
históricas, edificios gremiales, espacios religiosos y restos arqueológicos. El
resultado fue una profunda reconfiguración morfológica de los barrios de
la Catedral, Sant Pere, Sant Cugat del Rec, Santa Caterina y la Ribera.
La magnitud de la transformación
generó desde el principio una preocupación por la pérdida patrimonial. En 1908
se promovió la documentación gráfica de los espacios que iban a desaparecer, y
de este proceso surgió el catálogo elaborado por Francesc Carreras i Candi,
publicado en 1913. El documento constituye una fuente fundamental para
reconstruir el paisaje urbano anterior a la apertura de la avenida, ya que
registra edificios, calles, elementos decorativos, estructuras gremiales y
restos arqueológicos que, en muchos casos, dejaron de existir poco después.
El catálogo permite observar que la
desaparición no fue homogénea. Algunas calles fueron completamente eliminadas,
otras quedaron parcialmente afectadas y otras perdieron únicamente determinados
edificios. También hubo elementos arquitectónicos que fueron desmontados y
trasladados o que consiguieron conservarse in situ. Esta distinción
resulta esencial para interpretar correctamente el impacto de la reforma.
En el primer tramo, entre Sant
Sebastià y la plaza de l’Àngel, la nueva vía absorbió numerosos espacios de
la trama medieval. Desaparecieron o quedaron gravemente alteradas las Voltes
dels Encants, las voltes vinculadas a los antiguos gremios de fusters y
boters, la calle del Consolat, la calle de la Verge del Roser, les Banquetes,
la Bomba y d’En Dufort. En esta última se encontraba una casa solariega con
elementos de probable origen medieval, entre ellos una torre de vigilancia,
escaleras independientes, esgrafiados y una sala de decoración masónica.
La intervención afectó asimismo a
calles como d’En Jupí, d’En Marquès de Gim-Nàs, la Nau d’En Gim-Nàs, el Pom
d’Or y l’Arc d’En Isern. En ellas se documentaron edificios con esgrafiados,
elementos escultóricos y restos de arquitectura histórica. La calle Ample
tampoco desapareció por completo, pero perdió parte de su continuidad. Entre
los inmuebles demolidos destacó la casa del marqués de Monistrol, en el
número 71, y otros edificios que conservaban soluciones arquitectónicas
vinculadas a la tradición medieval de la ciudad.
Uno de los sectores de mayor interés
patrimonial fue la calle de Manresa, donde se encontraban antiguas
construcciones gremiales. La casa de los Mitjaires, dedicada
originalmente a los fabricantes de medias, ocultaba una sala de juntas, una
capilla y restos de una antigua galería que quedaron al descubierto durante el
derribo. Aún más significativo fue el caso de Baseya, una vía
documentada desde 1196 y asociada a casas gremiales, residencias señoriales y
estructuras defensivas. Entre los inmuebles desaparecidos se encontraban la
casa de los Argenters, Can Serrallonga y otras construcciones con patios,
escaleras, ventanas góticas, pasadizos y elementos escultóricos renacentistas.
Precisamente en Baseya apareció uno
de los elementos arqueológicos de mayor relevancia: la muralla romana del
siglo III. Su descubrimiento generó un intenso debate sobre la compatibilidad
entre la modernización viaria y la conservación del patrimonio. Frente a la
posibilidad de modificar el trazado de la nueva avenida para protegerla,
finalmente se optó por mantener la estructura. La conservación de este sector
constituye uno de los primeros ejemplos de confrontación entre planificación
urbana moderna y preservación arqueológica en la Barcelona contemporánea.
En torno a la plaza de l’Àngel,
la intervención modificó un importante nudo de comunicaciones medievales donde
convergían Baseya, Bòria, Argenteria, Tapineria, Jaume I y Princesa. La reforma
alteró igualmente el tejido del segundo tramo, entre la plaza de l’Àngel y Sant
Pere més Baix. Allí desaparecieron espacios como la calle de les Donzelles,
descrita en la documentación como una de las vías más estrechas de la Barcelona
antigua, la calle de les Tres Voltes y d’En Gracià Amat. También quedó
destruida la continuidad histórica de la Riera de Sant Joan, relacionada
con el antiguo cauce del Merdançar.
No todos los elementos patrimoniales
fueron destruidos. La casa gremial de los Calderers, situada en Bòria,
fue desmontada y trasladada a la zona de Lesseps, mientras que la portada de Santa
Marta fue desmontada piedra a piedra y trasladada al Hospital de Sant Pau.
