TEXTO 1
Entre finales del siglo XIX y la Guerra Civil, la tarjeta postal ilustrada contribuyó decisivamente a fijar una imagen internacional de España hecha de exotismo, pasado medieval y color local, que circuló tanto entre turistas extranjeros como entre consumidores españoles. Lejos de ser un reflejo neutro de la realidad, la postal funcionó como un dispositivo de construcción identitaria que seleccionaba qué España debía ser vista y cuál quedaba fuera del encuadre (Riego, 2011).
18.1. Construcción visual del país
El proceso recuerda al “orientalismo”
descrito por Edward Said: un modo de representación que fabrica un Oriente
exótico, atrasado y diferente de la Europa moderna, mediante imágenes y relatos
que naturalizan esa diferencia (Said, 1978). En la postal española se proyectó
un mecanismo análogo, presentando a España como un país marcado por la medievalidad,
la religión católica, la herencia morisca y un primitivismo
rural convertido en atractivo turístico.
La Alhambra de Granada se
convirtió en el gran icono de este imaginario: miles de tarjetas, con decenas
de variantes, la repitieron hasta que el monumento pasó a funcionar como una sinécdoque
visual de “lo español” orientalizado. Turistas formados por décadas de
literatura de viaje –de Washington Irving a Théophile Gautier–
buscaban precisamente esa España romántica y morisca, y los editores
respondieron inundando el mercado con imágenes de la Alhambra que confirmaban
las expectativas previas de los viajeros (Irving, 1832; Gautier, 1845).
El repertorio dominante se organizaba en torno a unas pocas familias iconográficas: grandes catedrales góticas que subrayaban la profundidad cristiana del país; alcázares y palacios que remitían a una grandeza aristocrática; monumentos de arquitectura islámica que reforzaban el tono orientalizante; paisajes pintorescos de pueblos blancos y sierras; y una abundante galería de tipos costumbristas –gitanas, toreros, bailaoras, vendedores ambulantes– que aseguraban el toque de exotismo humano (Riego, 2011).
18.2. Repertorios iconográficos
Tan elocuente como lo que se veía era lo
que no aparecía. La España moderna –ferrocarriles, puertos,
fábricas, instalaciones eléctricas– apenas dejaba rastro en la postal
comercial, porque al turismo internacional no interesaba encontrar en España la
misma modernidad que ya conocía en París o Londres. Las zonas más
industrializadas, como la Cataluña fabril o la Vizcaya siderúrgica,
quedaban en gran medida fuera de la imagen de marca del país, que prefería
vender castillos, patios nazaríes y calles encaladas.
También se borraban de la mirada postal
los conflictos sociales: huelgas, protestas obreras, pobreza urbana o
enfrentamientos políticos no se traducían en tarjetas para el consumo
turístico. La España que circulaba por correo era una España armoniosa,
escénica, sin tensiones, ajustada al deseo de evasión y descanso de quienes
viajaban. A esta geografía selectiva se sumaba la infrarepresentación de
territorios periféricos: regiones como Galicia, Asturias o Cantabria aparecían
menos, en parte por su tardía integración en los circuitos ferroviarios y
turísticos.
Las mujeres se mostraban casi siempre como figuras folclóricas o decorativas –la gitana, la manola, la vendedora de mercado–, raramente como profesionales, estudiantes o activistas. La postal consolidaba así un imaginario de feminidad ligada al encanto, el baile o la seducción, antes que a la agencia social o la ciudadanía plena.
18.3. Identidad, turismo y relato
nacional
Mientras la Generación del 98
debatía en ensayos y novelas qué significaba ser español en una Europa
industrial y democrática, la postal seguía vendiendo al exterior una España atrasada
y exótica. La paradoja era evidente: las élites hablaban de regeneración
y europeización, pero el mercado internacional demandaba una España
diferente, antigua, apasionada y orientalizada. Los editores, guiados por la
lógica del beneficio, reforzaron ese modelo, multiplicando vistas y tipos que
consolidaban el estereotipo.
