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8/1/26

19. CARTOGRAFÍA DE UN FENÓMENO QUE LO CAMBIÓ TODO

19. CARTOGRAFÍA DE UN FENÓMENO QUE LO CAMBIÓ TODO

TEXTO 1 ·

La tarjeta postal: de moda visual a arma política

Entre 1869 y 1939 la tarjeta postal vivió un ciclo completo: nació como invento administrativo, se convirtió en fenómeno de masas y terminó replegada a souvenir turístico y herramienta de propaganda (Staff, 1979; Kyrou, 1966). Esta trayectoria la convierte en un auténtico barómetro visual de la modernidad, capaz de condensar en un pequeño cartón ilustrado las transformaciones técnicas, sociales y políticas de su tiempo (Riego, 1997; Prochaska y Mendelson, 2010; Guereña, 2005).

19.1 De la novedad al boom

Todo comienza en 1869 cuando la administración austrohúngara lanza una tarjeta barata, abierta y estandarizada para comunicaciones breves —la célebre Correspondenz-Karte— siguiendo la propuesta de Emanuel Herrmann (Staff, 1979; Peel, 2025). En apenas unos años casi toda Europa adopta el formato. España llega algo más tarde: la primera tarjeta oficial circula en 1871 y las privadas se legalizan en 1887, según el análisis documental de Guereña (2005), abriendo el campo a impresores y fotógrafos. El volumen inicial es bajo y los temas, inestables; el público se acerca al nuevo soporte atraído sobre todo por la novedad técnica más que por un repertorio visual definido (Staff, 1979; Teixidor Cadenas, 1999).

Hacia 1890 el panorama cambia. En Madrid, Hauser y Menet —fundada ese mismo año— profesionaliza el sector: domina la fotografía, controla la impresión por fototipia y organiza la distribución a gran escala. En 1902 ya ofrece 1.300 modelos distintos y tira 500.000 ejemplares al mes (Guereña, 2005; Riego, 1997). La postal deja de ser un experimento para convertirse en un producto industrial con tiradas importantes y los primeros coleccionistas organizados —las clases medias urbanas— que la valoran más allá de su uso funcional (Kyrou, 1966; Carrasco Marqués, 2018).

El verdadero apogeo llega entre 1900 y 1914, en plena Belle Époque. En Estados Unidos circulan cientos de millones de postales al año, con un máximo en torno a 1908 (History of postcards in the United States, 2023). España se suma al boom con series masivas de ciudades, monumentos y tipos populares que abastecen tanto al turismo como a la sociabilidad epistolar cotidiana (Teixidor Cadenas, 1999; Riego, 1997). La postal funciona a la vez como mensaje, souvenir, objeto de ocio y pieza de colección. En estos años se fija la «España de postal»: Alhambra, catedrales, patios, procesiones, toros y trajes típicos —una gramática visual que reducirá la riqueza del país a unos pocos iconos reiterados (Riego, 2011; Vega, 2013; Sougez, 2011).

La Primera Guerra Mundial rompe el hechizo. Las rutas postales se interrumpen, la censura militar se generaliza y los Estados descubren el potencial de la tarjeta como soporte de propaganda. El coleccionismo civil cae, pero proliferan las postales con mensajes patrióticos, escenas de frente y retratos de líderes que convierten el cartón ilustrado en un pequeño altavoz ideológico de la guerra total (Staff, 1979; Shelley, 2000; Prochaska y Mendelson, 2010).

Tras 1918 la postal entra en una reconfiguración difícil. El cine, la radio y la prensa ilustrada compiten por la atención del público, las cifras de circulación se desploman respecto al máximo prebélico y muchas sociedades cartófilas desaparecen (Lundström, 2005; Kyrou, 1966). La tarjeta sobrevive especializada en el turismo, los saludos ocasionales y un coleccionismo cada vez más minoritario (Carrasco Marqués, 2018).

La Segunda República intenta darle un nuevo sentido transformándola en instrumento de modernización visual y pedagogía cívica: escuelas, carreteras, símbolos republicanos, grandes ceremonias públicas. La tarjeta se integra así en políticas de educación popular junto a las Misiones Pedagógicas (Tiana, 2012; Viñao, 1990). Pero la Guerra Civil la militariza de nuevo: ambos bandos producen series extensas de postales de frente, mártires y consignas al servicio de un conflicto que también se libra en el terreno de las imágenes (Shelley, 2000; Basilio, 2013). Tras 1939 el franquismo reprime la memoria republicana, destruye o silencia colecciones y reduce la postal a souvenir turístico y vehículo de propaganda oficial (Basilio, 2013; Riego, 2011).

