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La tarjeta postal: de moda visual a arma política
Entre 1869 y 1939, la tarjeta postal vivió un ciclo completo: nació como invento administrativo, se convirtió en fenómeno de masas y terminó replegada a souvenir turístico y herramienta de propaganda (Staff, 1979; Kyrou, 1966). Esta trayectoria permite verla como un verdadero barómetro visual de la modernidad, capaz de condensar cambios técnicos, sociales y políticos en un pequeño cartón ilustrado (Riego, 1997; Prochaska y Mendelson, 2010)
19.1 De la novedad al boom
El punto de partida se sitúa en 1869,
cuando la administración austrohúngara ensaya una tarjeta barata, abierta y
estandarizada para comunicaciones breves, siguiendo las propuestas de
Emanuel Herrmann (Staff, 1979; Peel, 2025). En pocos años casi toda Europa
adopta el formato, aunque España llega algo más tarde: la autorización de
tarjetas postales y la legalización de las postales privadas en la década de
1880 abren el campo a impresores y fotógrafos, pero el volumen sigue siendo
bajo y las temáticas, inestables (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018). El
público experimenta con el nuevo soporte, atraído sobre todo por la novedad
técnica, más que por un repertorio visual definido (Staff, 1979)
Hacia 1890 el panorama cambia. En Madrid,
la casa Hauser y Menet encarna la profesionalización del sector: fundada
en 1890, domina la fotografía, controla la impresión por fototipia y
organiza la distribución a gran escala (Riego, 1997; Hauser y Menet, s. f.). La
postal deja de ser un experimento para convertirse en un producto industrial
con tiradas importantes, clientes habituales y los primeros coleccionistas
organizados, sobre todo en las clases medias urbanas (Kyrou, 1966; Carrasco
Marqués, 2018)
El verdadero apogeo llega entre
1900 y 1914, en plena Belle Époque. En países como Estados Unidos se
contabilizan cientos de millones de postales circulando cada año, con un máximo
en torno a 1908 (History of postcards in the United States, 2023; Staff, 1979).
España se suma al boom con series masivas de ciudades, monumentos y tipos
populares editadas por Hauser y Menet y otros sellos, que abastecen tanto al
turismo como a la sociabilidad epistolar cotidiana (Riego, 1997; Carrasco
Marqués, 2018). La postal funciona a la vez como mensaje, souvenir,
objeto de ocio y pieza de colección, y en estos años se fija la
“España de postal”: Alhambra, catedrales, patios, procesiones, toros y trajes
típicos (Riego, 2011; Vega, 2013).
La Primera Guerra Mundial rompe el hechizo.
Las rutas postales se interrumpen, la censura militar se generaliza y los
Estados descubren el valor de la tarjeta como soporte de propaganda
(Staff, 1979; Shelley, 2000). El coleccionismo civil cae, pero proliferan las
postales con mensajes patrióticos, escenas de frente y retratos de líderes, que
convierten el cartón ilustrado en un pequeño altavoz ideológico de la
guerra total (Shelley, 2000; Prochaska y Mendelson, 2010).
