11.1 Fábricas de imágenes: editores y talleres
El auge de la tarjeta
postal ilustrada en España fue posible gracias a una densa red de editores,
talleres y fotógrafos que transformaron vistas urbanas,
monumentos y escenas populares en mercancía visual de consumo masivo (Teixidor,
1999). En el centro de este sistema destacó Hauser y Menet, fundada en
Madrid por Oscar Hauser y Adolfo Menet, un ejemplo paradigmático de integración
vertical: en un mismo complejo se concentraban fotografía, fotomecánica
y distribución, lo que permitió alcanzar tiradas de hasta 500.000
postales mensuales hacia 1901 (Carrasco Marqués, 1992, 2009, 2018).
Sus catálogos,
hoy conservados en la Biblioteca Nacional de España, muestran series
ordenadas de forma casi enciclopédica: primeras series dedicadas a Madrid,
y a partir de cierto número, vistas de provincias, tipos populares
y monumentos nacionales (Teixidor, 1999). La apuesta por la fototipia
garantizaba una excelente reproducción tonal, que convirtió a la firma en
referente de calidad técnica (Tébar, 2008).
En contraste, Jean
Laurent & Cía encarnó el modelo del fotógrafo archivista.
Laurent, francés instalado en Madrid, construyó desde mediados del siglo XIX un
archivo de más de 12.000 negativos sobre arquitectura, obras de arte y paisajes
españoles, que luego cedía en forma de derechos de reproducción a casas
editoras como Hauser y Menet o Lacoste (Crespo Jiménez y Villena Espinosa,
2007). A diferencia de los grandes impresores, no controló la cadena completa,
sino que separó la producción fotográfica de la reproducción
editorial masiva, anticipando la lógica del archivo patrimonial. Su fondo,
hoy integrado en el Instituto del Patrimonio Cultural de España, subraya
el valor documental de estos materiales (Crespo Jiménez y Villena Espinosa,
2007).
Junto a ellos,
otros editores completaron el mapa nacional: A.T.V y Roisin en
Barcelona, especializados en la imagen turística de Cataluña; Thomas,
destacado por sus postales en cromolitografía de alta calidad; o Alaña,
muy activo en postales políticas de la Segunda República y la Guerra
Civil (Teixidor, 1999). A escala local, numerosos fotógrafos regionales
produjeron tiradas más modestas para mercados comarcales, reforzando la
capilaridad del sistema.
El fenómeno se inscribía en una dinámica claramente internacional. Alemania lideró el sector desde el punto de vista técnico, con firmas como Meissner & Buch, Stengel o la división alemana de Raphael Tuck, que dominaron la cromolitografía de lujo y exportaron masivamente series Art Nouveau y Art Déco (Staff, 1912). En Francia, los editores parisinos explotaron las Exposiciones Universales de 1889 y 1900, inundando Europa y América de vistas de la Torre Eiffel, el Sena o los pabellones efímeros (Riego, 2011). En Italia, la casa Alinari trasladó su prestigio como fotógrafos del patrimonio a la escala de la postal, mientras que Raphael Tuck, desde Londres, se convirtió en una auténtica multinacional con plantas en Reino Unido, Alemania y Estados Unidos (Staff, 1912). En este último país, figuras como Charles W. Goldsmith, activo en Chicago, ensayaron nuevos dispositivos de venta como las máquinas expendedoras, que anticipaban formas modernas de distribución automatizada (Tebo, 2010).
11.2 Kioscos, colecciones y una economía
en miniatura
La circulación
de la postal dependió de una red variada de canales minoristas.
Los kioscos callejeros de plazas y estaciones ofrecían una mezcla de
periódicos, revistas, cigarrillos y tarjetas ilustradas, ajustando la selección
de vistas a las preferencias de turistas, vecinos y coleccionistas locales
(Riego, 2015). Las librerías y tiendas de souvenirs añadieron
postales de arte, patrimonio regional y motivos típicos a la cesta de compra
habitual del viajero, mientras que muchos hoteles editaron sus propias
tarjetas como herramienta de publicidad y recordatorio de estancia
(Teixidor, 1999).
