19.
CARTOGRAFÍA DE UN FENÓMENO QUE LO CAMBIÓ TODO
TEXTO 1 ·
La tarjeta
postal: de moda visual a arma política
Entre 1869 y 1939 la tarjeta postal vivió un ciclo
completo: nació como invento administrativo, se convirtió en fenómeno de
masas y terminó replegada a souvenir turístico y herramienta de propaganda
(Staff, 1979; Kyrou, 1966). Esta trayectoria la convierte en un auténtico barómetro
visual de la modernidad, capaz de condensar en un pequeño cartón ilustrado
las transformaciones técnicas, sociales y políticas de su tiempo (Riego, 1997;
Prochaska y Mendelson, 2010; Guereña, 2005).
19.1 De la
novedad al boom
Todo comienza en 1869 cuando la administración
austrohúngara lanza una tarjeta barata, abierta y estandarizada para
comunicaciones breves —la célebre Correspondenz-Karte— siguiendo la
propuesta de Emanuel Herrmann (Staff, 1979; Peel, 2025). En apenas unos años
casi toda Europa adopta el formato. España llega algo más tarde: la primera
tarjeta oficial circula en 1871 y las privadas se legalizan en 1887, según el
análisis documental de Guereña (2005), abriendo el campo a impresores y
fotógrafos. El volumen inicial es bajo y los temas, inestables; el público se
acerca al nuevo soporte atraído sobre todo por la novedad técnica más
que por un repertorio visual definido (Staff, 1979; Teixidor Cadenas, 1999).
Hacia 1890 el panorama cambia. En Madrid, Hauser y
Menet —fundada ese mismo año— profesionaliza el sector: domina la
fotografía, controla la impresión por fototipia y organiza la
distribución a gran escala. En 1902 ya ofrece 1.300 modelos distintos y tira
500.000 ejemplares al mes (Guereña, 2005; Riego, 1997). La postal deja de ser
un experimento para convertirse en un producto industrial con tiradas
importantes y los primeros coleccionistas organizados —las clases medias
urbanas— que la valoran más allá de su uso funcional (Kyrou, 1966; Carrasco
Marqués, 2018).
El verdadero apogeo llega entre 1900 y 1914, en
plena Belle Époque. En Estados Unidos circulan cientos de millones de postales
al año, con un máximo en torno a 1908 (History of postcards in the United
States, 2023). España se suma al boom con series masivas de ciudades,
monumentos y tipos populares que abastecen tanto al turismo como a la
sociabilidad epistolar cotidiana (Teixidor Cadenas, 1999; Riego, 1997). La
postal funciona a la vez como mensaje, souvenir, objeto de ocio
y pieza de colección. En estos años se fija la «España de postal»:
Alhambra, catedrales, patios, procesiones, toros y trajes típicos —una gramática
visual que reducirá la riqueza del país a unos pocos iconos reiterados
(Riego, 2011; Vega, 2013; Sougez, 2011).
La Primera Guerra Mundial rompe el hechizo. Las rutas
postales se interrumpen, la censura militar se generaliza y los Estados
descubren el potencial de la tarjeta como soporte de propaganda. El
coleccionismo civil cae, pero proliferan las postales con mensajes patrióticos,
escenas de frente y retratos de líderes que convierten el cartón ilustrado en
un pequeño altavoz ideológico de la guerra total (Staff, 1979; Shelley,
2000; Prochaska y Mendelson, 2010).
Tras 1918 la postal entra en una reconfiguración
difícil. El cine, la radio y la prensa ilustrada compiten por la atención
del público, las cifras de circulación se desploman respecto al máximo prebélico
y muchas sociedades cartófilas desaparecen (Lundström, 2005; Kyrou, 1966). La
tarjeta sobrevive especializada en el turismo, los saludos ocasionales y un
coleccionismo cada vez más minoritario (Carrasco Marqués, 2018).