La Segunda República intentó corregir ese relato entre 1931 y 1936, promoviendo imágenes de modernidad, educación y ciudadanía: escuelas nuevas, carreteras, actos cívicos, banderas tricolores. Algunas series de tarjetas mostraron una España republicana que quería parecerse a las democracias europeas y dejar atrás el folclore como única carta de presentación. Pero el estallido de la Guerra Civil interrumpió esa transformación y, tras 1939, el franquismo restauró una iconografía más tradicionalista y religiosa, centrada en vírgenes, santos y símbolos patrióticos.
18.4. La postal y la imaginación
territorial
La teoría del simulacro de Jean
Baudrillard ayuda a entender el papel de la postal en el turismo: las imágenes
reproducidas miles de veces pueden llegar a sustituir la experiencia directa,
de modo que el turista se enfrenta en el lugar real a una versión menos
perfecta de lo que ya ha visto en papel (Baudrillard, 1981). Muchos viajeros
llegaban a la Alhambra con un álbum lleno de postales, y sentían que el
monumento de carne y piedra no coincidía con la visión pulida, ordenada y sin
multitudes que les ofrecía la iconografía oficial.
Walter Benjamin habló de la pérdida del “aura” de la obra de arte en la era de la reproducción masiva: la copia multiplica el acceso, pero diluye la singularidad de la experiencia (Benjamin, 1936). Algo parecido ocurría con la postal: el álbum doméstico permitía “viajar” por España sin moverse de casa, creando una geografía imaginaria que a menudo pesaba tanto o más que el territorio vivido. España se transformaba así, para muchos, en una sucesión de imágenes de consumo rápido: monumentos, paisajes y tipos humanos recortados, listos para ser enviados, archivados o recordados.
18. LA IMAGEN DE ESPAÑA EN LA TARJETA POSTAL (1892‑1936)
Entre 1892 y 1936, la tarjeta postal
ilustrada se configuró como un soporte central en la construcción de la imagen
de España, tanto hacia el exterior como en el interior. Lejos de ser un
simple recuerdo turístico o un medio de comunicación efímero, la postal
articuló un repertorio visual masivo que fijó determinados motivos, paisajes y tipos
sociales como emblemas de lo “español”. A través de este repertorio se
definió qué partes del territorio merecían ser vistas, qué periodos del pasado
se enfatizaban y qué sujetos encarnaban la identidad nacional (Riego,
2011; Vega, 2013).
La historiografía reciente ha subrayado
la postal como un objeto complejo en el que convergen la innovación tecnológica
de las artes gráficas, las lógicas del capitalismo editorial, la
democratización de la escritura y la expansión del turismo burgués
(Prochaska y Mendelson, 2010; Sánchez Vigil, 2013; Siguan, 2012). El desarrollo
de la fototipia y otros procedimientos fotomecánicos permitió reproducir
fotografías con alta calidad tonal y tiradas masivas, facilitando la
circulación de imágenes estandarizadas del país (Sánchez Vigil, 2013; Carrasco
Marqués, 2018). En este contexto, la postal funcionó simultáneamente como
producto comercial, dispositivo de memoria y herramienta de pedagogía visual de
la nación (Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).
Este papel se inscribe en dinámicas más
amplias de construcción cultural de la alteridad que Edward Said conceptualizó
como orientalismo, entendido como un sistema de representación mediante
el cual Europa definió un Oriente exótico, atrasado y esencialmente diferente
(Said, 1978). Aunque España no forma parte del Oriente clásico analizado por
Said, su posición geopolítica periférica, su pasado islámico y su retraso
económico relativo favorecieron que, en la mirada francesa, británica o
alemana, el país fuese parcialmente orientalizado y presentado como un “Occidente
periférico” marcado por la medievalidad, la religiosidad católica y la herencia
morisca (Said, 1978; Colmeiro, 2005). La postal turística se convirtió
en una plataforma privilegiada para traducir visualmente estos esquemas,
reforzando una imagen de España exótica, pintoresca y anclada en el
pasado (Riego, 2011; Vega, 2013).