Tras la guerra, la postal entra en una reconfiguración
difícil. El cine, la radio y luego otros medios compiten por la atención del
público, mientras las cifras de circulación se desploman respecto al máximo
prebélico (Lundström, 2005; Staff, 1979). La postal sobrevive, pero ya no es el
centro de la conversación: se especializa en el turismo, los saludos
ocasionales y un coleccionismo cada vez más minoritario, mientras muchas
sociedades cartófilas y revistas especializadas desaparecen (Kyrou, 1966;
Carrasco Marqués, 2018)
La Segunda República intenta darle un nuevo sentido, transformándola en instrumento de modernización visual y pedagogía cívica, con imágenes de escuelas, carreteras, símbolos republicanos y grandes ceremonias públicas (Riego, 2011; Tiana, 2012). Pero la Guerra Civil vuelve a militarizarla: ambos bandos llenan el país de postales de frente, mártires y consignas, al servicio de un conflicto que también se libra en el terreno de las imágenes (Shelley, 2000; Basilio, 2013). Tras 1939, el franquismo reprime la memoria republicana, destruye o silencia muchas colecciones y reduce la postal a souvenir turístico y vehículo de propaganda oficial (Basilio, 2013; Riego, 2011)
19.2 Lo que no cambió: motivos, técnicas y miradas
En medio de este vaivén histórico, tres
cosas sorprenden por su continuidad. La primera son los motivos:
la Alhambra, las catedrales góticas, los tipos costumbristas y los paisajes
“pintorescos” se repiten una y otra vez desde la década de 1890 hasta los años
treinta (Riego, 2011; Carrasco Marqués, 2018). Cuando un tema funciona en
ventas, los editores lo imitan sin descanso; el riesgo de innovar pesa más que
el deseo de renovar el repertorio (Kyrou, 1966). Así se consolida un imaginario
donde unos pocos lugares acaban representando al país entero, lo que Riego ha
descrito como la “España de postal” (Riego, 2011; Vega, 2013).
La segunda permanencia es técnica.
Mientras otros países adoptan pronto el fotograbado y el offset por su rapidez
y bajo coste, la industria española –con Hauser y Menet a la cabeza– mantiene
durante décadas la fototipia, que ofrece una calidad tonal excepcional
(Hauser y Menet, s. f.; Filatelia Digital, 2014). La apuesta diferencia el
producto, pero también refleja la inercia de inversiones ya realizadas en
maquinaria y saberes, lo que retrasa el salto a las nuevas tecnologías hasta
bien entrado el siglo XX (Staff, 1979; Riego, 2011).
La tercera continuidad es discursiva. Desde las primeras vistas turísticas hasta los años treinta, la postal insiste en una España medievalizada, orientalizada y rural, acorde con la literatura viajera que la presentaba como “Oriente cercano” (Gautier, 1845; Riego, 2011). Viajeros, guías, fotógrafos y editores se alimentan mutuamente: la literatura pide exotismo, las postales lo suministran y los turistas llegan buscando exactamente esas escenas que ya han visto impresas (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013).
19.3 Cómo se organizó el negocio
La historia de la postal es también la
historia de un sector que oscila entre la integración vertical y la especialización.
Empresas como Hauser y Menet concentran en una misma casa la fotografía, la
impresión y la distribución, lo que exige capital, tecnología y organización
avanzados (Riego, 1997; PARES, s. f.). En paralelo, proliferan fotógrafos,
impresores y editores regionales que se reparten tareas y mercados, con menos
control sobre el proceso, pero mayor flexibilidad (Carrasco Marqués, 2018;
Staff, 1979)
La relación entre editor y fotógrafo
pasa de la compra puntual de negativos a la contratación de fotógrafos
asalariados, lo que permite a las grandes firmas planificar campañas de toma de
vistas y construir un estilo reconocible (Riego, 1997; Sevilla en la España
Ilustrada, 2024). Y, en el trasfondo, se libra una batalla tecnológica entre la
calidad de la fototipia y la economía del offset, que terminará
imponiéndose cuando la competencia internacional y la presión de costes hagan
inevitable el cambio (Filatelia Digital, 2014; Staff, 1979)
En definitiva, la tarjeta postal no fue un simple recuerdo de viaje, sino un laboratorio visual donde se condensaron las tensiones entre tradición y modernidad, comercio y política, memoria íntima y propaganda (Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010).