19.2 Lo que no cambió: motivos, técnicas y miradas

En medio de este vaivén histórico, tres elementos sorprenden por su continuidad. El primero son los motivos: la Alhambra, las catedrales, los tipos costumbristas y los paisajes «pintorescos» se repiten desde la década de 1890 hasta los años treinta (Riego, 2011; Guereña, 2005). Cuando un tema funciona en ventas, los editores lo imitan sin descanso; innovar pesa demasiado. Así se consolida un canon visual donde unos pocos lugares representan al país entero —la «España de postal» de la que ha hablado Riego (2011)— con escasa permeabilidad a iconografías de modernidad urbana o industrialización (Vega, 2013; Moreno Garrido, 2007).

La segunda permanencia es técnica. Mientras otros países adoptan pronto el fotograbado y el offset por su rapidez y bajo coste, la industria española —con Hauser y Menet a la cabeza— mantiene durante décadas la fototipia, que ofrece una calidad tonal excepcional y un acabado de gama alta. Esta apuesta refleja también la inercia inversora: la maquinaria y los saberes ya instalados condicionan la adopción de nuevas técnicas, retrasando la innovación (Riego, 1997; Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado, 2023).

La tercera continuidad es discursiva. Desde las primeras visitas turísticas hasta los años treinta, la postal insiste en una España medievalizada, orientalizada y rural, acorde con la literatura viajera que la presentaba como «Oriente cercano» (Gautier, 1845; Said, 1978). Fotógrafos y editores seleccionan motivos que encajan en esas expectativas —patios moriscos, procesiones, corridas, gitanos—, mientras los turistas consumen estas imágenes como prueba de autenticidad. Se genera así un circuito de refuerzo mutuo entre escritura viajera, mirada turística y producción editorial (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013).

19.3 Cómo se organizó el negocio

La historia de la postal es también la historia de un sector que oscila entre la integración vertical y la especialización flexible. Empresas como Hauser y Menet concentran en una misma casa la fotografía, la impresión y la distribución, lo que exige capital, tecnología y organización avanzados (Riego, 1997; PARES, s. f.). En paralelo proliferan fotógrafos independientes —como J. Laurent, que vende negativos a diferentes editores sin integrarse en la cadena de impresión—, litógrafos regionales y pequeños editores locales que se adaptan a la demanda turística o devocional de cada espacio (Carrasco Marqués, 2018; Teixidor Cadenas, 1999).

La relación entre editor y fotógrafo evoluciona de la compra puntual de negativos a la contratación de fotógrafos en plantilla, lo que permite planificar campañas de toma de vistas y construir un estilo corporativo reconocible —como las colecciones «España Ilustrada»— con ventaja competitiva sobre los editores que dependen de suministros dispersos (Riego, 1997; Sevilla en la España Ilustrada, 2024). En el trasfondo se libra una batalla tecnológica: la calidad de la fototipia frente a la economía del offset. La presión de la competencia internacional —especialmente alemana e italiana— acaba imponiendo el cambio durante los años veinte y treinta, cerrando el ciclo de la postal fototípica clásica y abriendo una etapa de mayor estandarización material (Staff, 1979; Filatelia Digital, 2014).

En definitiva, la tarjeta postal no fue un simple recuerdo de viaje, sino un laboratorio visual donde se condensaron las tensiones entre tradición y modernidad, comercio y política, memoria íntima y propaganda. Su estudio permite comprender cómo un soporte aparentemente modesto participa en la construcción de identidades, imaginarios y memorias colectivas en la era de la primera globalización visual (Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010; Benjamin, 2003).

