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7/1/26

1.JUSTIFICACIÓN Y RELEVANCIA DEL ESTUDIO

1.1 La tarjeta postal ilustrada como objeto de estudio y documento de modernidad

La tarjeta postal ilustrada ocupa un lugar central en la historia cultural de los siglos XIX y XX. Lejos de ser un producto menor, representa uno de los fenómenos más significativos de la industria cultural moderna, tanto por su difusión social como por su valor simbólico. Entre 1869 y 1939, este soporte de 14 x 9 centímetros se consolidó como el primer medio visual, democrático y transnacional de comunicación de masas basado en imágenes reproducibles y mensajes breves.

Durante la llamada Edad de Oro de la postal (1900‑1914), su producción alcanzó niveles inéditos. En España, la casa Hauser y Menet imprimía cerca de 500.000 postales mensuales, es decir, unos seis millones anuales (Carrasco Marqués, 1992; Morán Turina, 2007). Si se contemplan otros editores —Laurent, Romo y Füssel, A.T.V. o Sáez Calleja— y se extrapolan los datos a Europa y Estados Unidos, las cifras globales rondaban los cientos de millones de ejemplares hacia 1910. En Estados Unidos, el United States Post Office registró 677 millones de postales enviadas en 1908, con una media de 7,6 por habitante (United States Post Office, 1908).

Estos datos revelan que la postal fue un verdadero medio de comunicación de masas, paralelo al desarrollo del cine, la prensa ilustrada y la fotografía comercial, y que su estudio ilumina los orígenes de la cultura visual moderna (Guereña, 2005).

1.1.1 Un artefacto híbrido de múltiples funciones

La postal ilustrada es un artefacto híbrido que combina funciones comunicativas, comerciales, turísticas, coleccionistas, propagandísticas y documentales. Por ello requiere un enfoque interdisciplinario que la sitúe simultáneamente como medio epistolar, mercancía y documento visual.

Como medio de comunicación, la postal democratizó el contacto a distancia gracias a su formato estándar y su bajo coste. La brevedad del texto impuso una economía expresiva similar a la de los mensajes breves digitales de hoy.

Como souvenir turístico, ofreció una forma de narrar el viaje mediante imágenes de monumentos y paisajes, anticipando la lógica de las actuales publicaciones visuales en redes sociales. La elección de los motivos proyectaba estatus y gusto personal.

En el ámbito del coleccionismo, la postal generó redes de intercambio y álbumes temáticos, convirtiéndose en un “rito de sociabilidad” (Guereña, 2005), donde el álbum actuaba como archivo de identidad visual.

Desde el punto de vista económico, fue una mercancía industrial, resultado de técnicas fotomecánicas como la fototipia o el huecograbado, con iconografías ajustadas a la demanda del mercado turístico y urbano (Greenhalgh, 1988).

En el terreno político, funcionó como vehículo de propaganda, especialmente durante la Guerra Civil española, donde ambos bandos la emplearon para difundir consignas e identidades nacionales (Guereña, 2005).

Finalmente, como documento histórico, la postal conserva registros urbanos y sociales de incalculable valor, ofreciendo una ventana privilegiada para la historia urbana, social y patrimonial. Esta pluralidad explica su relevancia y obliga a analizarla con herramientas de la historia económica, cultural y visual, evitando reduccionismos.

1.2 Relevancia cultural, documental y patrimonial: rescate de la primera “red social” histórica

Desde la historia cultural, la postal ilustrada revela mentalidades colectivas y estereotipos nacionales. En España, las series producidas entre 1892 y 1936 reflejan la tensión entre la modernización y la persistencia de imágenes tradicionalistas. Los editores —especialmente Hauser y Menet— priorizaron vistas de monumentos medievales como la Alhambra o la Catedral de Burgos, relegando las representaciones industriales o urbanas modernas. Así ayudaron a fijar una imagen turística de “España monumental y exótica”, asumida como sinónimo de “españolidad” (Guereña, 2005; Novo Villaverde, 2005).

En el plano documental, la postal posee un valor archivístico excepcional. Las series de Hauser y Menet o las colecciones de Jean Laurent, con más de 12.000 placas fotográficas, ofrecen un retrato visual de ciudades, monumentos y tipos populares anteriores a las grandes transformaciones del siglo XX (Laurent, 1856‑1886). Pese a sus estereotipos, las postales costumbristas constituyen fuentes básicas para la historia de la vida cotidiana y la historia del trabajo (Guereña, 2005).