La Segunda República intenta darle un nuevo
sentido transformándola en instrumento de modernización visual y pedagogía
cívica: escuelas, carreteras, símbolos republicanos, grandes ceremonias
públicas. La tarjeta se integra así en políticas de educación popular junto a
las Misiones Pedagógicas (Tiana, 2012; Viñao, 1990). Pero la Guerra Civil la militariza
de nuevo: ambos bandos producen series extensas de postales de frente,
mártires y consignas al servicio de un conflicto que también se libra en el
terreno de las imágenes (Shelley, 2000; Basilio, 2013). Tras 1939 el franquismo
reprime la memoria republicana, destruye o silencia colecciones y reduce la
postal a souvenir turístico y vehículo de propaganda oficial (Basilio, 2013;
Riego, 2011).
19.2 Lo que
no cambió: motivos, técnicas y miradas
En medio de este vaivén histórico, tres elementos
sorprenden por su continuidad. El primero son los motivos: la
Alhambra, las catedrales, los tipos costumbristas y los paisajes «pintorescos»
se repiten desde la década de 1890 hasta los años treinta (Riego, 2011;
Guereña, 2005). Cuando un tema funciona en ventas, los editores lo imitan sin
descanso; innovar pesa demasiado. Así se consolida un canon visual donde
unos pocos lugares representan al país entero —la «España de postal» de la que
ha hablado Riego (2011)— con escasa permeabilidad a iconografías de modernidad
urbana o industrialización (Vega, 2013; Moreno Garrido, 2007).
La segunda permanencia es técnica. Mientras otros
países adoptan pronto el fotograbado y el offset por su rapidez y bajo coste, la
industria española —con Hauser y Menet a la cabeza— mantiene durante décadas la
fototipia, que ofrece una calidad tonal excepcional y un acabado de gama
alta. Esta apuesta refleja también la inercia inversora: la maquinaria y
los saberes ya instalados condicionan la adopción de nuevas técnicas,
retrasando la innovación (Riego, 1997; Filatelia Digital, 2014; Toledo
Olvidado, 2023).
La tercera continuidad es discursiva. Desde las
primeras visitas turísticas hasta los años treinta, la postal insiste en una España
medievalizada, orientalizada y rural, acorde con la literatura viajera
que la presentaba como «Oriente cercano» (Gautier, 1845; Said, 1978).
Fotógrafos y editores seleccionan motivos que encajan en esas expectativas
—patios moriscos, procesiones, corridas, gitanos—, mientras los turistas
consumen estas imágenes como prueba de autenticidad. Se genera así un circuito
de refuerzo mutuo entre escritura viajera, mirada turística y producción
editorial (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013).
19.3 Cómo se
organizó el negocio
La historia de la postal es también la historia de un
sector que oscila entre la integración vertical y la especialización
flexible. Empresas como Hauser y Menet concentran en una misma casa la
fotografía, la impresión y la distribución, lo que exige capital, tecnología y
organización avanzados (Riego, 1997; PARES, s. f.). En paralelo proliferan
fotógrafos independientes —como J. Laurent, que vende negativos a diferentes
editores sin integrarse en la cadena de impresión—, litógrafos regionales y
pequeños editores locales que se adaptan a la demanda turística o devocional de
cada espacio (Carrasco Marqués, 2018; Teixidor Cadenas, 1999).
La relación entre editor y fotógrafo evoluciona de
la compra puntual de negativos a la contratación de fotógrafos en plantilla, lo
que permite planificar campañas de toma de vistas y construir un estilo
corporativo reconocible —como las colecciones «España Ilustrada»— con
ventaja competitiva sobre los editores que dependen de suministros dispersos
(Riego, 1997; Sevilla en la España Ilustrada, 2024). En el trasfondo se libra
una batalla tecnológica: la calidad de la fototipia frente a la economía
del offset. La presión de la competencia internacional —especialmente
alemana e italiana— acaba imponiendo el cambio durante los años veinte y
treinta, cerrando el ciclo de la postal fototípica clásica y abriendo una etapa
de mayor estandarización material (Staff, 1979; Filatelia Digital, 2014).
En definitiva, la tarjeta postal no fue un simple recuerdo de viaje, sino un laboratorio visual donde se condensaron las tensiones entre tradición y modernidad, comercio y política, memoria íntima y propaganda. Su estudio permite comprender cómo un soporte aparentemente modesto participa en la construcción de identidades, imaginarios y memorias colectivas en la era de la primera globalización visual (Riego, 2011; Prochaska y Mendelson, 2010; Benjamin, 2003).