19. CARTOGRAFÍA DE UN FENÓMENO QUE LO CAMBIÓ TODO

TEXTO 2 · Versión académica

La tarjeta postal ilustrada constituye uno de los dispositivos centrales de la modernidad visual entre finales del siglo XIX y la década de 1930 (Riego, 1997; Prochaska y Mendelson, 2010). En el caso español, su evolución permite trazar un ciclo vital completo: desde la invención administrativa y la experimentación técnica hasta la masificación, la politización y el declive frente a otros medios de comunicación de masas (Staff, 1979; Kyrou, 1966). Leída a través del prisma de la reproductibilidad técnica —que Walter Benjamin (2003 [1936]) caracterizó como el mecanismo que libera la imagen de su anclaje ritual y la lanza al campo de la política—, la postal emerge como un soporte que no solo refleja la modernidad española sino que contribuye activamente a configurarla. Este texto propone una cartografía analítica articulada en tres bloques: periodización de las fases históricas, identificación de permanencias temáticas, técnicas y discursivas, y análisis de las transformaciones en los modos de producción (Carrasco Marqués, 2018; Guereña, 2005).

19.1 Patrones estructurales, continuidades y rupturas

La fase de génesis (1869-1890) arranca con la adopción europea de la tarjeta postal como instrumento administrativo de comunicación breve y económico. La Correspondenz-Karte austríaca de 1869, impulsada por la propuesta de Emanuel Herrmann, difunde con rapidez el modelo por el continente (Staff, 1979; Peel, 2025). En España, sin embargo, la implantación es más lenta. La primera tarjeta oficial circula en diciembre de 1873 bajo el sello de la Primera República, y las tarjetas privadas permanecen prohibidas hasta la Real Orden de 31 de diciembre de 1886, que autoriza su circulación dentro de los formatos y tarifas fijados por la Unión Postal Universal (Guereña, 2005). Durante esta fase la postal es, sobre todo, una novedad tecnológica: despierta curiosidad entre usuarios y operadores postales, pero carece aún de la densidad iconográfica y la audiencia específica que la convertirán en fenómeno cultural estable (Staff, 1979; Teixidor Cadenas, 1999). El volumen de circulación es reducido, la calidad técnica, desigual, y la iconografía, poco sistemática (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018).

La etapa de consolidación (1890-1900) viene marcada por la emergencia de editores especializados y por la estandarización de formatos, tarifas y canales de distribución (Kyrou, 1966). La fundación en Madrid de Hauser y Menet en 1890, con su apuesta por la fototipia y por la integración de fotografía, fotomecánica y red comercial, ejemplifica la transición desde iniciativas dispersas hacia una industria organizada (Riego, 1997). Los datos aportados por Guereña (2005) son elocuentes: a finales del siglo XIX existían en España alrededor de 2.500 tarjetas ilustradas diferentes, el 40 % editadas por Hauser y Menet y producidas por unos 140 editores. Las tiradas crecen, los catálogos se amplían y aparecen los primeros coleccionistas y sociedades cartófilas —la revista España Cartófila se edita desde 1901—, lo que indica la consolidación de una audiencia interesada en la postal más allá de su valor funcional (Kyrou, 1966; Teixidor Cadenas, 1999).

El apogeo (1900-1914) se inscribe en la Belle Époque y en la expansión simultánea del turismo, el ferrocarril y la alfabetización (Staff, 1979; Mandell, 1967). Las cifras de circulación alcanzan cotas extraordinarias: en Estados Unidos se superan los 800 millones de postales en 1908 (History of postcards in the United States, 2023), mientras que en España casas como Hauser y Menet y otros editores urbanos producen series extensas de vistas, monumentos y tipos populares con tiradas muy elevadas (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018). La postal adquiere así el carácter de fenómeno de masas: su bajo coste, su fácil legibilidad y su valor de recuerdo la convierten en un soporte multifuncional utilizado para la comunicación cotidiana, la representación del viaje, el ocio doméstico y el coleccionismo (Prochaska y Mendelson, 2010). La «España de postal» que se fija en estos años —centrada en la Alhambra, las catedrales, los patios andaluces, los trajes regionales y las escenas religiosas o taurinas— se convierte en una verdadera gramática visual del país (Riego, 2011; Vega, 2013; Sougez, 2011).

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) introduce una ruptura profunda en el ecosistema postal. La militarización de las sociedades beligerantes, la desorganización de las redes de transporte y la instauración de una censura sistemática limitan la circulación internacional y reducen el uso civil de la tarjeta, mientras los Estados y los ejércitos reconocen su potencial propagandístico (Shelley, 2000). Proliferan las postales de frente, los retratos de soldados, las alegorías patrióticas y las imágenes de destrucción y sacrificio que convierten el soporte en vehículo de movilización ideológica (Prochaska y Mendelson, 2010). Desde el análisis benjaminiano, esta deriva confirma que la reproductibilidad técnica hace posible la estetización de la política característica del siglo XX: el cartón ilustrado deviene microdispositivo de propaganda al servicio de la «guerra total» (Benjamin, 2003 [1936]; Staff, 1979).