Las estaciones
ferroviarias se consolidaron como puntos clave de venta, al articular el
flujo de viajeros y la circulación de imágenes. En algunos trayectos de lujo,
la distribución de postales formaba parte explícita de la experiencia de viaje,
integrando el medio en la cultura del turismo moderno (Walton, 2005). La
innovación de las máquinas expendedoras, difundida internacionalmente
tras las experiencias estadounidenses, permitió ampliar horarios y reducir
costes de personal, reforzando el carácter de la postal como producto barato y
omnipresente (Tebo, 2010).
En este marco
surgió una verdadera economía del coleccionismo. Las postales ordinarias
costaban entre 5 y 10 céntimos, y las series de 6 a 12 ejemplares se situaban
entre 30 y 120 céntimos, precios accesibles para una clase media trabajadora
cuyo jornal diario podía oscilar entre 1 y 2 pesetas (Teixidor, 1999). Para
gestionar la diversidad de emisiones, los coleccionistas desarrollaron sistemas
de equivalencia: listas publicadas en revistas especializadas clasificaban
las tarjetas según su rareza, editor o tirada, estableciendo tasas de cambio
entre piezas comunes y raras, o entre postales de grandes exposiciones y vistas
permanentes (Tebo, 2010).
Las sociedades cartófilas y las revistas jugaron un papel decisivo. Entidades como la Sociedad de Atracción de Forasteros en Barcelona o asociaciones en Madrid organizaron reuniones periódicas donde se intercambiaban postales, se mostraban álbumes y se consolidaban jerarquías internas basadas en la rareza y especialización de las colecciones (Riego, 2015). Publicaciones como el Boletín de la Tarjeta Postal Ilustrada, The Post Card Collector o Le Cartophile ofrecían noticias de nuevas emisiones, artículos técnicos y secciones de anuncios para el intercambio internacional, articulando una comunidad transnacional que conectaba coleccionistas de varios continentes (Staff, 1912).
11.3 La geografía desigual de la imagen
Las postales no
distribuyeron la imagen de los territorios de forma uniforme, sino que
construyeron una geografía selectiva marcada por la lógica del turismo,
el ferrocarril y los estereotipos nacionales (Riego, 2011). En España,
la producción se concentró en ciudades con fuerte capital simbólico: Granada
(Alhambra), Sevilla (Giralda, Alcázar), Córdoba (Mezquita), junto
a emblemas de Castilla como el acueducto de Segovia, la catedral
de Burgos, las vistas de Toledo o las murallas de Ávila
(Teixidor, 1999). Barcelona aportó la Sagrada Familia y, tras
1929, Montjuïc y sus instalaciones; Madrid se mostró sobre todo a través
de sus espacios representativos –Prado, Retiro, Plaza Mayor, Gran Vía–,
mientras quedaban fuera de foco sus periferias industriales y barrios obreros
(Riego, 2015).
Regiones como Galicia,
Asturias, Cantabria o Extremadura aparecieron escasamente,
por la combinación de menor desarrollo turístico, dificultades de acceso
ferroviario y ausencia de una imagen estandarizada en el mercado internacional
(Teixidor, 1999). La “España postal” que se difundía en álbumes y cajas
de zapatos era, en consecuencia, una España monumental, pintoresca y católica,
mucho más medieval y aristocrática que la España real, moderna e industrial que
coexistía con ella (Riego, 2011).
Este patrón se repitió en otros países: en Francia, París eclipsó a las provincias; en Alemania, las ciudades del Rin y los paisajes románticos dominaron las series; en Reino Unido, Londres concentró la mayor parte de emisiones; y en Estados Unidos, las grandes metrópolis y los iconos naturales acapararon protagonismo (Tebo, 2010). La postal contribuyó así a fijar un repertorio de lugares-escaparate que definieron, dentro y fuera de cada país, qué debía entenderse por su imagen esencial.