En términos patrimoniales, la fragilidad del soporte hace necesaria una política activa de conservación y digitalización, con repositorios de alta resolución que garanticen el acceso y la preservación.

Más allá de su función material, la postal puede considerarse la primera “red social” analógica, ya que articulaba intercambio afectivo, circulación de experiencias y configuración de identidades visuales. El álbum postal desempeñaba un papel similar al del feed digital contemporáneo, construyendo memoria y exhibiendo imágenes significativas (Guereña, 2005).

1.3 Sentido y relevancia contemporánea del tema: memoria, cultura visual y patrimonio

En una era de comunicación digital y visual, el estudio de la postal ilustrada adquiere una vigencia renovada. Plataformas como Instagram o TikTok reproducen sus estructuras básicas: una imagen principal acompañada de texto breve, elegida para construir una identidad visual pública.

Ya a inicios del siglo XX, enviar postales desde destinos turísticos implicaba una forma temprana de “comunicación performativa”: mostrar una experiencia vivida y validarla socialmente. La postal anticipó debates actuales sobre autenticidad, representación y mercantilización de la intimidad (Guereña, 2005).

Metodológicamente, la postal constituye un corpus privilegiado para los estudios visuales. Su análisis combina enfoques de la iconología (Panofsky, 1972), la semiótica y la historia cultural, permitiendo explorar las relaciones entre imagen, memoria y poder. Las herramientas desarrolladas para su estudio —análisis de series, circulación o recepción— resultan aplicables a medios contemporáneos como la publicidad o las plataformas digitales.

En el ámbito de la memoria histórica, las postales bélicas de la Guerra Civil son hoy testimonios fundamentales de la memoria democrática, mostrando cómo las imágenes moldearon los discursos políticos y las emociones colectivas.

En conjunto, la tarjeta postal ilustrada debe considerarse un documento de modernidad esencial para comprender los procesos de modernización, la cultura visual de masas y la genealogía de las redes sociales contemporáneas (Guereña, 2005; Carrasco Marqués, 1992; Morán Turina, 2007).

 BLOQUE I: FUNDAMENTACIÓN ACADÉMICA

1. JUSTIFICACIÓN Y RELEVANCIA DEL ESTUDIO

1.1 La tarjeta postal ilustrada como objeto de estudio y documento de modernidad
1.2 Relevancia cultural, documental y patrimonial: rescate de la primera "red social" histórica
1.3 Sentido y relevancia contemporánea del tema (memoria, cultura visual, patrimonio)

1. JUSTIFICACIÓN Y RELEVANCIA DEL ESTUDIO

1.1 La tarjeta postal ilustrada como objeto de estudio y documento de modernidad

La tarjeta postal ilustrada no ocupa un lugar marginal ni trivial en la historia cultural de los siglos XIX y XX, sino que constituye uno de los productos más significativos de la industria cultural moderna en términos de volumen, alcance social y densidad simbólica. Entre 1869 y 1939, este soporte de aproximadamente 14 x 9 centímetros se consolidó como el primer sistema democrático, visual y transnacional de comunicación de masas basado en imágenes reproducibles y mensajes breves.

Durante la denominada Edad de Oro de la postal (1900‑1914), el fenómeno alcanzó dimensiones cuantitativas sin precedentes. En el caso español, la casa Hauser y Menet llegó a producir alrededor de 500.000 postales mensuales, lo que supone unos seis millones de ejemplares anuales (Carrasco Marqués, 1992; Morán Turina, 2007). Si se suman otros editores españoles de relevancia —como Laurent, Romo y Füssel, A.T.V. o Sáez Calleja— y se extrapolan estos datos a los grandes productores europeos y estadounidenses, las cifras globales hacia 1910 se sitúan en el orden de los centenares de millones de postales por año.ifc.dpz+3​

Los datos de circulación postal corroboran la naturaleza masiva del fenómeno. Registros del United States Post Office indican que, en el año fiscal que finalizó el 30 de junio de 1908, se enviaron 677.777.798 postales en Estados Unidos, con una población de unos 88,7 millones de habitantes (United States Post Office, 1908). La media de 7,6 postales por habitante, incluyendo a menores, revela una intensidad de uso comparable a otros medios de comunicación de masas emergentes. Para 1913, la cifra anual se acercó a los 968 millones de tarjetas, aunque el boom ya mostraba signos de estabilización. Estadísticas del Royal Mail británico apuntan en la misma dirección, evidenciando que la postal penetró todos los estratos sociales y se difundió por todo el territorio