La fase de reconfiguración (1918-1931) refleja el impacto combinado de la guerra y de la competencia de nuevos medios. El cine y la radio ofrecen narrativas audiovisuales más complejas y formas de ocio colectivo, mientras el mercado de la postal acusa signos claros de saturación (Lundström, 2005; Kyrou, 1966). Estudios cuantitativos sobre el caso estadounidense señalan descensos del 60-70 % en el volumen de postales circuladas respecto al máximo de 1908-1910 (History of postcards in the United States, 2023), lo que indica cambios estructurales en los hábitos de comunicación y consumo visual. En este contexto, la tarjeta pierde su centralidad cultural y se especializa como souvenir turístico, soporte de felicitaciones, pieza de coleccionismo minoritario y canal ocasional de propaganda (Kyrou, 1966; Carrasco Marqués, 2018).

La etapa de politización (1931-1939) enlaza con los procesos de reforma cultural de la Segunda República y con la radicalización de la vida política española (Riego, 2011; Núñez-Herrador, 2019). Entre 1931 y 1936, las autoridades republicanas y diversos agentes culturales utilizan la postal para difundir símbolos republicanos, obras públicas, escuelas e infraestructuras que encarnan una idea de modernidad democrática (Tiana, 2012; Vega, 2013). La tarjeta se integra en políticas de educación popular junto a las Misiones Pedagógicas —cuya labor de extensión cultural en medios rurales ha analizado Tiana (2012)— contribuyendo a renovar el paisaje simbólico del país (Viñao, 1990). Con el estallido de la Guerra Civil, la postal se militariza de manera radical: ambos bandos producen series extensas de postales de frente, líderes, mártires y consignas que circulan tanto en el frente como en la retaguardia (Basilio, 2013; Shelley, 2000). La tarjeta funciona como microdispositivo de propaganda capaz de transportar consignas, reforzar identidades de grupo y construir enemigos visuales en un formato barato y fácilmente reproducible (Prochaska y Mendelson, 2010; Mendelson, 2005). Tras 1939, el régimen franquista reprime la memoria republicana, destruye o confisca colecciones y restringe la circulación de iconografías contrarias, al tiempo que mantiene la postal como souvenir turístico y soporte de propaganda oficial, sin recuperar nunca la densidad de sociabilidad previa (Basilio, 2013; Riego, 2011).

19.2 Permanencias temáticas, técnicas y discursivas

Más allá de las rupturas cronológicas, la historia de la postal española muestra permanencias de largo recorrido. En el plano temático, destaca la persistencia de un repertorio reducido de motivos: la Alhambra, las grandes catedrales, los paisajes «pintorescos» y los tipos costumbristas se reproducen de manera insistente desde los años 1890 hasta la década de 1930 (Riego, 2011; Guereña, 2005; Carrasco Marqués, 2018). Esta continuidad responde a lógicas comerciales: una vez comprobado el éxito de ciertas imágenes, los editores tienden a reproducirlas y a imitarlas, minimizando el riesgo de inversión que supondría apostar por iconografías nuevas (Kyrou, 1966). El resultado es la consolidación de un canon visual en el que unos pocos lugares y figuras se convierten en metáforas del país entero —la «España de postal» (Riego, 2011)—, con escasa permeabilidad a iconografías de modernidad urbana, conflicto social o industrialización (Vega, 2013; Moreno Garrido, 2007; Sougez, 2011). La sociología económica del campo editorial explica esta inercia iconográfica: la lógica del mercado de masas penaliza la innovación visual y premia la reproducción de los esquemas que ya han demostrado aceptación entre el público (Kyrou, 1966; Otero Carvajal y Pallol Trigueros, 2017).