11.4 Mensajes breves, memorias largas
La sociabilidad
postal se construyó en torno a usos cotidianos muy diversos. Los mensajes
manuscritos conservados muestran comunicaciones de experiencia turística
(“estoy disfrutando Barcelona”), avisos prácticos (“llegué bien”, “volveré el
jueves”) y expresiones afectivas condensadas en pocas líneas (“pienso en ti
desde esta ciudad”) (Riego, 2015). La imagen del anverso ampliaba el mensaje:
permitía compartir un lugar, una emoción y una prueba material de presencia,
todo en un mismo objeto (Sánchez Vigil, 2017).
La falta de
intimidad –el texto era legible por carteros y terceros– generó formas de autocensura,
especialmente en tiempos de guerra, cuando la censura militar podía
tachar pasajes o interceptar tarjetas (Walton, 2005). En paralelo, el
coleccionismo dio lugar a álbumes organizados por ciudades, monumentos, países
o editores, que funcionaban como dispositivos mnemónicos y formas de viaje
imaginado: contemplar una serie de postales catalanas, por ejemplo, permitía
“recorrer” Cataluña sin abandonar el salón (Sánchez Vigil, 2017).
Las reuniones
de sociedades cartófilas eran auténticos rituales: se negociaban
intercambios siguiendo reglas tácitas de equidad, se consultaba a
coleccionistas veteranos en caso de desacuerdo y se celebraban las
adquisiciones raras como pequeños triunfos personales (Riego, 2015). El coleccionismo
postal fue sobre todo una práctica de clase media, que requería
tiempo libre, capacidad de gasto y cierto capital cultural para apreciar la
rareza o el valor iconográfico de las piezas (Tebo, 2010). La participación
femenina parece haber sido muy significativa, especialmente en álbumes
familiares y temas románticos o artísticos, aunque las revistas especializadas
mencionen sobre todo a coleccionistas masculinos, reflejando más los sesgos de
la documentación que la realidad de la práctica (Sánchez Vigil, 2017).
En ese cruce de industria editorial, circulación comercial, geografía simbólica y usos sociales, la tarjeta postal ilustrada se consolidó como un laboratorio de la comunicación moderna, capaz de fijar imágenes, construir recuerdos y articular comunidades a través de pequeños rectángulos de cartón viajando de mano en mano.
11. CARTOGRAFÍA DEL FENÓMENO
2 VERSIÓN:
11.1 Producción editorial: agentes, talleres y cadenas de valor
La expansión de
la tarjeta postal ilustrada en España se apoyó en un conjunto reducido
de editores capaces de articular cadenas de valor completas, desde la
toma de vistas hasta la distribución minorista (Teixidor, 1999). Dentro de este
grupo, Hauser y Menet se convirtió en el ejemplo paradigmático de integración
vertical, al reunir en su taller madrileño fotografía, fotomecánica
y comercialización en un mismo dispositivo empresarial (Carrasco Marqués,
1992, 2009, 2018). La firma alcanzó hacia 1901 un volumen de producción cercano
a las 500.000 postales mensuales, demostrando una auténtica escala
industrial aplicada a la imagen impresa (Carrasco Marqués, 2018). Los catálogos
manuscritos conservados en el Archivo Hauser y Menet de la Biblioteca
Nacional de España muestran un sistema de series numeradas que ordenaba de
manera metódica las vistas de Madrid, las vistas de provincias,
los tipos populares y los monumentos, lo que revela una
concepción casi enciclopédica del territorio y sus imágenes (Teixidor, 1999).
La apuesta por la fototipia garantizaba una reproducción tonal de alta
calidad, que situó a la casa como referente técnico dentro del mercado español
e internacional (Tébar, 2008).