Estos procedimientos muestran la aparición de una estrategia de conservación
basada en la descontextualización y reconstrucción de determinados
elementos arquitectónicos cuando su permanencia en el emplazamiento original se
consideraba incompatible con la nueva infraestructura.
El tercer tramo, entre Sant Pere més
Baix y Jonqueres, estuvo marcado por la transformación de importantes conjuntos
religiosos y gremiales. Algunos ya habían desaparecido antes de la apertura de
la Via Laietana, como el convento de Sant Joan de Jerusalem, derribado
entre 1882 y 1886, o el convento de las Magdalenas, desaparecido durante las
transformaciones urbanas del último tercio del siglo XIX. Por ello, no todos
los edificios históricos que figuran en la documentación pueden atribuirse
directamente a la reforma de 1908-1913.
Un caso especialmente relevante es
el de Santa Maria de Jonqueres. La iglesia gótica y el claustro no
fueron simplemente destruidos, sino desmontados y reconstruidos posteriormente
en la actual iglesia de la Concepció, en el Eixample. Algo diferente ocurrió
con la Casa del Art Major de la Seda o de los Veleros, construida en
1763 y caracterizada por sus esgrafiados, cariátides, balcón monumental,
capilla y decoración barroca. A pesar de la amenaza que pesaba sobre ella,
consiguió conservarse.
La documentación de la época permite
identificar, por tanto, tres mecanismos principales de gestión del patrimonio: conservación
in situ, traslado y reconstrucción y recuperación de fragmentos
arquitectónicos. Ventanas, portales, esculturas, piedras, cerámicas,
maderas y elementos metálicos fueron recogidos y almacenados, convirtiéndose en
testimonios materiales de una ciudad que estaba desapareciendo. El
procedimiento revela una concepción todavía incipiente de la conservación
patrimonial, situada entre la protección del monumento completo y la
recuperación selectiva de sus componentes.
La transformación tuvo además una
dimensión social inseparable de la destrucción física. El desplazamiento de
aproximadamente 10.000 personas modificó la composición de los barrios
afectados y aceleró procesos de sustitución residencial y desplazamiento hacia
otras zonas de Barcelona. La aplicación de la legislación de expropiación
permitió ejecutar la operación a gran escala, mientras que numerosos
residentes, especialmente inquilinos, quedaron expuestos a una pérdida de
vivienda y de redes sociales sin mecanismos de protección equivalentes a los
actuales.
La importancia histórica de la Via
Laietana reside precisamente en esta combinación de modernización urbana,
destrucción patrimonial y transformación social. La avenida no sustituyó
simplemente unas calles por otras: modificó la estructura espacial de una parte
sustancial de la ciudad histórica y alteró las relaciones entre sus edificios,
espacios públicos y comunidades.
La investigación arqueológica
reciente demuestra, además, que la desaparición de la trama urbana no significó
la eliminación completa de sus evidencias materiales. Las excavaciones
realizadas en los últimos años han localizado casas medievales y restos de
las antiguas Voltes dels Encants, confirmando que el subsuelo conserva
parte de las estructuras que la reforma urbana hizo desaparecer de la
superficie.
La Via Laietana puede entenderse así
como una superposición de capas históricas. Bajo la gran avenida moderna
permanecen restos de la Barcelona romana, medieval y moderna; en otros puntos
sobreviven edificios trasladados o reconstruidos; y en numerosos lugares
únicamente la documentación histórica permite recuperar la memoria de calles y
construcciones desaparecidas. El catálogo de Carreras i Candi adquiere en este
contexto un valor excepcional: no es únicamente un inventario de edificios
perdidos, sino un registro temprano de la tensión entre progreso urbano y conservación
del patrimonio.
La operación iniciada en 1908
transformó físicamente la ciudad, pero también modificó la manera de entender
qué debía conservarse. La muralla romana de Baseya, la casa de los Calderers,
la portada de Santa Marta, Santa Maria de Jonqueres y la Casa de los Veleros
representan diferentes respuestas ante un mismo conflicto: qué hacer con la
memoria material de una ciudad cuando su estructura histórica entra en
contradicción con un nuevo modelo urbano. Más de un siglo después, la Via Laietana
sigue siendo uno de los ejemplos más significativos de esa tensión en
Barcelona.

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