19. CARTOGRAFÍA DE UN FENÓMENO QUE LO CAMBIÓ TODO
La tarjeta postal ilustrada constituye uno de los dispositivos centrales de la modernidad visual entre finales del siglo XIX y la década de 1930 (Riego, 1997; Prochaska y Mendelson, 2010). En el caso español, su evolución permite trazar un ciclo vital completo: desde la invención administrativa y la experimentación técnica hasta la masificación, la politización y el declive frente a otros medios (Staff, 1979; Kyrou, 1966). Este capítulo propone una cartografía analítica de ese ciclo articulada en tres bloques: una periodización de las fases históricas, la identificación de permanencias temáticas, técnicas y discursivas, y el análisis de las transformaciones en los modos de producción (Carrasco Marqués, 2018)
19.1 Patrones estructurales, continuidades y rupturas
La fase de génesis (1869‑1890)
arranca con la adopción europea de la tarjeta postal como instrumento
administrativo de comunicación breve y económico, siguiendo la propuesta de
Emanuel Herrmann y la emisión de la Correspondenz‑Karte austríaca en
1869 (Staff, 1979; Peel, 2025). El modelo se difunde con rapidez, pero en
España la implantación es más lenta: la autorización de tarjetas postales y la
posterior legalización de las postales privadas en la década de 1880 permiten
la entrada de impresores y fotógrafos, aunque el volumen sigue siendo reducido,
la calidad técnica desigual y la iconografía poco sistemática (Riego, 1997;
Carrasco Marqués, 2018). En este momento la postal es, sobre todo, una novedad
tecnológica que despierta curiosidad entre usuarios y operadores postales,
sin haber cristalizado aún como fenómeno cultural estable (Staff, 1979)
La etapa de consolidación (1890‑1900)
viene marcada por la emergencia de editores especializados y por la
estandarización de formatos, tarifas y canales de distribución (Kyrou, 1966).
La fundación en Madrid de Hauser y Menet en 1890, con su apuesta por la fototipia
y por la integración de fotografía, fotomecánica y red comercial, ejemplifica
la transición desde iniciativas dispersas a una industria organizada
(Riego, 1997; Hauser y Menet, s. f.). Las tiradas crecen, los catálogos se
amplían y aparecen los primeros coleccionistas y sociedades cartófilas,
lo que indica la consolidación de una audiencia específica interesada en la
postal más allá de su valor funcional (Kyrou, 1966; Carrasco Marqués, 2018)
El apogeo (1900‑1914) se inscribe
en la Belle Époque y en la expansión del turismo, del ferrocarril y de la
alfabetización (Staff, 1979; Mandell, 1967). Las cifras de circulación en
algunos países alcanzan varios cientos de millones de unidades anuales,
mientras que en España casas como Hauser y Menet o otros editores urbanos
producen series extensas de vistas, monumentos y tipos populares con tiradas
muy elevadas (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018). La postal adquiere un
carácter de fenómeno de masas: su bajo coste, su fácil legibilidad y su
valor de recuerdo la convierten en un soporte multifuncional, utilizado para la
comunicación cotidiana, la representación del viaje, el ocio doméstico y
el coleccionismo (Prochaska y Mendelson, 2010). La “España de postal” que se
fija en estos años –centrada en la Alhambra, las catedrales, los patios, los
trajes regionales y las escenas religiosas o taurinas– se convierte en una
verdadera gramática visual del país (Riego, 2011; Vega, 2013).
La Primera Guerra Mundial (1914‑1918)
introduce una ruptura profunda en el ecosistema postal (Staff, 1979; Shelley,
2000). La militarización de las sociedades, la desorganización de las redes de
transporte y la instauración de una censura sistemática limitan la
circulación internacional y reducen el uso civil de la tarjeta, mientras los
Estados y los ejércitos comprenden su potencial propagandístico (Shelley,
2000). Proliferan entonces las postales de frente, los retratos de soldados,
las alegorías patrióticas y las imágenes de destrucción y sacrificio, que
convierten el soporte en vehículo de movilización ideológica (Prochaska
y Mendelson, 2010). La postal se desplaza así desde la esfera de la
sociabilidad privada a la del discurso político, reforzando su dimensión
de medio de masas (Staff, 1979).