El objetivo de este capítulo es analizar los mecanismos mediante los cuales la postal española codificó, entre 1892 y 1936, una gramática visual basada en la monumentalidad histórica, el costumbrismo folclórico y la diferencia cultural. Se examinan los repertorios iconográficos y sus ausencias, la articulación entre postal, turismo y relato nacional y la condición de la postal como dispositivo de imaginación territorial, a la luz de las teorías de la reproductibilidad técnica y del simulacro (Benjamin, 2003; Baudrillard, 1981).
18.1. Construcción visual del país
La construcción visual del país a
través de la postal se apoyó en la selección de un conjunto relativamente
reducido de motivos que actuaron como sinécdoques de la nación (Riego, 2011).
Entre ellos, la Alhambra de Granada ocupó una posición central, hasta
convertirse en el principal icono de la “España oriental” buscada por los
viajeros formados por lecturas como Tales of the Alhambra de Washington
Irving o Voyage en Espagne de Théophile Gautier (Colmeiro, 2005). Estas
obras consolidaron una imagen romántica del sur peninsular como territorio de
ruinas moriscas, pasiones intensas y paisajes sensuales, que las editoriales de
postales tradujeron en series fototípicas repetidas y fácilmente reconocibles
(Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).
La Alhambra funcionó como sinécdoque
visual en varios sentidos. Condensaba la memoria de Al‑Ándalus en una
imagen arquitectónica tangible, que permitía al turista consumir el pasado
islámico como experiencia estética controlada y despolitizada (Riego, 2011).
Operaba también como emblema de Granada, de Andalucía y, por extensión, de
“España” en su conjunto, desplazando otras tradiciones arquitectónicas y
urbanas del país (Vega, 2013). La reiteración de ciertas vistas —Patio de los
Leones, galerías ornamentadas, panorámicas desde el Generalife— fijó un
repertorio visual estandarizado que se reproducía casi sin variaciones, más
allá de cambios de encuadre, coloración o rotulación (Riego, 2011; Lundström,
2010).
El éxito comercial de estas series se
explica por la convergencia entre demanda turística y oferta editorial.
Los viajeros llegaban con un imaginario previo alimentado por guías, novelas y
crónicas de viaje, y buscaban en la postal una prueba visual que confirmara la autenticidad
de la experiencia (Prochaska y Mendelson, 2010). Los editores respondieron
multiplicando las imágenes que sabían vendibles, reforzando un círculo de
retroalimentación: cuanto más se reproducía la Alhambra en postales, más se
naturalizaba como símbolo esencial de España y más se esperaba su presencia en
cualquier representación del país (Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).
Este proceso se extendió a otras familias
iconográficas. Las catedrales góticas de Burgos, Toledo, Sevilla o León
subrayaban la profundidad histórica de la tradición católica y ofrecían una
España medieval y sacralizada, presentada como continuidad ininterrumpida desde
la Edad Media (Riego, 2011; Vega, 2013). Alcázares y palacios —Segovia,
Sevilla, Madrid— reforzaban la memoria de una aristocracia poderosa y de una
monarquía histórica, fácilmente integrables en el consumo patrimonial de las
élites europeas (Vega, 2013). Las vistas moriscas —Mezquita de Córdoba, patios
y callejas andalusíes— insistían en el tópico del orientalismo peninsular,
mientras que los paisajes pintorescos de pueblos blancos, sierras y cortijos
construían una España rural idealizada, ajena a la conflictividad agraria real
(Moreno Garrido, 2007; Riego, 2011).
La serie se completaba con una abundante
iconografía de tipos costumbristas —gitanas, toreros, bailaoras, majas,
vendedores ambulantes, campesinos— que aportaban “color local” y dramatismo a
la imagen nacional (Martí, 2002; Riego, 2011). Estas figuras respondían a un
doble registro: proporcionaban al turista el exotismo humano que esperaba
encontrar y reciclaban estereotipos procedentes de la pintura costumbrista, el
teatro y la literatura decimonónica (Martí, 2002; Ortiz, 2015). La postal no
inventaba estas figuras, pero sí las masificaba y fijaba, incorporándolas al canon
visual del país (Prochaska y Mendelson, 2010).
