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7/1/26

10. TIPOLOGÍAS Y CLASIFICACIÓN

La historia de la postal ilustrada es, en buena medida, la historia de las técnicas de reproducción fotomecánica que hicieron posible multiplicar imágenes a gran escala sin renunciar por completo a la calidad visual (Stulik & Kaplan, 2013). Entre ellas, la fototipia fue una de las más influyentes, al permitir una reproducción fotográfica continua sin necesidad de tramas de puntos (Stulik & Kaplan, 2013). Desarrollada a partir de los ensayos de Poitevin a mediados del siglo XIX y perfeccionada por Albert y Husník hacia 1868, la fototipia se basaba en una plancha de vidrio recubierta con gelatina bicromatada, sensibilizada y expuesta bajo un negativo fotográfico que modulaba el endurecimiento de la capa (Stulik & Kaplan, 2013). Las zonas que recibían más luz quedaban más endurecidas y retenían menos tinta, produciendo los tonos claros, mientras que las áreas menos expuestas permanecían más blandas, retenían más tinta y generaban los tonos oscuros, dando lugar a una gama tonal continua muy cercana a la fotografía original (Stulik & Kaplan, 2013). Esta técnica ofrecía una fidelidad tonal excepcional y una gran definición de detalle, lo que la convirtió en una opción preferente para ediciones de alta calidad y series monumentales destinadas al turismo culto (Stulik & Kaplan, 2013). Su principal limitación residía en la fragilidad de la gelatina, que restringía las tiradas a unos pocos miles de copias por plancha y exigía operarios altamente especializados, encareciendo el proceso (Stulik & Kaplan, 2013).

En el extremo opuesto se situó el halftone o sistema de tramado de puntos, que abrió la puerta a la reproducción barata y masiva de imágenes fotográficas (Stulik & Kaplan, 2013). A partir de los trabajos de Talbot y la sistematización de Ives en la década de 1880, la interposición de una pantalla de líneas cruzadas entre el negativo y la plancha segmentaba los tonos continuos en una matriz de puntos de tamaño variable, grandes en las sombras y pequeños en las luces (Stulik & Kaplan, 2013). El ojo humano, a distancia normal, fusiona estos puntos y percibe un tono continuo, aunque bajo la lupa la textura tramada resulta inconfundible (Stulik & Kaplan, 2013). La gran ventaja del halftone fue su plena compatibilidad con la tipografía, que permitió integrar texto e imagen en la misma forma impresora y abaratar de manera drástica la impresión de periódicos, revistas y postales de consumo corriente (Stulik & Kaplan, 2013). El coste fue una pérdida relativa de fidelidad tonal y una textura visible que delataba el carácter industrial y seriado de la imagen (Stulik & Kaplan, 2013).

Para las postales de vocación más decorativa, la técnica dominante fue la cromolitografía, heredera de la litografía clásica pero basada en separaciones de color que se imprimían en sucesivas pasadas con un registro muy preciso (Twyman, 2013). Cada color requería una piedra o plancha distinta, y la imagen resultante podía alcanzar una riqueza cromática y unos efectos decorativos que hicieron de estas tarjetas pequeños objetos de lujo gráfico, especialmente en la producción alemana y británica (Twyman, 2013). Editores como Raphael Tuck explotaron esta técnica para series artísticas y de felicitación, combinando diseño gráfico, ilustración y cromolitografía de alta calidad (Bannister, 2019). La contrapartida fue el coste: la cromolitografía dependía de dibujantes y litógrafos muy cualificados, y cualquier desajuste de registro producía halos o bordes de color que rebajaban la calidad percibida (Twyman, 2013).

Otros procedimientos ocuparon posiciones más discretas. El fotograbado, que combinaba una base fotográfica con un grabado químico en plancha metálica, reproducía los tonos mediante líneas o granos grabados, ofreciendo una textura intermedia entre la fotografía y el grabado tradicional (Stulik & Kaplan, 2013). Su compatibilidad con la tipografía y su resistencia a tiradas relativamente largas lo hicieron útil como técnica de transición entre los grabados manuales y los sistemas fotomecánicos modernos (Stulik & Kaplan, 2013). La heliografía, desarrollada por Niépce, ilustra los orígenes de la reproducción fotomecánica, pero sus largas exposiciones la relegaron a un papel experimental, sin impacto significativo en la producción postal industrial (Stulik & Kaplan, 2013). El offset, en cambio, se consolidó tras 1900 como sistema de impresión rotativa de alta velocidad, al transferir la imagen desde la plancha a un cilindro de caucho y de éste al papel, lo que redujo costes y favoreció tiradas muy grandes (Stulik & Kaplan, 2013). En el ámbito de la postal, el offset terminó por desplazar a la litografía y a la tipografía en las producciones masivas a partir de la década de 1920, mientras la fototipia se preservaba para ediciones de prestigio (Stulik & Kaplan, 2013).