La fase de reconfiguración (1918‑1931)
refleja el impacto combinado de la guerra y de la competencia de nuevos medios
(Lundström, 2005; Kyrou, 1966). El cine y la radio atraen la atención de
un público que dispone ahora de narrativas audiovisuales más complejas y de
formas de ocio colectivas, mientras el mercado de la postal acusa signos claros
de saturación (Prochaska y Mendelson, 2010). Estudios cuantitativos
señalan descensos muy significativos en el volumen de postales circuladas
respecto al máximo de 1908‑1910, lo que indica cambios estructurales en los
hábitos de comunicación y consumo visual (History of postcards in the United
States, 2023; Staff, 1979). En este contexto, la tarjeta pierde su centralidad
y se especializa: se consolida como souvenir turístico, como soporte de
felicitaciones, como pieza de coleccionismo minoritario y como canal ocasional
de propaganda, pero ya no ocupa el lugar estratégico de la Belle Époque (Kyrou,
1966; Carrasco Marqués, 2018)
La etapa de politización (1931‑1939)
enlaza con los procesos de reforma cultural de la Segunda República y
con la radicalización de la vida política española (Riego, 2011; Núñez‑Herrador,
2019). Entre 1931 y 1936, las autoridades republicanas y diversos agentes
culturales utilizan la postal para difundir símbolos republicanos, obras
públicas, escuelas, infraestructuras y ceremonias que encarnan una idea de modernidad
democrática (Tiana, 2012; Vega, 2013). La tarjeta se integra así en
políticas de educación popular, junto a iniciativas como las Misiones
Pedagógicas, contribuyendo a renovar el paisaje simbólico del país (Tiana,
2012; Viñao, 1990).
Con el estallido de la Guerra Civil, la postal se militariza de manera radical (Shelley, 2000; Basilio, 2013). Ambos bandos producen series extensas de postales de frente, líderes, mártires, escenas de combate y mensajes de combate que circulan tanto en el frente como en la retaguardia (Basilio, 2013). La tarjeta funciona entonces como microdispositivo de propaganda, capaz de transportar consignas, reforzar identidades de grupo y construir enemigos visuales en un formato barato y fácilmente reproducible (Shelley, 2000; Prochaska y Mendelson, 2010). Tras 1939, el régimen franquista reprime la memoria republicana, destruye o confisca colecciones y restringe la circulación de iconografías contrarias, a la vez que mantiene la postal como souvenir turístico y como soporte de propaganda oficial, sin recuperar nunca la densidad de sociabilidad previa (Basilio, 2013; Riego, 2011).
19.2 Permanencias temáticas, técnicas y discursivas
Más allá de las rupturas cronológicas, la
historia de la postal española muestra permanencias de largo recorrido.
En el plano temático, destaca la persistencia de un repertorio reducido
de motivos: la Alhambra, las grandes catedrales, los paisajes
“pintorescos” y los tipos costumbristas se reproducen de manera
insistente desde los años 1890 hasta la década de 1930 (Riego, 2011; Carrasco
Marqués, 2018). Esta continuidad responde a lógicas comerciales: una vez
comprobado el éxito de ciertas imágenes, los editores tienden a reproducirlas y
a imitarlas, reduciendo el riesgo de inversión que supondría apostar por
iconografías nuevas (Kyrou, 1966). El resultado es la consolidación de un canon
visual en el que unos pocos lugares y figuras se convierten en metáforas
del país entero, reforzando una imagen simplificada de “España de postal”
(Riego, 2011; Vega, 2013).