Frente a este
modelo de integración, Jean Laurent & Cía representó la figura del fotógrafo
archivista que separa la producción de imágenes de su explotación editorial
masiva (Crespo Jiménez y Villena Espinosa, 2007). Laurent, fotógrafo francés
establecido en Madrid, creó desde mediados del siglo XIX un archivo de más de
12.000 negativos dedicados a la arquitectura, las obras de
arte, los paisajes y los tipos populares españoles,
convirtiéndose en uno de los principales mediadores visuales del patrimonio
nacional (Crespo Jiménez y Villena Espinosa, 2007). Este fondo no se imprimía
principalmente en casa propia, sino que se licenciaba a editores como Hauser
y Menet o Lacoste, de modo que la empresa Laurent estructuró un
modelo basado en la gestión de un archivo fotográfico de valor duradero
más que en la lógica de la rotación rápida de productos (Crespo Jiménez y
Villena Espinosa, 2007). La posterior incorporación del archivo Laurent al
Estado, hoy bajo la tutela del Instituto del Patrimonio Cultural de España,
subraya el carácter patrimonial de estas imágenes más allá de su uso comercial
en forma de postales (Riego, 2011).
Otros editores
españoles completaron el mapa interno del sector. Casas como Roisin
en Barcelona, especializadas en vistas turísticas, o A.T.V. centrada en
la iconografía de Cataluña, contribuyeron a fijar la imagen de las
principales ciudades y paisajes de la región (Teixidor, 1999). La producción de
Thomas destacó por la calidad de sus cromolitografías, que
situaron a la firma en el segmento alto del mercado, mientras que Alaña
se asoció a una línea de edición más marcadamente política, vinculada a
la Segunda República y la Guerra Civil, donde la postal funcionó
también como soporte de propaganda (Riego, 2015). A este conjunto se sumaron
numerosos fotógrafos regionales que, sin alcanzar grandes tiradas,
produjeron postales locales para circuitos comarcales, reforzando la
capilaridad de la red y la adaptación a identidades territoriales específicas
(Sánchez Vigil, 2017).
El sistema postal español se insertó en un contexto europeo fuertemente competitivo. En Alemania, un grupo de grandes casas, entre las que destacaban Meissner & Buch, Stengel y la rama alemana de Raphael Tuck, lideró el desarrollo de una cromolitografía de alta calidad, exportando masivamente series de lujo, especialmente en estilos Art Nouveau y Art Déco (Staff, 1912). Francia mantuvo una posición de fuerza en la fotografía y la reproducción técnica, y los editores parisinos explotaron con enorme intensidad el potencial de las Exposiciones Universales de 1889 y 1900, saturando el mercado internacional con vistas de París y sus iconos modernos (Riego, 2011). En Italia, la casa Alinari trasladó a la escala de la tarjeta postal su tradición de fotógrafos del patrimonio artístico, convirtiendo catedrales, esculturas y paisajes en mercancía visual distribuida globalmente (Tebo, 2010). Raphael Tuck, con sede en Londres y fábricas en Reino Unido, Alemania y Estados Unidos, desplegó un modelo multinacional que combinaba innovación en formatos, diversidad de temáticas y cuidado en las técnicas de impresión, constituyendo uno de los primeros conglomerados internacionales de edición de postales (Staff, 1912). En Estados Unidos, la industria postal se orientó mayoritariamente al mercado doméstico, pero editores como Charles W. Goldsmith innovaron en los sistemas de distribución, introduciendo máquinas expendedoras de postales en contextos como la Exposición Colombina de Chicago, lo que anticipó formas modernas de venta automatizada (Tebo, 2010).
11.2 Modos de circulación, coleccionismo
y economía del intercambio
La circulación
de la tarjeta postal ilustrada se articuló a través de una red compleja
de canales minoristas que acompañaron la expansión de la cultura urbana
y del turismo (Walton, 2005). En las grandes ciudades, los kioscos
callejeros situados en plazas, estaciones de ferrocarril y paradas de
tranvía se consolidaron como nodos estratégicos donde se vendían
simultáneamente periódicos, revistas, cigarrillos y postales,
configurando un paisaje de consumo rápido vinculado a los ritmos de la
modernidad (Riego, 2015). Los kiosqueros ajustaban la oferta a la clientela:
los turistas demandaban vistas de monumentos y panorámicas
urbanas, mientras los coleccionistas buscaban piezas raras, series
completas o emisiones de editores prestigiosos (Teixidor, 1999).