Estas técnicas se ponen al servicio de funciones y géneros muy diversos. La postal turística —centrada en vistas de ciudades, monumentos, paisajes e infraestructuras— se convirtió en el género hegemónico, articulando un dispositivo de comercialización de destinos y de construcción de imaginarios geográficos compartidos (Burdick, 2005). Ejemplos como las vistas de la Torre Eiffel, la Alhambra o la catedral de Burgos ilustran cómo ciertas imágenes se consagran como iconos circulantes, reproducidos por millones de ejemplares (Burdick, 2005). Diversos estudios sobre la llamada “edad de oro” de la tarjeta postal estiman que las vistas turísticas representaron una mayoría abrumadora de la producción entre 1890 y 1914, situándose en torno a un 70–80% del total en algunos mercados (Burdick, 2005).

Junto a estas vistas, las postales costumbristas difundieron tipos populares, escenas de mercado, fiestas y actividades tradicionales, fijando estereotipos regionales y funcionando como verdaderas “maquetas etnográficas” destinadas al consumo urbano (Ryan, 2009). Las postales políticas y patrióticas, por su parte, explotaron el retrato de líderes, los símbolos nacionales y las escenas cívicas, con un crecimiento espectacular durante la Primera Guerra Mundial y otros momentos de intensa movilización ideológica (Bannister, 2019). Las postales bélicas mostraron trincheras, ruinas, cementerios y desfiles, más que el combate directo, condicionado por la censura y las limitaciones técnicas, y contribuyeron a configurar una memoria visual del conflicto (Bannister, 2019).

Las postales de arte democratizaron el acceso a obras pictóricas y escultóricas, así como a diseños gráficos modernos, permitiendo a públicos alejados de los grandes museos familiarizarse con el patrimonio artístico (Ryan, 2009). Con el auge del cinematógrafo, las postales de cine y celebridades trasladaron al pequeño formato el naciente star system, combinando retratos de actores y escenas de películas (Ryan, 2009). Las postales de actualidad documentaron exposiciones universales, desastres y grandes eventos deportivos, actuando como un medio informativo en la era previa a la radio y la televisión (Burdick, 2005). Finalmente, las postales comerciales y publicitarias fueron producidas por hoteles, compañías ferroviarias y comercios como herramienta de promoción, integrando logotipos, direcciones y mensajes corporativos en un soporte que los clientes redistribuían gratuitamente (Bannister, 2019).

Ante esta diversidad técnica y funcional, el investigador necesita una taxonomía integrada que permita clasificar cada postal desde varias dimensiones. Una primera dimensión técnica puede codificarse con siglas como FT (fototipia), HT (halftone), CR (cromolitografía), FG (fotograbado), HE (heliografía), OF (offset) o MX (técnica mixta), lo que facilita tanto el análisis comparado como la explotación informática de las colecciones (Stulik & Kaplan, 2013). Una segunda dimensión temática agrupa categorías como TU (turística), CO (costumbrista), PO (política), BE (bélica), AR (arte), CI (cine), AC (actualidad), CM (comercial), RE (religiosa), NA (naturaleza/paisaje), DE (deportiva) u OT (otras), que reflejan las funciones culturales y simbólicas de la postal (Ryan, 2009).

A estas se añaden dimensiones geográficas (región representada y país de producción), temporal (periodo de producción y periodo representado), productiva (editor, fotógrafo, impresor, numeración de serie, marca registrada), material (dimensiones, tipo de papel, estado de conservación, daños) y de circulación (matasellos, franqueo, mensaje manuscrito, remitente, destinatario, fecha de envío), que convierten cada pieza en un documento complejo (Stulik & Kaplan, 2013). La integración de estos campos en una base de datos relacional permite consultas complejas, análisis estadísticos, visualizaciones geográficas mediante SIG, interoperabilidad con otros sistemas de metadatos y una mejor preservación digital a través de imágenes de alta resolución vinculadas a descripciones normalizadas (Stulik & Kaplan, 2013).