En el ámbito técnico, la permanencia
de la fototipia entre 1890 y 1930 resulta igualmente significativa
(Riego, 1997; Hauser y Menet, s. f.). Mientras en otros contextos se
generalizan procedimientos como el fotograbado de semitono y el offset,
la industria española –y, en particular, casas como Hauser y Menet– mantienen
la fototipia por su capacidad de ofrecer una gama tonal rica y un acabado de
alta calidad (Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado, 2023). Esta elección
responde a un doble razonamiento: por un lado, permite posicionar la postal
como producto de gama alta, diferenciada de la producción más barata;
por otro, refleja una fuerte inercia inversora: la maquinaria fototípica
y los saberes asociados condicionan la adopción de nuevas técnicas, generando
una dependencia del camino seguido que retrasa la innovación (Staff, 1979;
Riego, 2011).
En el plano discursivo, la postal española reproduce durante décadas una imagen de España marcada por la medievalización, el orientalismo y el primitivismo rural (Riego, 2011; Vega, 2013). Esta representación se inscribe en una tradición de literatura viajera que había definido el país como un espacio liminal entre Occidente y Oriente, donde pervivían costumbres arcaicas y paisajes exóticos (Gautier, 1845; Riego, 2011). Los fotógrafos y editores seleccionan motivos que se ajustan a esas expectativas –patios moriscos, procesiones, corridas, gitanos, campesinos–, mientras los turistas consumen estas imágenes como prueba visual de la autenticidad de la experiencia (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013). Se genera así un circuito de refuerzo mutuo entre escritura, mirada turística y producción editorial, que consolida un imaginario resistente a la incorporación de iconografías de modernidad urbana, conflicto social o industrialización (Riego, 2011; Moreno Garrido, 2007)
19.3 Transformaciones en los modos de producción
El análisis de los modos de producción
revela una tensión constante entre modelos de integración vertical y
formas de especialización flexible (Carrasco Marqués, 2018). La empresa
Hauser y Menet, con sede en Madrid, ilustra el primer modelo: concentra en el
mismo taller la toma de vistas, el tratamiento fotomecánico y la impresión por
fototipia, así como la organización de la distribución a escala nacional
(Riego, 1997; PARES, s. f.). Este tipo de estructura permite controlar la
calidad, homogenizar estilos, planificar campañas de toma de vistas y explotar
economías de escala, pero exige un elevado capital inicial y conocimientos
técnicos complejos (Staff, 1979; Riego, 2011)
En paralelo, proliferan formas de especialización
parcial. Fotógrafos como J. Laurent trabajan como productores de negativos que
venden a editores e impresores, sin integrar la fase de impresión ni la
distribución (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018). Litógrafos regionales
imprimen postales a partir de materiales ajenos, y pequeños editores locales se
concentran en ámbitos geográficos limitados, adaptando sus catálogos a la
demanda turística o devocional de cada espacio (Carrasco Marqués, 2018; Staff,
1979). Estas estructuras ligeras facilitan la entrada de numerosos agentes en
el mercado, contribuyendo a la fragmentación del sector, pero limitan la
capacidad de planificar series de gran alcance o de imponer una estética
unificada (Kyrou, 1966; Riego, 2011)
La relación entre editor y fotógrafo
evoluciona también a lo largo del periodo. En las primeras décadas, predomina
un modelo de relación mercantil, en el que el fotógrafo vende negativos
y derechos de reproducción a diferentes casas sin vínculo laboral estable,
conservando cierta autonomía en la elección de motivos y en la organización de
su trabajo (Riego, 1997; Staff, 1979). A medida que el sector se industrializa,
algunos editores optan por incorporar fotógrafos en plantilla, con contratos
que implican la cesión sistemática de derechos y la subordinación a programas de
toma de vistas diseñados desde la dirección (Riego, 2011; Sevilla en la España
Ilustrada, 2024). Este cambio refuerza la capacidad de las grandes casas para