Las librerías
incorporaron las postales a su oferta como extensión de su función cultural,
vendiendo especialmente postales de arte y monumentos regionales,
que reforzaban la circulación de imágenes patrimoniales entre un público lector
(Sánchez Vigil, 2017). Las tiendas de souvenirs en destinos como París,
Barcelona, Sevilla o Granada articularon un circuito
específicamente turístico, en el que la postal se vendía junto a cerámicas,
abanicos y otros objetos típicos, consolidando su condición de recuerdo
material del viaje (Walton, 2005). Muchos hoteles de cierta categoría
ofrecían postales del propio establecimiento, a menudo con el nombre y la
dirección impresos, de forma que la tarjeta funcionaba como soporte de publicidad
y de representación social de la estancia (Riego, 2011). En paralelo, las estaciones
ferroviarias se convirtieron en puntos de venta privilegiados, y algunos
trenes de lujo distribuían postales a bordo, integrando el envío de imágenes en
la experiencia del viaje moderno (Walton, 2005).
Una innovación
significativa fue la introducción de máquinas expendedoras de postales,
experimentadas por Goldsmith en el contexto estadounidense y pronto
adaptadas en otros países (Tebo, 2010). Colocadas en recintos de Exposiciones,
estaciones o espacios turísticos, estas máquinas permitían la compra de
postales de forma automática, las veinticuatro horas, sin necesidad de
personal, lo que reforzaba la disponibilidad continua del producto y reducía
costes de intermediación (Tebo, 2010). Este mecanismo contribuyó a consolidar
la postal como mercancía barata, estandarizada y omnipresente, alineada
con las lógicas de la cultura de masas.
Sobre estos
canales se edificó una verdadera economía del coleccionismo, basada en
precios accesibles y una sofisticada cultura de intercambio. Las postales
corrientes costaban entre 5 y 10 céntimos, mientras que las series
completas de 6 a 12 tarjetas se situaban entre 30 y 120 céntimos, rangos
asumibles para una clase media trabajadora cuyo jornal diario rondaba
entre 1 y 2 pesetas (Teixidor, 1999). Desde el punto de vista del consumo, la
compra de una postal representaba entre un 5 y un 10% del salario diario, una
proporción comparable a pequeños consumos actuales como una golosina o una
bebida (Riego, 2015).
Los coleccionistas
elaboraron complejos sistemas de equivalencia que regulaban el valor
relativo de las piezas. Las revistas cartófilas publicaban listas de cambio
que asignaban puntuaciones diferentes a las postales según su rareza, la
reputación del editor o el carácter limitado de la tirada, como ocurría
con las emisiones conmemorativas de Exposiciones frente a las vistas
permanentes (Tebo, 2010). Una postal de un gran editor como Hauser y Menet
podía valer más unidades de cambio que una de un editor local, y una postal
rara de un evento específico podía equivaler a varias comunes, reproduciendo
lógicas similares a las de la numismática o la filatelia (Sánchez
Vigil, 2017).
En torno a estas prácticas se constituyeron sociedades cartófilas que organizaron la sociabilidad del medio. Entidades como la Sociedad de Atracción de Forasteros de Barcelona, Hispania en Madrid o L’Ideal en Barcelona organizaron reuniones periódicas donde los coleccionistas mostraban sus álbumes, concertaban intercambios y negociaban la compra y venta de piezas, construyendo comunidades estables en torno a la postal (Riego, 2015). Las revistas especializadas, como el Boletín de la Tarjeta Postal Ilustrada en España, The Post Card Collector en Estados Unidos o Le Cartophile en Francia, difundían artículos técnicos, noticias de nuevas emisiones y, sobre todo, anuncios de intercambio que conectaban coleccionistas geográficamente distantes (Staff, 1912). Anuncios del tipo “Cambio postales españolas por alemanas, escribir a X dirección” permitían articular una red internacional basada en la confianza mutua y en el envío postal como infraestructura material (Tebo, 2010).