En este contexto, la postal ilustrada no puede considerarse un mero producto marginal, sino un medio de comunicación de masas cuya expansión fue contemporánea al desarrollo del cinematógrafo, la prensa ilustrada y la fotografía comercial. Su estudio permite iluminar los orígenes de la cultura visual de masas y las transformaciones en los modos de producción, circulación y consumo de imágenes reproducibles en la modernidad (Guereña, 2005).

1.1.1 Un artefacto híbrido de múltiples funciones

La postal ilustrada se caracteriza por ser un artefacto híbrido, que articula simultáneamente funciones comunicativas, comerciales, turísticas, coleccionistas, propagandísticas y documentales. Esta condición polivalente obliga a un abordaje interdisciplinario y dificulta cualquier intento de reducirla a una sola dimensión.

En primer lugar, la postal es un instrumento de comunicación postal. Su formato estándar y su tarifa reducida —a menudo la mitad del coste de una carta en sobre— facilitaron el envío de mensajes breves a larga distancia, democratizando el contacto epistolar entre clases populares y medias. La brevedad forzada del texto, limitada por el espacio del reverso, produjo una suerte de “epistolaridad telegráfica” que anticipa la lógica de la comunicación breve propia de formatos como el SMS, el tuit o el mensaje instantáneo.

En segundo lugar, la postal actúa como souvenir turístico. Desde finales del siglo XIX, los viajeros adquirieron postales de las ciudades y regiones visitadas para enviarlas a sus allegados como testimonio visual de la experiencia. La selección de imágenes —monumentos, panorámicas urbanas, tipos regionales— formaba parte de la construcción de un relato personal de viaje, en el que la elección de ciertos motivos comunicaba estatus, gusto y capital cultural. La postal se convierte así en un antecedente directo de las fotografías de viaje y, en última instancia, de las publicaciones visuales en redes sociales.

En tercer lugar, la postal es un objeto de coleccionismo. El coleccionismo postal generó redes específicas de sociabilidad, con intercambio de tarjetas, elaboración de álbumes temáticos y organización de clubes de aficionados. Guereña ha subrayado el carácter de “rito de sociabilidad” que adquiere esta práctica, en la que el álbum se convierte en un dispositivo de construcción de identidad y memoria (Guereña, 2005).

En cuarto lugar, la postal funciona como mercancía comercial, producida de forma industrial mediante técnicas de reproducción fotomecánica (fototipia, colotipia, huecograbado, cromolitografía, etc.). La lógica capitalista de la oferta y la demanda condiciona la selección de motivos, la iconografía y las series, de acuerdo con las expectativas de un mercado turístico y urbano en expansión (Greenhalgh, 1988).

En quinto lugar, la postal es un vehículo de propaganda política. Durante conflictos bélicos, procesos electorales o campañas patrióticas, las postales se emplearon para difundir consignas, símbolos e imágenes de líderes, configurando un repertorio visual de legitimación y movilización. Este uso se intensifica durante la Guerra Civil española, cuando ambos bandos explotan el medio como herramienta de comunicación ideológica.

En sexto lugar, la postal constituye un documento histórico visual. Su capacidad para registrar espacios urbanos, infraestructuras, prácticas sociales y eventos convierte a las colecciones de postales en fuentes de primer orden para la historia urbana, la historia social, la historia del trabajo o la historia del patrimonio (Guereña, 2005).

Esta naturaleza polivalente y contradictoria explica la riqueza analítica del objeto. Cualquier estudio riguroso de la postal debe integrar marcos procedentes de la historia económica, la historia de la técnica, la historia cultural, la historia del arte, la sociología y la historia política, evitando compartimentalizaciones que la reduzcan a “objeto artístico” o “documento técnico” aisladamente.

1.2 Relevancia cultural, documental y patrimonial: rescate de la primera “red social” histórica

Desde la perspectiva de la historia cultural, la postal ilustrada actúa como testimonio privilegiado de mentalidades colectivas, estereotipos culturales y construcciones identitarias. Las series producidas en España entre 1892 y 1936 revelan una tensión constante entre modernización infraestructural y persistencia de estereotipos medievalizantes, entre una imagen “europeizada” del territorio y la reproducción de orientalismos exotizantes dirigidos al turismo extranjero (Guereña, 2005).