19.
CARTOGRAFÍA DE UN FENÓMENO QUE LO CAMBIÓ TODO
TEXTO 2 · Versión académica
La tarjeta postal ilustrada constituye uno de los
dispositivos centrales de la modernidad visual entre finales del siglo
XIX y la década de 1930 (Riego, 1997; Prochaska y Mendelson, 2010). En el caso
español, su evolución permite trazar un ciclo vital completo: desde la
invención administrativa y la experimentación técnica hasta la masificación, la
politización y el declive frente a otros medios de comunicación de masas
(Staff, 1979; Kyrou, 1966). Leída a través del prisma de la reproductibilidad
técnica —que Walter Benjamin (2003 [1936]) caracterizó como el mecanismo
que libera la imagen de su anclaje ritual y la lanza al campo de la política—,
la postal emerge como un soporte que no solo refleja la modernidad española
sino que contribuye activamente a configurarla. Este texto propone una
cartografía analítica articulada en tres bloques: periodización de las fases
históricas, identificación de permanencias temáticas, técnicas y discursivas, y
análisis de las transformaciones en los modos de producción (Carrasco Marqués,
2018; Guereña, 2005).
19.1
Patrones estructurales, continuidades y rupturas
La fase de génesis (1869-1890) arranca con la
adopción europea de la tarjeta postal como instrumento administrativo de
comunicación breve y económico. La Correspondenz-Karte austríaca de
1869, impulsada por la propuesta de Emanuel Herrmann, difunde con rapidez el
modelo por el continente (Staff, 1979; Peel, 2025). En España, sin embargo, la
implantación es más lenta. La primera tarjeta oficial circula en diciembre de
1873 bajo el sello de la Primera República, y las tarjetas privadas permanecen
prohibidas hasta la Real Orden de 31 de diciembre de 1886, que autoriza su
circulación dentro de los formatos y tarifas fijados por la Unión Postal
Universal (Guereña, 2005). Durante esta fase la postal es, sobre todo, una novedad
tecnológica: despierta curiosidad entre usuarios y operadores postales,
pero carece aún de la densidad iconográfica y la audiencia específica que la
convertirán en fenómeno cultural estable (Staff, 1979; Teixidor Cadenas, 1999).
El volumen de circulación es reducido, la calidad técnica, desigual, y la
iconografía, poco sistemática (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018).
La etapa de consolidación (1890-1900) viene
marcada por la emergencia de editores especializados y por la estandarización
de formatos, tarifas y canales de distribución (Kyrou, 1966). La fundación en
Madrid de Hauser y Menet en 1890, con su apuesta por la fototipia
y por la integración de fotografía, fotomecánica y red comercial, ejemplifica
la transición desde iniciativas dispersas hacia una industria organizada
(Riego, 1997). Los datos aportados por Guereña (2005) son elocuentes: a finales
del siglo XIX existían en España alrededor de 2.500 tarjetas ilustradas
diferentes, el 40 % editadas por Hauser y Menet y producidas por unos 140
editores. Las tiradas crecen, los catálogos se amplían y aparecen los primeros coleccionistas
y sociedades cartófilas —la revista España Cartófila se edita desde
1901—, lo que indica la consolidación de una audiencia interesada en la postal
más allá de su valor funcional (Kyrou, 1966; Teixidor Cadenas, 1999).
El apogeo (1900-1914) se inscribe en la Belle
Époque y en la expansión simultánea del turismo, el ferrocarril y la alfabetización
(Staff, 1979; Mandell, 1967). Las cifras de circulación alcanzan cotas
extraordinarias: en Estados Unidos se superan los 800 millones de postales en
1908 (History of postcards in the United States, 2023), mientras que en España
casas como Hauser y Menet y otros editores urbanos producen series extensas de
vistas, monumentos y tipos populares con tiradas muy elevadas (Riego, 1997;
Carrasco Marqués, 2018). La postal adquiere así el carácter de fenómeno de
masas: su bajo coste, su fácil legibilidad y su valor de recuerdo la
convierten en un soporte multifuncional utilizado para la comunicación
cotidiana, la representación del viaje, el ocio doméstico y el
coleccionismo (Prochaska y Mendelson, 2010). La «España de postal» que se fija
en estos años —centrada en la Alhambra, las catedrales, los patios andaluces,
los trajes regionales y las escenas religiosas o taurinas— se convierte en una
verdadera gramática visual del país (Riego, 2011; Vega, 2013; Sougez,
2011).