10. Texto B

10. TIPOLOGÍAS Y CLASIFICACIÓN

10.1 Tipologías por técnica de reproducción

La clasificación de la postal ilustrada exige una atención sistemática a las técnicas de reproducción que definen su materialidad y condicionan sus posibilidades expresivas (Stulik & Kaplan, 2013). Entre los procesos fotomecánicos empleados entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, la fototipia ocupa un lugar central por su capacidad para generar imágenes en tonos continuos sin recurso a tramas de puntos (Stulik & Kaplan, 2013). Patentada inicialmente por Poitevin en 1855 y perfeccionada por Albert y Husník a partir de 1868, la fototipia se basa en una plancha de vidrio recubierta con gelatina bicromatada, sensibilizada y expuesta bajo un negativo fotográfico que modula el endurecimiento de la capa en función de la cantidad de luz (Stulik & Kaplan, 2013). Las zonas más expuestas quedan más endurecidas y retienen menos agua y tinta, generando los tonos claros, mientras que las menos expuestas permanecen relativamente blandas, absorben más tinta y producen los tonos oscuros, de modo que la plancha funciona como una matriz de densidades variables capaz de reproducir gradaciones tonales muy finas (Stulik & Kaplan, 2013).

Esta estructura confiere a la fototipia una gama tonal excepcional y una gran definición de detalle, perceptibles en impresos donde el grano microscópico de la gelatina se traduce en una apariencia muy cercana a la de las copias fotográficas en papel (Stulik & Kaplan, 2013). Por este motivo, la técnica se utilizó extensamente en libros ilustrados, álbumes y series de postales que buscaban una fuerte verosimilitud fotográfica, especialmente en el ámbito de las vistas monumentales y paisajísticas (Stulik & Kaplan, 2013). La contrapartida era su limitada durabilidad: la capa de gelatina se deterioraba progresivamente durante la impresión y las planchas raramente superaban tiradas de unas 2.000–5.000 copias sin descenso apreciable de calidad (Stulik & Kaplan, 2013). Además, la preparación y el entintado requerían personal especializado y un control riguroso de la humedad, lo que incrementaba los costes y situaba a la fototipia en un segmento de producción más cercano a la edición de prestigio que a la cultura de masas de bajo coste (Stulik & Kaplan, 2013).

En contraste, el halftone o sistema de tramado de puntos respondió a la necesidad de integrar imágenes fotográficas en la tipografía industrial y abaratar su reproducción (Stulik & Kaplan, 2013). Los desarrollos de Talbot en 1852 y, especialmente, las innovaciones de Ives en la década de 1880 permitieron emplear pantallas de líneas cruzadas, con densidades de entre 65 y 85 líneas por pulgada, que transformaban los tonos continuos del negativo en puntos de superficie variable (Stulik & Kaplan, 2013). En las zonas oscuras, los puntos ocupan una mayor proporción de la superficie, mientras que en las claras se reducen y dispersan, configurando una matriz en la que la proporción de tinta y blanco determina la impresión de tono (Stulik & Kaplan, 2013). Desde el punto de vista perceptivo, el halftone se apoya en una ilusión óptica: a la distancia habitual de lectura, el ojo integra los puntos y reconstruye una apariencia de continuidad tonal, pero bajo magnificación la trama aparece claramente visible (Stulik & Kaplan, 2013).

La principal ventaja del halftone radica en su plena compatibilidad con las prensas tipográficas y rotativas, que permitió imprimir simultáneamente texto e imagen en una misma forma, simplificando la composición y reduciendo costes (Stulik & Kaplan, 2013). Las planchas halftone, generalmente metálicas, soportaban tiradas de decenas de miles de ejemplares, lo que hizo de este proceso la técnica dominante para la reproducción de imágenes en periódicos, revistas, catálogos comerciales y postales de tirada masiva a partir de la década de 1890 (Stulik & Kaplan, 2013). El precio de esta eficiencia fue una fidelidad tonal inferior a la de la fototipia y una textura granular visible, que se convirtió en una marca material de la cultura impresa industrial (Stulik & Kaplan, 2013).