En el ámbito técnico, la permanencia de la fototipia entre 1890 y 1930 resulta igualmente significativa. Mientras en otros contextos europeos se generalizan procedimientos como el fotograbado de semitono y el offset, la industria española —y en particular Hauser y Menet— mantiene la fototipia por su capacidad de ofrecer una gama tonal rica y un acabado de alta calidad (Riego, 1997; Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado, 2023). Esta elección obedece a un doble razonamiento: por un lado, permite posicionar la postal como producto de gama alta, diferenciada de la producción más barata; por otro, refleja una fuerte inercia path-dependent —la maquinaria fototípica y los saberes asociados condicionan la adopción de nuevas técnicas, generando una dependencia del camino seguido que retrasa la innovación hasta bien entrado el siglo XX (Staff, 1979; Riego, 2011). La transición hacia el offset durante los años veinte y treinta responde, en última instancia, a la presión competitiva de las imprentas alemanas e italianas, que ofrecen tiradas más largas a menor coste unitario (Kyrou, 1966; Filatelia Digital, 2014).

En el plano discursivo, la postal española reproduce durante décadas una imagen de España marcada por la medievalización, el orientalismo y el primitivismo rural (Riego, 2011; Vega, 2013). Esta representación se inscribe en la tradición de literatura viajera que, desde Gautier (1845) hasta los relatos de viajeros del cambio de siglo, había definido el país como un espacio liminal entre Occidente y Oriente donde pervivían costumbres arcaicas y paisajes exóticos (Gautier, 1845; Moreno Garrido, 2007). La categoría analítica de orientalismo —acuñada por Said (1978) para describir la construcción occidental de Oriente como objeto de dominio y exotización— resulta operativa para comprender cómo la postal española reproduce una mirada colonial interna: España como otredad exótica consumible por el turismo europeo (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013). Fotógrafos y editores seleccionan motivos que encajan en esas expectativas —patios moriscos, procesiones, corridas, gitanos, campesinos—, mientras los turistas consumen estas imágenes como prueba visual de la autenticidad de su experiencia. Se genera así un circuito de refuerzo mutuo entre escritura viajera, mirada turística y producción editorial que consolida un imaginario resistente a la incorporación de iconografías de modernidad urbana o industrialización (Riego, 2011; Moreno Garrido, 2007; Otero Carvajal y Pallol Trigueros, 2017).

19.3 Transformaciones en los modos de producción

El análisis de los modos de producción revela una tensión constante entre modelos de integración vertical y formas de especialización flexible (Carrasco Marqués, 2018). La empresa Hauser y Menet ilustra el primer modelo: concentra en el mismo taller la toma de vistas, el tratamiento fotomecánico y la impresión por fototipia, así como la organización de la distribución a escala nacional (Riego, 1997; PARES, s. f.). Este tipo de estructura permite controlar la calidad, homogenizar estilos, planificar campañas de cobertura territorial y explotar economías de escala, pero exige un elevado capital inicial y conocimientos técnicos complejos (Staff, 1979; Riego, 2011). La documentación de archivo conservada en el Archivo Histórico Nacional permite reconstruir parcialmente la organización interna de estas casas y su estrategia de expansión nacional (PARES, s. f.).

En paralelo, proliferan formas de especialización parcial. Fotógrafos como J. Laurent trabajan como productores de negativos que venden a editores e impresores, sin integrar la fase de impresión ni la distribución (Riego, 1997; Sánchez Vigil, 2013). Litógrafos regionales imprimen postales a partir de materiales ajenos, y pequeños editores locales se concentran en ámbitos geográficos limitados, adaptando sus catálogos a la demanda turística o devocional de cada espacio (Carrasco Marqués, 2018; Teixidor Cadenas, 1999). Estas estructuras ligeras facilitan la entrada de numerosos agentes en el mercado, contribuyendo a la fragmentación del sector, pero limitan la capacidad de planificar series de gran alcance o de imponer una estética unificada (Kyrou, 1966; Riego, 2011).

La relación entre editor y fotógrafo evoluciona a lo largo del periodo. En las primeras décadas predomina un modelo de relación mercantil: el fotógrafo vende negativos y derechos de reproducción a diferentes casas sin vínculo laboral estable, conservando autonomía en la elección de motivos y en la organización de su trabajo (Riego, 1997; Staff, 1979). A medida que el sector se industrializa, algunos editores optan por incorporar fotógrafos en plantilla con contratos que implican la cesión sistemática de derechos y la subordinación a programas de toma de vistas diseñados desde la dirección —como las colecciones «España Ilustrada» documentadas por Sevilla en la España Ilustrada (2024)—. Este cambio refuerza la capacidad de las grandes casas para diseñar proyectos de cobertura nacional e imponer un estilo corporativo reconocible, incrementando su ventaja competitiva frente a los editores que dependen de suministros freelance (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018; Mendelson, 2005).