11.3 Geografías de la imagen
La cartografía
que las postales construyeron del territorio no fue neutra, sino profundamente
selectiva. El mapeo espacial de la reproducción revela que las vistas no
se distribuyeron uniformemente, sino concentradas en aquellas áreas que
respondían a lógicas comerciales, preferencias estéticas y accesibilidad
turística (Riego, 2011). En la España postal, la producción se focalizó
en las ciudades con mayor capital simbólico y atractivo monumental: en Andalucía,
Granada con la Alhambra –auténtica generadora de miles de
postales–, Sevilla con la Giralda, el Alcázar y más tarde
la Plaza de España, y Córdoba con la Mezquita (Teixidor,
1999). En Castilla, el protagonismo recayó en el Alcázar y el acueducto
de Segovia, la catedral de Burgos, las vistas panorámicas
de Toledo o las murallas de Ávila, mientras que en el Levante
destacaron las vistas de Valencia y, especialmente, la imagen de Barcelona
con la Sagrada Familia y, tras 1929, el recinto de Montjuïc
(Riego, 2015).
Madrid se representó principalmente a través de sus
espacios monumentales y simbólicos –el Museo del Prado, el Parque del
Retiro, la Plaza Mayor, la moderna Gran Vía–, mientras su infraestructura
industrial y sus periferias obreras permanecieron casi ausentes de la
producción postal (Teixidor, 1999). En contraste, regiones como Galicia,
Asturias o Cantabria, pese a su riqueza paisajística, estuvieron
subrepresentadas debido a una menor accesibilidad turística y a la limitación
de la red ferroviaria, que condicionaba la llegada de visitantes y la
rentabilidad de la edición de vistas (Riego, 2011). Extremadura, por su
parte, prácticamente no figuró en los catálogos, reflejo de su aislamiento
geográfico y del escaso peso que tenía en los imaginarios turísticos de la
época (Sánchez Vigil, 2017).
Este desequilibrio
cartográfico produjo una “España postal” en la que se naturalizaba
una visión muy particular del país: una España eminentemente medieval, aristocrática,
católica y pintoresca, donde los espacios modernos, industriales
o socialmente conflictivos quedaban ocultos o marginalizados (Riego,
2011). La selección de motivos reforzó estereotipos nacionales destinados tanto
al mercado interno como al extranjero, y contribuyó a consolidar una geografía
imaginada que funcionó como referente para generaciones de turistas y
coleccionistas (Walton, 2005).
La comparación internacional confirma que este patrón fue más la regla que la excepción. Las postales francesas concentraron de manera abrumadora las vistas de París –la Torre Eiffel, el Louvre, Montmartre–, mientras que ciudades como Lyon, Marsella o Burdeos tuvieron una presencia mucho menor en los catálogos (Riego, 2011). En Alemania, las postales subrayaron el potencial icónico de las ciudades del Rin, como Colonia o Heidelberg, y de los paisajes románticos asociados a la tradición literaria y pictórica (Tebo, 2010). En Reino Unido, Londres monopolizó gran parte de la producción, eclipsando otras ciudades y regiones, mientras que en Estados Unidos el foco recayó en las grandes metrópolis y en ciertos paisajes espectaculares (Staff, 1912). En todos estos casos, las postales contribuyeron a fijar una serie de lugares-escaparate que monopolizaron la visibilidad y definieron, dentro y fuera del país, lo que se entendía como su imagen esencial (Walton, 2005).
11.4 Prácticas de consumo, sociabilidad
postal y usos cotidianos
El análisis de
los mensajes manuscritos en las postales conservadas permite reconstruir
las prácticas de consumo y las formas de sociabilidad postal
asociadas a este medio (Sánchez Vigil, 2017). Un primer grupo de usos se
vincula a la comunicación de la experiencia turística: el remitente
informa de su presencia en una ciudad –“estoy en Barcelona”, “he visitado la
Alhambra”–, expresa una valoración emocional del lugar –“es impresionante”, “es
bellísima”– y simultáneamente manifiesta el vínculo afectivo con el
destinatario –“pienso en ti”, “te echo de menos”– (Riego, 2015). La imagen
del anverso actúa como marco visual que contextualiza el mensaje, de modo que
la postal permite compartir un fragmento de experiencia espacial y emocional
con un coste reducido y en un formato breve (Sánchez Vigil, 2017).