Desde la teoría de la imagen, la fototipia y otros procedimientos de reproducción fotográfica conferían a estas vistas un alto grado de verosimilitud, interpretado como garantía de autenticidad (Lundström, 2010). El realismo técnico de la postal, al simular una “ventana” directa sobre el referente, favorecía la percepción de que aquello que se veía era la España real, cuando en realidad se trataba de una selección editorial parcial y orientada a la rentabilidad (Sontag, 1977; Riego, 2011). La ilusión de transparencia ocultaba las mediaciones económicas, culturales e ideológicas que guiaban la elección de motivos y la construcción de encuadres (Prochaska y Mendelson, 2010).
18.2. Repertorios iconográficos
La fuerza de estos repertorios
iconográficos se aprecia tanto en su insistencia como en sus ausencias. La
“España postal” ofrece una imagen cuidadosamente recortada, que permite
entender la postal no solo como archivo de lo representado, sino también como
índice de aquello que se consideró poco representable o poco vendible (Riego,
2011).
En primer lugar, la postal omite en gran
medida la infraestructura moderna. Aunque existieron series dedicadas a
estaciones ferroviarias, puentes de hierro, fábricas o puertos, su volumen
resulta escaso en comparación con la producción centrada en monumentos
históricos y paisajes pintorescos (Riego, 2011; Moreno Garrido, 2007). La
imagen de los ferrocarriles —que habían articulado la red turística y
facilitado el acceso de visitantes— no se convirtió en icono central, quizá
porque remitía a una modernidad familiar para el turista, que prefería consumir
la diferencia antes que la similitud (Prochaska y Mendelson, 2010). Del mismo
modo, la electrificación, la expansión del teléfono o las grandes obras de
ingeniería civil apenas se reflejan en la postal comercial masiva (Carrasco
Marqués, 2018).
En segundo lugar, resulta llamativa la
ausencia de la industrialización. La Cataluña textil, la siderurgia
vizcaína, la minería asturiana o andaluza y, en general, los paisajes fabriles
que estaban transformando la economía española, no se convirtieron en objeto
preferente de las series turísticas (Riego, 2011; Moreno Garrido, 2007). Este
silenciamiento visual contribuyó a consolidar la imagen internacional de una
España primordialmente agraria, atrasada y poco industrializada, incluso en
regiones ya integradas en la segunda revolución industrial (Vega, 2013). La
postal reforzó así una lectura desequilibrada del país, donde lo moderno
quedaba relegado frente a la espectacularización del pasado (Riego, 2011).
En tercer lugar, se observa una censura
implícita de los conflictos sociales. Huelgas, manifestaciones obreras,
represión, pobreza urbana o chabolismo no formaban parte del repertorio de
imágenes vendibles a turistas y clases medias (López Torán, 2015). La postal
construía una España armoniosa, en la que las clases populares se representaban
como figuras pintorescas insertas en escenarios idílicos, no como sujetos de
reivindicación (Riego, 2011). Esta omisión desactivaba visualmente la dimensión
conflictiva de la modernización, presentando el país como un espacio de
convivencia pacífica bajo el signo de la tradición y la religión (Colmeiro,
2005).
En cuarto lugar, la geografía postal
se revela selectiva. Regiones como Galicia, Asturias o Cantabria aparecen
subrepresentadas respecto a Andalucía, Castilla o Cataluña (Riego, 2011). Las
razones combinan factores de accesibilidad —llegada tardía de ciertas líneas
ferroviarias, menor densidad hotelera— con la construcción de un mapa turístico
en el que algunas regiones se promocionaron intensamente y otras quedaron al
margen de los circuitos principales (Moreno Garrido, 2007). La España que
circulaba en postales era así una España parcial, concentrada en los ejes más
integrados en el turismo internacional y en las imágenes más fácilmente
exportables (Vega, 2013).
En quinto lugar, la representación de las
mujeres evidencia un claro sesgo de género. La mujer española aparece
sobre todo como tipo folclórico —gitana, bailaora, manola— o como figura
decorativa asociada al romance, el cortejo o la maternidad, rara vez como
sujeto profesional, estudiante o ciudadana activa (Nash, 1993; Ortiz, 2015). La
iconografía de enfermeras, maestras, funcionarias o trabajadoras industriales,
presente en otros medios visuales, tiene una visibilidad reducida en la postal
antes de 1931 (Nash, 1993). Este patrón refuerza estereotipos de feminidad
tradicional, al tiempo que invisibiliza las transformaciones reales en la
incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, a la educación secundaria y
universitaria o a la esfera pública (Ortiz, 2015).