El análisis comparado de repertorios iconográficos muestra que editores como Hauser y Menet privilegiaron la reproducción de monumentos medievales —Alcázar de Segovia, Catedral de Burgos, Alhambra de Granada, Giralda de Sevilla— mientras otorgaban un espacio mucho menor a infraestructuras de modernización como fábricas, puertos industriales, barrios obreros o instalaciones eléctricas. Esta selección no era neutral: respondía a expectativas de mercado y contribuía a fijar una determinada imagen de España, asociada a la tradición, la monumentalidad y el exotismo. La repetición masiva de estos motivos naturalizó tales representaciones, que se integraron en el imaginario turístico internacional como sinónimos visuales de “españolidad” (Guereña, 2005; Novo Villaverde, 2005).

Desde la perspectiva documental, la postal posee un valor archivístico excepcional. Las series de Hauser y Menet, estimadas en varios miles de vistas distintas para 1914, ofrecen un mapa visual casi exhaustivo de ciudades y paisajes españoles antes de las grandes transformaciones del siglo XX. La obra del fotógrafo Jean Laurent y sus continuadores, difundida también en formato postal, proporciona un corpus de unas 12.000 placas de colodión que documentan monumentos, obras públicas y tipos populares con gran precisión técnica (Laurent, 1856‑1886). Estas imágenes permiten reconstruir edificios y entornos urbanos desaparecidos o profundamente alterados por restauraciones y demoliciones.

Las postales de tipos populares y escenas costumbristas documentan vestimentas, oficios y prácticas sociales que se desvanecieron con la industrialización y el éxodo rural. Aunque codifican estereotipos y exotizaciones, constituyen fuentes imprescindibles para la historia de la vida cotidiana, la historia de género o la historia del trabajo, especialmente en contextos donde la fotografía privada era escasa (Guereña, 2005).

Desde la perspectiva patrimonial, la postal ilustrada debe considerarse un bien cultural en riesgo. Instituciones como la Biblioteca Nacional de España, museos regionales y archivos municipales conservan importantes colecciones de postales, pero la fragilidad del soporte —papel ácido, tintas inestables, daños por manipulación— hace necesaria una política activa de conservación y digitalización. La creación de repositorios digitales de alta resolución permitiría garantizar la preservación a largo plazo, facilitar el acceso público y habilitar técnicas de análisis computacional, como la visión artificial, aplicadas a grandes corpus de imágenes.

En este contexto, la postal puede entenderse como la primera “red social” analógica, en la medida en que articula intercambio de afectos, circulación de experiencias, creación de archivos visuales privados y establecimiento de vínculos entre conocidos y desconocidos (Guereña, 2005). El álbum de postales —organizado por temas, lugares o remitentes— desempeñaba funciones análogas a las de un feed digital contemporáneo: selección y exhibición de imágenes significativas, construcción de una identidad visual, memoria acumulativa de una trayectoria vital.

1.3 Sentido y relevancia contemporánea del tema (memoria, cultura visual, patrimonio)

En el contexto actual de transformación digital de la comunicación y de crisis de ciertos medios tradicionales, el estudio de la tarjeta postal ilustrada adquiere una relevancia renovada. Las plataformas sociales del siglo XXI —Instagram, Facebook, TikTok, Pinterest— reproducen mecanismos de intercambio visual, coleccionismo de imágenes y construcción de identidad que la postal ya articulaba a comienzos del siglo XX.

Las similitudes estructurales son evidentes. El anverso de la postal, dominado por una imagen estandarizada del monumento o paisaje, acompañado de un breve mensaje en el reverso, anticipa el modelo de imagen principal más texto corto que caracteriza muchas interfaces digitales. La lógica de selección de vistas “dignas de ser enviadas” guarda paralelismos con la selección de imágenes que se publican en redes contemporáneas, donde se negocian cuestiones de representación del yo, capital simbólico y pertenencia social.