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) introduce
una ruptura profunda en el ecosistema postal. La militarización de las
sociedades beligerantes, la desorganización de las redes de transporte y la
instauración de una censura sistemática limitan la circulación
internacional y reducen el uso civil de la tarjeta, mientras los Estados y los
ejércitos reconocen su potencial propagandístico (Shelley, 2000). Proliferan
las postales de frente, los retratos de soldados, las alegorías patrióticas y
las imágenes de destrucción y sacrificio que convierten el soporte en vehículo
de movilización ideológica (Prochaska y Mendelson, 2010). Desde el
análisis benjaminiano, esta deriva confirma que la reproductibilidad técnica
hace posible la estetización de la política característica del siglo XX:
el cartón ilustrado deviene microdispositivo de propaganda al servicio de la
«guerra total» (Benjamin, 2003 [1936]; Staff, 1979).
La fase de reconfiguración (1918-1931) refleja el
impacto combinado de la guerra y de la competencia de nuevos medios. El cine y
la radio ofrecen narrativas audiovisuales más complejas y formas de ocio
colectivo, mientras el mercado de la postal acusa signos claros de saturación
(Lundström, 2005; Kyrou, 1966). Estudios cuantitativos sobre el caso
estadounidense señalan descensos del 60-70 % en el volumen de postales
circuladas respecto al máximo de 1908-1910 (History of postcards in the United
States, 2023), lo que indica cambios estructurales en los hábitos de
comunicación y consumo visual. En este contexto, la tarjeta pierde su
centralidad cultural y se especializa como souvenir turístico, soporte
de felicitaciones, pieza de coleccionismo minoritario y canal ocasional de
propaganda (Kyrou, 1966; Carrasco Marqués, 2018).
La etapa de politización (1931-1939) enlaza con
los procesos de reforma cultural de la Segunda República y con la
radicalización de la vida política española (Riego, 2011; Núñez-Herrador,
2019). Entre 1931 y 1936, las autoridades republicanas y diversos agentes
culturales utilizan la postal para difundir símbolos republicanos, obras
públicas, escuelas e infraestructuras que encarnan una idea de modernidad
democrática (Tiana, 2012; Vega, 2013). La tarjeta se integra en políticas
de educación popular junto a las Misiones Pedagógicas —cuya labor de
extensión cultural en medios rurales ha analizado Tiana (2012)— contribuyendo a
renovar el paisaje simbólico del país (Viñao, 1990). Con el estallido de la Guerra
Civil, la postal se militariza de manera radical: ambos bandos producen
series extensas de postales de frente, líderes, mártires y consignas que
circulan tanto en el frente como en la retaguardia (Basilio, 2013; Shelley,
2000). La tarjeta funciona como microdispositivo de propaganda capaz de
transportar consignas, reforzar identidades de grupo y construir enemigos
visuales en un formato barato y fácilmente reproducible (Prochaska y Mendelson,
2010; Mendelson, 2005). Tras 1939, el régimen franquista reprime la memoria
republicana, destruye o confisca colecciones y restringe la circulación de
iconografías contrarias, al tiempo que mantiene la postal como souvenir
turístico y soporte de propaganda oficial, sin recuperar nunca la densidad de
sociabilidad previa (Basilio, 2013; Riego, 2011).