Estas ausencias no son neutras. En conjunto, consolidan un imaginario de España centrado en la tradición, la religión, la ruralidad y el exotismo, mientras se minimizan los rasgos que podrían acercarla a la imagen de una nación moderna, industrial y urbanizada (Riego, 2011; Vega, 2013). La postal, al favorecer selectivamente ciertos motivos, participa en una esencialización de lo español que transforma opciones editoriales y comerciales en rasgos aparentemente naturales de la identidad nacional (Colmeiro, 2005).
18.3. Identidad, turismo y relato
nacional
La paradoja historiográfica radica en la
coexistencia de este imaginario visual con los debates intelectuales sobre la identidad
nacional que protagonizaron los autores de la Generación del 98 y el
regeneracionismo. Mientras Unamuno, Azorín o Baroja discutían en ensayos y
novelas los déficits estructurales de España —atraso económico, caciquismo,
déficit educativo, crisis del Estado liberal— y reclamaban una regeneración
profunda, la postal difundía una España “típica” donde el conflicto casi
desaparecía bajo la superficie de la pintoresquización (Colmeiro, 2005; Riego,
2011).
Esta tensión se expresa en la dialéctica
entre europeización y exotización. Desde finales del siglo XIX,
sectores de las élites políticas y culturales aspiraban a integrar España en la
órbita de las naciones europeas avanzadas mediante políticas de industrialización,
modernización educativa y reforma política (Vega, 2013). Sin embargo, el
mercado turístico internacional —agencias, guías, ferrocarriles, hoteles—
seguía promoviendo la imagen de una España distinta, byroniana y orientalizada,
donde el visitante podía encontrar lo que ya no existía en la Europa
industrial: pasado vivo, religiosidad intensa y color local (Moreno Garrido,
2007; Said, 1978). El orientalismo aplicado a España operó así como
frontera interna de civilización, necesaria para reafirmar la modernidad del
Norte europeo (Said, 1978).
Las editoriales de postales se situaron
en el cruce de estos proyectos contrapuestos. En la práctica, priorizaron la
demanda comercial externa e interna, lo que implicó reforzar los motivos que
mejor se ajustaban al imaginario exótico dominante (Riego, 2011). La tensión
entre modernización aspirada y representación tradicional se resolvió a menudo
a favor de la segunda: mientras el país se transformaba en términos de
alfabetización, movilidad y urbanización, la postal seguía mostrando una España
fijada en la escena costumbrista, el ritual religioso y el monumento histórico
(Vega, 2013).
El periodo 1931‑1936 introduce, no
obstante, un cambio significativo. La Segunda República desplegó un
programa de reforma cultural que incluía la renovación de símbolos, narrativas
históricas y repertorios visuales, con el objetivo de proyectar una identidad
nacional moderna, democrática y orientada al futuro (Tiana Ferrer, 2012). En
este contexto, la postal se utilizó para difundir imágenes de escuelas recién
construidas, carreteras y obras públicas, actos cívicos y celebraciones del
nuevo régimen, así como la bandera tricolor y otros emblemas republicanos
(Tiana Ferrer, 2012; Carrasco Marqués, 2018). Estas series, aunque menos
masivas que el repertorio tradicional, introdujeron una contra‑iconografía
que intentaba desplazar el centro de gravedad del imaginario español desde la
medievalidad orientalizante hacia la modernidad laica y ciudadana (Riego,
2011).
El breve lapso de tiempo y la creciente polarización política limitaron el impacto de esta reforma visual, que quedó interrumpida por el golpe de 1936 y la posterior Guerra Civil (López Torán, 2015). El triunfo franquista supuso un retorno y reconfiguración de los repertorios tradicionales, reforzando motivos religiosos, símbolos militares y una lectura de la historia centrada en la unidad católica y la Cruzada (Riego, 2011). La etapa 1892‑1936 queda así como momento fundacional en el que se fijaron los principales estereotipos visuales de la “España típica” (Vega, 2013).