En el trasfondo de estas transformaciones se sitúa el cambio tecnológico, que enfrenta la resistencia a abandonar procedimientos consolidados con la necesidad de adaptarse a un entorno competitivo cada vez más exigente (Staff, 1979; Riego, 2011). La fototipia ofrece una calidad tonal difícil de igualar y forma parte de la identidad visual de casas como Hauser y Menet, pero resulta más lenta y costosa que los procedimientos basados en semitono y offset (Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado, 2023). Durante las décadas de 1910 y 1920 la presión de la competencia internacional y la necesidad de abaratar costes fuerzan una transición gradual hacia técnicas más rápidas y económicas, cerrando el ciclo de la postal fototípica clásica y abriendo una etapa caracterizada por la estandarización técnica y por una menor singularidad material del objeto postal (Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010). Esta transición puede interpretarse, en clave benjaminiana, como el momento en que la postal pierde el último vestigio de su «aura» de objeto artesanal para convertirse plenamente en mercancía cultural reproducible a escala industrial (Benjamin, 2003 [1936]).

En conjunto, la cartografía analítica de la postal entre 1869 y 1939 muestra un medio que no solo refleja, sino que configura activamente la modernidad española: organiza repertorios visuales, articula prácticas de consumo, vehicula proyectos políticos y se inscribe en dinámicas industriales y tecnológicas complejas (Riego, 2011; Carrasco Marqués, 2018). Su estudio permite comprender cómo un soporte aparentemente modesto participa en la construcción de identidades, imaginarios y memorias colectivas en la era de la primera globalización visual (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013; Mendelson, 2005).

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA

  • Basilio, M. (2013). Visual Propaganda, Exhibitions, and the Spanish Civil War. Ashgate.
  • Carrasco Marqués, M. (2018). La tarjeta postal en España: historia y catalogación. Madrid: Edifil.
  • Gautier, T. (1845). Voyage en Espagne. Paris: Charpentier.
  • Hauser y Menet. (s. f.). Catálogos y colecciones de tarjetas postales. Madrid: Hauser y Menet.
  • Kyrou, A. (1966). L’âge d’or de la carte postale. Paris: André Balland.
  • Lundström, G. (2005). Picture postcards and the making of modern communications. Chicago: University of Chicago Press.
  • Mandell, R. D. (1967). Paris 1900: The Great World’s Fair. Toronto: University of Toronto Press.
  • Moreno Garrido, A. (2007). Turismo y propaganda: España en las rutas de los viajeros (1900‑1936). Madrid: Sílex.
  • Núñez‑Herrador, L. (2019). Imágenes de la República: símbolos, propaganda y cultura visual (1931‑1936). Madrid: Catarata.
  • Prochaska, D., & Mendelson, J. (Eds.). (2010). Postcards: Ephemeral Histories of Modernity. University Park, PA: Pennsylvania State University Press.
  • Riego Amézaga, B. (1997). La tarjeta postal ilustrada: un material cultural entre los “ephemera” y la potencialidad de un “medio” visual autónomo. En Jornadas Antoni Varés. Girona: Universitat de Girona.
  • Riego Amézaga, B. (2011). España en la tarjeta postal: un siglo de imágenes. Barcelona: Lunwerg Editores.
  • Sánchez Vigil, J. M. (2013). Historia de la fotografía en España: de los orígenes al siglo XXI. Madrid: Cátedra.
  • Shelley, L. (2000). Postcards of the Spanish Civil War. London: Lawrence & Wishart.
  • Staff, F. (1979). The Picture Postcard and Its Origins. Cambridge: Lutterworth Press.
  • Tiana Ferrer, A. (2012). Las Misiones Pedagógicas: educación popular en la Segunda República. Madrid: Los Libros de la Catarata.
  • Toledo Olvidado. (2023). Hauser y Menet: postales de Toledo a finales del siglo XIX. Toledo: Autoedición.
  • Vega, E. (2013). La imagen de España en la fotografía turística. Madrid: Cátedra.
  • Viñao Frago, A. (1990). Alfabetización y modernización en la España contemporánea. Madrid: Siglo XXI.


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