Un segundo
grupo de usos agrupa las notificaciones prácticas, donde la postal opera
como medio eficaz para comunicar información simple: avisos de llegada
segura, detalles sobre el alojamiento o confirmación de la fecha
de regreso, que se benefician de la rapidez relativa del correo y de la
brevedad exigida por el soporte (Walton, 2005). Un tercer conjunto lo forman
las expresiones afectivas, donde el texto intensifica la dimensión
emocional de la imagen, ya sea en el plano amoroso, familiar o amistoso, y
convierte la tarjeta en un pequeño objeto de memoria sentimental
(Sánchez Vigil, 2017).
En los
circuitos de coleccionismo, los mensajes podían incorporar también comentarios
jocosos, referencias a códigos privados o alusiones cifradas a las
reglas de intercambio. Se desarrolló una jerga específica –por ejemplo, la
referencia a puntuaciones de rareza– que solo compartían los miembros de la
comunidad cartófila, lo que refuerza la dimensión identitaria de la práctica
(Riego, 2015). La falta de intimidad derivada de la estructura abierta
de la postal –cualquier cartero o tercero podía leer el texto– llevó a limitar
contenidos especialmente sensibles, como confesiones íntimas, críticas
políticas o informaciones susceptibles de censura, salvo en contextos de
confianza elevada (Walton, 2005). Durante la Primera Guerra Mundial y la
Guerra Civil española, la presencia de censura militar introdujo
un control explícito sobre los mensajes, con tachaduras y confiscaciones que
interrumpían la comunicación y hacían visible la intervención del Estado en las
redes de sociabilidad (Riego, 2011).
Los álbumes
de postales constituyeron una práctica central en la cultura de la tarjeta.
Los coleccionistas organizaban sus fondos según criterios temáticos –todas las
postales de París, todas las catedrales españolas–, geográficos
–por países o regiones– o autorales –series ordenadas por fotógrafos o editores–,
y esa organización expresaba una forma de identidad cultural (Sánchez
Vigil, 2017). El coleccionista especializado en arte o en rarezas
adquiría prestigio dentro de la comunidad como “verdadero cartófilo”,
mientras que los álbumes familiares, muchas veces impulsados por mujeres,
funcionaban como archivos domésticos de viajes, relaciones y recuerdos (Riego,
2015). La contemplación secuencial de las postales permitía realizar auténticos
viajes virtuales –por ejemplo, recorrer Cataluña a través de una serie
de vistas sin desplazarse físicamente–, lo que convirtió al álbum en un
dispositivo de imaginación geográfica y de memoria visual (Walton, 2005).
Las sesiones
de intercambio organizadas por las sociedades cartófilas adoptaron la forma
de rituales sociales estructurados. Los coleccionistas acudían con sus
álbumes o con paquetes de duplicados, comparaban series, negociaban acuerdos de
cambio y, en caso de desacuerdo, recurrían a la mediación de miembros
respetados que actuaban como árbitros informales (Riego, 2015). La confianza
se erigió en valor central, especialmente en los intercambios por correo,
donde el envío de postales se hacía sin garantías más allá de la reputación del
interlocutor (Tebo, 2010).