18.4. La postal como dispositivo de
imaginación territorial
La reflexión sobre la postal como
dispositivo de imaginación territorial puede enriquecerse con las
aportaciones de Walter Benjamin y Jean Baudrillard sobre representación,
reproducción técnica y experiencia. Benjamin analizó la pérdida del “aura”
ligada a la multiplicación de copias en la época de la reproductibilidad
técnica, señalando cómo la difusión masiva erosiona la unicidad de la obra,
pero la hace accesible a un público amplio (Benjamin, 2003). La postal, como
reproducción en serie de monumentos y paisajes, participa de este proceso: al
hacer accesible la imagen de la Alhambra a millones de personas, diluye la
singularidad de su presencia física, pero genera nuevos modos de apropiación
visual y de memoria (Sontag, 1977; Prochaska y Mendelson, 2010).
Baudrillard conceptualizó el simulacro
como una forma de representación que ya no remite a un original estable, sino
que produce una realidad autónoma de signos que se auto‑referencian
(Baudrillard, 1981). En el ámbito del turismo, esto se traduce en la creación
de destinos que existen, en primer lugar, como imágenes —en folletos,
películas, postales— y solo secundariamente como lugares físicos (Prochaska y
Mendelson, 2010). La postal turística constituye un ejemplo
paradigmático de esta lógica: el turista que colecciona postales de la
Alhambra, Sevilla o Barcelona antes de viajar construye un mapa mental del
destino basado en imágenes repetidas y estandarizadas (Riego, 2011). Cuando
visita el lugar, se enfrenta a un desajuste entre la escena idealizada de la
postal y la experiencia real —multitudes, obras, deterioro, meteorología,
cambios urbanísticos—, generando fricciones entre expectativa y realidad
(Baudrillard, 1981; Arribas Sánchez, 2018).
En este sentido, la postal no solo
refleja el territorio, sino que produce un territorio imaginado que
condiciona la percepción del visitante (Arribas Sánchez, 2018; Prochaska y
Mendelson, 2010). El álbum de postales funciona como mapa visual de
España: el coleccionista que organiza sus postales por regiones, ciudades o
temas construye una geografía en la que ciertos lugares ocupan posiciones
centrales y otros quedan en los márgenes (Prochaska y Mendelson, 2010; Riego,
2011). Esta geografía no coincide necesariamente con el territorio vivido: es
posible “conocer” Granada, Sevilla o Toledo a través de la postal sin haberlas
visitado nunca, mientras que espacios cotidianos menos monumentalizados no
entran en el álbum (Riego, 2011). La postal media así la relación entre los
sujetos y el espacio nacional, privilegiando la contemplación sobre la
experiencia directa y transformando el país en una secuencia de imágenes
espectaculares (Vega, 2013).
En el caso español, esta mediación tuvo
efectos duraderos en la percepción interna y externa de la nación. Hacia 1936,
la imagen internacional de España seguía fuertemente marcada por los códigos
fijados por la postal: una mezcla de orientalismo, catolicismo barroco y
primitivismo rural (Riego, 2011; Colmeiro, 2005). Esta imagen, aunque
parcialmente desfasada respecto a la realidad social y económica, muestra la
capacidad de la cultura visual de masas para estabilizar estereotipos y
dificultar la circulación de narrativas alternativas (Vega, 2013).
La Guerra Civil y la posguerra franquista redefinirían de nuevo el papel de la postal, introduciendo otras lógicas de propaganda, censura y memoria (López Torán, 2015). Sin embargo, el periodo 1892‑1936 puede considerarse el laboratorio en el que se elaboró la gramática visual básica de la “España de postal”, cuyo legado sigue presente en la iconografía turística contemporánea (Riego, 2011; Arribas Sánchez, 2018). El análisis de estos repertorios, de sus ausencias y de su recepción permite comprender cómo un soporte modesto contribuyó a construir, fijar y exportar una determinada imagen de país en la era de la primera globalización visual (Prochaska y Mendelson, 2010).
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