Además, la postal ofrece un laboratorio histórico para las actuales discusiones sobre superficialidad de la comunicación digital, estetización de la experiencia y mercantilización de la intimidad. Ya en torno a 1900, la práctica de enviar postales desde destinos turísticos implicaba una performatividad de la experiencia: el viajero documentaba su presencia en un lugar mediante una imagen reproducible y la enviaba a su red de contactos como prueba de estatus, movilidad y capital cultural. Las tensiones entre autenticidad y representación, experiencia vivida y experiencia compartida, que hoy se discuten en relación con redes como Instagram, tienen un claro precedente en la cultura postal de la primera globalización (Guereña, 2005).

En el plano metodológico, la postal constituye un corpus idóneo para el desarrollo de herramientas de historia visual y estudios visuales. Su análisis requiere combinar iconología (Panofsky), semiótica, historia material, sociología del consumo, historia política y geografía cultural, lo que la convierte en un caso privilegiado para la experimentación interdisciplinaria. Las estrategias metodológicas afinadas sobre el estudio de postales —análisis de series, estudios de recepción, cartografías de circulación— son transferibles a otros medios visuales como el cine, la publicidad o las plataformas digitales.

Por último, el estudio de la postal ilustrada contribuye a los debates contemporáneos sobre memoria histórica e identidades colectivas, especialmente en el caso de la Guerra Civil española. Las postales producidas por ambos bandos constituyen un archivo visual de discursos ideológicos en conflicto, en el que se construyen imaginarios de nación, representaciones del enemigo y símbolos de sacrificio y heroísmo. Tras décadas de invisibilización durante la dictadura franquista, las postales republicanas se han revalorizado como testimonios fundamentales de memoria democrática. Su análisis permite comprender el papel de las imágenes en la construcción de legitimidad política, la movilización emocional y la fijación de relatos sobre el conflicto.

En conjunto, la tarjeta postal ilustrada merece una atención académica rigurosa porque constituye simultáneamente:

  • un fenómeno de masas sin precedentes en términos de producción y circulación;
  • un artefacto híbrido que integra funciones comunicativas, comerciales, turísticas, coleccionistas, propagandísticas y documentales;
  • un documento privilegiado de mentalidades, estereotipos e identidades colectivas;
  • un registro visual insustituible de espacios y prácticas sociales desaparecidas;
  • un bien patrimonial que exige políticas activas de preservación y digitalización;
  • un antecedente histórico de las actuales prácticas de sociabilidad visual;
  • un corpus metodológico central para los estudios de cultura visual;
  • y un archivo de memoria histórica con alta relevancia política en el presente (Guereña, 2005; Carrasco Marqués, 1992; Morán Turina, 2007).

Este conjunto de razones justifica plenamente la elección de la postal ilustrada como objeto de estudio y como documento de modernidad clave para comprender los procesos de modernización, la configuración de la cultura visual de masas y las genealogías de las actuales redes sociales entre 1869 y 1939.

Bibliografía en formato APA (7.ª ed.)

  • Carrasco Marqués, M. (1992). Catálogo de las primeras tarjetas postales de España: Impresas por Hauser y Menet, 1892-1905. Madrid: Casa Postal.
  • Guereña, J.-L. (2005). Imagen y memoria: La tarjeta postal a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Berceo, 149, 35‑58.
  • Laurent, J. (1856‑1886). Archivo fotográfico de España [Colección de negativos en colodión húmedo]. Madrid: Laurent y Cía. (Referencia general utilizada como corpus; consultar catálogo institucional específico).
  • Morán Turina, J. M. (2007). Hauser y Menet y la imagen arquitectónica de España (1890‑1900). En España ilustrada: Vistas de España en fototipia (pp. 1‑30). Zaragoza: Institución “Fernando el Católico”.
  • United States Post Office Department. (1908). Annual report of the Postmaster-General of the United States for the fiscal year ended June 30, 1908. Washington, DC: Government Printing Office.mthorebhistory+1
  • Historical Society of Gulfport. (s. f.). A history of picture postcards. Gulfport, MS: Historical Society of Gulfport.
  • Panofsky, E. (1972). Estudios sobre iconología. Madrid: Alianza Editorial. (Referencia metodológica para el análisis iconológico).
  • Greenhalgh, P. (1988). Ephemeral vistas: The expositions universelles, great exhibitions and world’s fairs, 1851‑1939. Manchester: Manchester University Press. (Referencia sobre cultura visual y mercancía).
  • Sontag, S. (1977). On photography. New York, NY: Farrar, Straus and Giroux.


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