19.2
Permanencias temáticas, técnicas y discursivas
Más allá de las rupturas cronológicas, la historia de la
postal española muestra permanencias de largo recorrido. En el plano temático,
destaca la persistencia de un repertorio reducido de motivos: la Alhambra, las
grandes catedrales, los paisajes «pintorescos» y los tipos costumbristas
se reproducen de manera insistente desde los años 1890 hasta la década de 1930
(Riego, 2011; Guereña, 2005; Carrasco Marqués, 2018). Esta continuidad responde
a lógicas comerciales: una vez comprobado el éxito de ciertas imágenes, los
editores tienden a reproducirlas y a imitarlas, minimizando el riesgo de
inversión que supondría apostar por iconografías nuevas (Kyrou, 1966). El
resultado es la consolidación de un canon visual en el que unos pocos
lugares y figuras se convierten en metáforas del país entero —la «España de
postal» (Riego, 2011)—, con escasa permeabilidad a iconografías de modernidad
urbana, conflicto social o industrialización (Vega, 2013; Moreno Garrido, 2007;
Sougez, 2011). La sociología económica del campo editorial explica esta inercia
iconográfica: la lógica del mercado de masas penaliza la innovación visual y
premia la reproducción de los esquemas que ya han demostrado aceptación entre
el público (Kyrou, 1966; Otero Carvajal y Pallol Trigueros, 2017).
En el ámbito técnico, la permanencia de la fototipia
entre 1890 y 1930 resulta igualmente significativa. Mientras en otros contextos
europeos se generalizan procedimientos como el fotograbado de semitono y
el offset, la industria española —y en particular Hauser y Menet—
mantiene la fototipia por su capacidad de ofrecer una gama tonal rica y un
acabado de alta calidad (Riego, 1997; Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado,
2023). Esta elección obedece a un doble razonamiento: por un lado, permite
posicionar la postal como producto de gama alta, diferenciada de la
producción más barata; por otro, refleja una fuerte inercia path-dependent
—la maquinaria fototípica y los saberes asociados condicionan la adopción de
nuevas técnicas, generando una dependencia del camino seguido que retrasa la
innovación hasta bien entrado el siglo XX (Staff, 1979; Riego, 2011). La
transición hacia el offset durante los años veinte y treinta responde, en
última instancia, a la presión competitiva de las imprentas alemanas e
italianas, que ofrecen tiradas más largas a menor coste unitario (Kyrou, 1966;
Filatelia Digital, 2014).
En el plano discursivo, la postal española
reproduce durante décadas una imagen de España marcada por la medievalización,
el orientalismo y el primitivismo rural (Riego, 2011; Vega,
2013). Esta representación se inscribe en la tradición de literatura viajera
que, desde Gautier (1845) hasta los relatos de viajeros del cambio de siglo,
había definido el país como un espacio liminal entre Occidente y Oriente donde
pervivían costumbres arcaicas y paisajes exóticos (Gautier, 1845; Moreno
Garrido, 2007). La categoría analítica de orientalismo —acuñada por Said
(1978) para describir la construcción occidental de Oriente como objeto de
dominio y exotización— resulta operativa para comprender cómo la postal
española reproduce una mirada colonial interna: España como otredad exótica
consumible por el turismo europeo (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013).
Fotógrafos y editores seleccionan motivos que encajan en esas expectativas
—patios moriscos, procesiones, corridas, gitanos, campesinos—, mientras los
turistas consumen estas imágenes como prueba visual de la autenticidad de su
experiencia. Se genera así un circuito de refuerzo mutuo entre escritura
viajera, mirada turística y producción editorial que consolida un imaginario
resistente a la incorporación de iconografías de modernidad urbana o
industrialización (Riego, 2011; Moreno Garrido, 2007; Otero Carvajal y Pallol
Trigueros, 2017).
19.3
Transformaciones en los modos de producción
El análisis de los modos de producción revela una
tensión constante entre modelos de integración vertical y formas de especialización
flexible (Carrasco Marqués, 2018). La empresa Hauser y Menet ilustra el
primer modelo: concentra en el mismo taller la toma de vistas, el tratamiento
fotomecánico y la impresión por fototipia, así como la organización de la
distribución a escala nacional (Riego, 1997; PARES, s. f.). Este tipo de
estructura permite controlar la calidad, homogenizar estilos, planificar
campañas de cobertura territorial y explotar economías de escala, pero
exige un elevado capital inicial y conocimientos técnicos complejos (Staff,
1979; Riego, 2011). La documentación de archivo conservada en el Archivo
Histórico Nacional permite reconstruir parcialmente la organización interna de
estas casas y su estrategia de expansión nacional (PARES, s. f.).