Las prácticas
de coleccionismo postal reflejaron, además, las jerarquías de clase
y las diferencias de género de la sociedad contemporánea. La
participación intensiva en el coleccionismo requería tiempo libre para
asistir a reuniones, recursos económicos para adquirir postales,
revistas y álbumes, y capital cultural para apreciar la rareza o el
interés iconográfico de las piezas, condiciones estrechamente vinculadas a las clases
medias urbanas (Riego, 2011). La evidencia disponible sugiere una
participación significativa de mujeres, especialmente en el ámbito del
álbum familiar y de las postales románticas, turísticas o artísticas,
mientras que las postales de contenido político o bélico parecen
haber atraído más a los hombres (Sánchez Vigil, 2017). Sin embargo, las revistas
especializadas mencionan casi exclusivamente a coleccionistas varones, lo
que apunta tanto a un sesgo de documentación como a la persistencia de una
autorrepresentación masculina de la autoridad en el campo (Riego, 2015).
El análisis de
los mensajes manuscritos revela cómo se usaban estas imágenes en la
práctica. En la comunicación de experiencia turística, frases como “Estoy
disfrutando Barcelona. Sagrada Familia es impresionante. Te echo de menos”
condensan a la vez localización, emoción y recuerdo de la persona ausente,
mientras la imagen del anverso genera una experiencia visual compartida.
En las notificaciones prácticas, expresiones como “Llegué seguro a
Madrid. Hospedaje satisfactorio. Regreso próximo jueves” convierten la
postal en un medio rápido y eficiente para transmitir noticias de seguridad e
itinerario.
Las expresiones
afectivas se cristalizan en fórmulas como “Pensando en ti desde lejanía.
Postal representa belleza que desearía compartir contigo. Amor”, donde la
tarjeta actúa como un transmisor de emoción que combina imagen y
palabras. En los círculos de coleccionismo aparecen comentarios jocosos
y un sistema de códigos privados, como “7 puntos = rara”, que
aluden a rareza, “intercambios justos” y negociaciones cifradas. La carencia
de intimidad del soporte, legible por carteros y terceros, fomenta la autocensura,
salvo en contextos de censura militar abierta durante la Primera Guerra
Mundial o la Guerra Civil, cuando los mensajes podían ser tachados o
interceptados. En conjunto, estas expresiones muestran cómo la postal tejió,
con textos mínimos, una densa red de experiencias, afectos y controles
sociales.
En conjunto, la cartografía del fenómeno postal muestra un entramado en el que producción editorial, modos de circulación, geografías de la imagen y prácticas de consumo se entrelazan para convertir la tarjeta postal ilustrada en un dispositivo clave de la cultura visual y de la comunicación de masas entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX (Riego, 2011; Teixidor, 1999; Sánchez Vigil, 2017).
Referencias bibliográficas
- Carrasco Marqués, F. (1992). La tarjeta postal en España: 1892-1915. Madrid: Ministerio de Transportes, Turismo y Comunicaciones.library
- Carrasco Marqués, F. (2009). La imagen de España en la tarjeta postal ilustrada. Madrid: Fundación Caja Madrid.library
- Carrasco Marqués, F. (2018). Hauser y Menet y la construcción de la España visual. Madrid: Ayuntamiento de Madrid.library
- Crespo Jiménez, M. Á., & Villena Espinosa, M. (2007). Jean Laurent y la documentación fotográfica de España. Madrid: Instituto del Patrimonio Cultural de España.library
- Riego, B. (2011). La construcción social de la imagen turística de España. Santander: Universidad de Cantabria.library
- Riego, B. (2015). Postales, turistas y turistas de postal: Cultura visual y turismo en la España contemporánea. Santander: Universidad de Cantabria.library
- Sánchez Vigil, J. M. (2017). El patrimonio fotográfico en la tarjeta postal. Gijón: Trea.library
- Staff, F. (1912). The picture postcard and its origins. London: Lutterworth Press.library
- Teixidor, C. (1999). La tarjeta postal en España: 1892-1915. Madrid: Espasa Calpe.library
- Tébar, P. (2008). Técnicas de impresión de la tarjeta postal antigua: Identificación y conservación. Valencia: Generalitat Valenciana.library
- Tebo, N. (2010). Deltiology: The history of the postcard. New York: HarperCollins.library
- Walton, J. K. (2005). Histories of tourism: Representation, identity and conflict. Clevedon: Channel View Publications.library
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