diseñar proyectos de cobertura nacional –como las colecciones de “España
ilustrada”– y para imponer un estilo corporativo reconocible,
incrementando su ventaja competitiva frente a los editores que dependen de
suministros freelance más dispersos (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018)
En el trasfondo de estas transformaciones
se sitúa el cambio tecnológico, que enfrenta la resistencia a
abandonar procedimientos consolidados con la necesidad de adaptarse a un
entorno competitivo cada vez más exigente (Staff, 1979; Riego, 2011). La fototipia,
técnica dominante en la postal española, ofrece una calidad tonal difícil de
igualar y forma parte de la identidad visual de casas como Hauser y Menet, pero
resulta más lenta y costosa que los procedimientos basados en semitono y offset
(Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado, 2023). Durante las décadas de 1910 y
1920, la presión de la competencia internacional –especialmente de imprentas
alemanas e italianas– y la necesidad de abaratar costes fuerzan una transición
gradual hacia técnicas más rápidas y económicas, que reducen el tiempo de
preparación de planchas y permiten tiradas más largas (Kyrou, 1966; Staff,
1979). Esta transición marca el cierre del ciclo de la postal fototípica
clásica y la entrada en una etapa caracterizada por la estandarización
técnica y por una menor singularidad material del objeto postal (Riego, 2011;
Prochaska y Mendelson, 2010)
En conjunto, la cartografía analítica de la postal entre 1869 y 1939 muestra un medio que no solo refleja, sino que configura la modernidad española: organiza repertorios visuales, articula prácticas de consumo, vehicula proyectos políticos y se inscribe en dinámicas industriales y tecnológicas complejas (Riego, 2011; Carrasco Marqués, 2018). Su estudio permite comprender cómo un soporte aparentemente modesto participa en la construcción de identidades, imaginarios y memorias colectivas en la era de la primera globalización visual (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013).
BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA
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- Carrasco Marqués, M. (2018). La tarjeta postal en España: historia y catalogación. Madrid: Edifil.
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- Hauser y Menet. (s. f.). Catálogos y colecciones de tarjetas postales. Madrid: Hauser y Menet.
- Kyrou, A. (1966). L’âge d’or de la carte postale. Paris: André Balland.
- Lundström, G. (2005). Picture postcards and the making of modern communications. Chicago: University of Chicago Press.
- Mandell, R. D. (1967). Paris 1900: The Great World’s Fair. Toronto: University of Toronto Press.
- Moreno Garrido, A. (2007). Turismo y propaganda: España en las rutas de los viajeros (1900‑1936). Madrid: Sílex.
- Núñez‑Herrador, L. (2019). Imágenes de la República: símbolos, propaganda y cultura visual (1931‑1936). Madrid: Catarata.
- Prochaska, D., & Mendelson, J. (Eds.). (2010). Postcards: Ephemeral Histories of Modernity. University Park, PA: Pennsylvania State University Press.
- Riego Amézaga, B. (1997). La tarjeta postal ilustrada: un material cultural entre los “ephemera” y la potencialidad de un “medio” visual autónomo. En Jornadas Antoni Varés. Girona: Universitat de Girona.
- Riego Amézaga, B. (2011). España en la tarjeta postal: un siglo de imágenes. Barcelona: Lunwerg Editores.
- Sánchez Vigil, J. M. (2013). Historia de la fotografía en España: de los orígenes al siglo XXI. Madrid: Cátedra.
- Shelley, L. (2000). Postcards of the Spanish Civil War. London: Lawrence & Wishart.
- Staff, F. (1979). The Picture Postcard and Its Origins. Cambridge: Lutterworth Press.
- Tiana Ferrer, A. (2012). Las Misiones Pedagógicas: educación popular en la Segunda República. Madrid: Los Libros de la Catarata.
- Toledo Olvidado. (2023). Hauser y Menet: postales de Toledo a finales del siglo XIX. Toledo: Autoedición.
- Vega, E. (2013). La imagen de España en la fotografía turística. Madrid: Cátedra.
- Viñao Frago, A. (1990). Alfabetización y modernización en la España contemporánea. Madrid: Siglo XXI.
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