En paralelo, proliferan formas de especialización
parcial. Fotógrafos como J. Laurent trabajan como productores de negativos
que venden a editores e impresores, sin integrar la fase de impresión ni la
distribución (Riego, 1997; Sánchez Vigil, 2013). Litógrafos regionales imprimen
postales a partir de materiales ajenos, y pequeños editores locales se
concentran en ámbitos geográficos limitados, adaptando sus catálogos a la
demanda turística o devocional de cada espacio (Carrasco Marqués, 2018;
Teixidor Cadenas, 1999). Estas estructuras ligeras facilitan la entrada de
numerosos agentes en el mercado, contribuyendo a la fragmentación del sector,
pero limitan la capacidad de planificar series de gran alcance o de imponer una
estética unificada (Kyrou, 1966; Riego, 2011).
La relación entre editor y fotógrafo evoluciona a
lo largo del periodo. En las primeras décadas predomina un modelo de relación mercantil:
el fotógrafo vende negativos y derechos de reproducción a diferentes casas sin
vínculo laboral estable, conservando autonomía en la elección de motivos y en
la organización de su trabajo (Riego, 1997; Staff, 1979). A medida que el
sector se industrializa, algunos editores optan por incorporar fotógrafos en
plantilla con contratos que implican la cesión sistemática de derechos y la
subordinación a programas de toma de vistas diseñados desde la dirección —como
las colecciones «España Ilustrada» documentadas por Sevilla en la España
Ilustrada (2024)—. Este cambio refuerza la capacidad de las grandes casas para
diseñar proyectos de cobertura nacional e imponer un estilo corporativo
reconocible, incrementando su ventaja competitiva frente a los editores que
dependen de suministros freelance (Riego, 1997; Carrasco Marqués, 2018;
Mendelson, 2005).
En el trasfondo de estas transformaciones se sitúa el cambio
tecnológico, que enfrenta la resistencia a abandonar procedimientos
consolidados con la necesidad de adaptarse a un entorno competitivo cada vez
más exigente (Staff, 1979; Riego, 2011). La fototipia ofrece una calidad tonal
difícil de igualar y forma parte de la identidad visual de casas como
Hauser y Menet, pero resulta más lenta y costosa que los procedimientos basados
en semitono y offset (Filatelia Digital, 2014; Toledo Olvidado, 2023). Durante
las décadas de 1910 y 1920 la presión de la competencia internacional y la
necesidad de abaratar costes fuerzan una transición gradual hacia técnicas más
rápidas y económicas, cerrando el ciclo de la postal fototípica clásica
y abriendo una etapa caracterizada por la estandarización técnica y por una
menor singularidad material del objeto postal (Riego, 2011; Prochaska y
Mendelson, 2010). Esta transición puede interpretarse, en clave benjaminiana,
como el momento en que la postal pierde el último vestigio de su «aura» de
objeto artesanal para convertirse plenamente en mercancía cultural reproducible
a escala industrial (Benjamin, 2003 [1936]).
En conjunto, la cartografía analítica de la postal entre 1869 y 1939 muestra un medio que no solo refleja, sino que configura activamente la modernidad española: organiza repertorios visuales, articula prácticas de consumo, vehicula proyectos políticos y se inscribe en dinámicas industriales y tecnológicas complejas (Riego, 2011; Carrasco Marqués, 2018). Su estudio permite comprender cómo un soporte aparentemente modesto participa en la construcción de identidades, imaginarios y memorias colectivas en la era de la primera globalización visual (Prochaska y Mendelson, 2010; Vega, 2013; Mendelson, 2005).
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- Prochaska, D., & Mendelson, J. (Eds.). (2010). Postcards: Ephemeral Histories of Modernity. University Park, PA: Pennsylvania State University Press.
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- Vega, E. (2013). La imagen de España en la fotografía turística. Madrid: Cátedra.
- Viñao Frago, A. (1990). Alfabetización y modernización en la España contemporánea. Madrid: Siglo XXI.
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