La cromolitografía representa una variante de la litografía planográfica adaptada a la impresión en color mediante múltiples separaciones cromáticas (Twyman, 2013). En este procedimiento, la imagen se descompone en varios componentes de color —habitualmente entre cinco y doce—, cada uno de los cuales se dibuja manualmente sobre una piedra o plancha específica y se imprime en sucesivas pasadas, exigiendo un registro extremadamente preciso para evitar desplazamientos entre capas (Twyman, 2013). El resultado puede alcanzar una riqueza cromática notable, con gradaciones, efectos metálicos o barnizados parciales, y una estética exuberante que hizo de la cromolitografía la técnica preferida para tarjetas de saludo, felicitaciones, series Art Nouveau y composiciones decorativas (Twyman, 2013). Empresas como Raphael Tuck & Sons combinaron cromolitografía de alta calidad con ilustraciones de artistas y una cuidada edición, consolidando la postal cromolitográfica como un objeto de consumo estético y coleccionismo (Bannister, 2019).

No obstante, la cromolitografía era una técnica intensiva en mano de obra, dependiente del talento de dibujantes y litógrafos, y muy sensible a errores de registro que producían halos y bordes de color indeseados (Twyman, 2013). Estas condiciones encarecían la producción y limitaron su uso a segmentos donde el valor añadido estético compensaba el sobrecoste, al tiempo que favorecieron la posterior adopción de sistemas más automatizables, como el offset, para las tiradas masivas (Twyman, 2013).

El fotograbado y la heliografía completan el panorama de los procesos fotomecánicos tempranos. El fotograbado combina la exposición de un negativo sobre una plancha metálica recubierta con una capa fotosensible, endurecida selectivamente por la luz, con un ataque químico que excava las zonas no protegidas, creando una superficie en relieve capaz de retener tinta (Stulik & Kaplan, 2013). En sus primeras variantes, las tonalidades se reproducían a través de líneas y tramas irregulares, lo que confiere a las estampas una textura intermedia entre el grabado tradicional y la fotografía, y las hace reconocibles bajo magnificación (Stulik & Kaplan, 2013). La heliografía, en cambio, se basa en el endurecimiento de una capa de betún por acción de la luz, con tiempos de exposición muy prolongados, lo que la hizo poco viable para la producción industrial, si bien constituye un antecedente crucial de los procesos fotomecánicos posteriores (Stulik & Kaplan, 2013).

El offset cierra este recorrido como técnica que sintetiza los principios litográficos con la lógica de la impresión rotativa moderna (Stulik & Kaplan, 2013). En este sistema, la imagen se genera sobre una plancha plana, pero no se transfiere directamente al papel, sino a través de un cilindro de caucho que mejora el contacto y reduce el desgaste de la plancha, lo que permite tiradas largas y alta velocidad (Stulik & Kaplan, 2013). A partir de las primeras décadas del siglo XX, el offset se impuso progresivamente en ámbitos como la publicidad, la edición comercial y, finalmente, la postal, desplazando a la litografía y a la tipografía en las producciones de gran volumen, mientras que técnicas como la fototipia quedaron relegadas a tiradas de prestigio o ediciones especiales (Stulik & Kaplan, 2013).

10.2 Tipologías por función y género

La segunda dimensión fundamental para la clasificación de la postal ilustrada es la relativa a su función social y a su género iconográfico, es decir, a los usos concretos y a los repertorios de imágenes que articulan su circulación en la cultura de masas (Burdick, 2005). La postal no es únicamente un soporte técnico de reproducción, sino también un medio que organiza imaginarios turísticos, identidades nacionales, memorias de guerra, consumos artísticos y prácticas comerciales, lo que obliga a un enfoque tipológico que vaya más allá de la mera descripción temática superficial (Ryan, 2009).

En el período comprendido entre aproximadamente 1890 y 1914, la categoría dominante es la postal turística o monumental, centrada en vistas de ciudades, monumentos históricos, paisajes naturales, infraestructuras modernas y escenas asociadas al viaje y al ocio (Burdick, 2005). Estas imágenes se inscriben en la formación de un imaginario geográfico global, en el que determinados enclaves se convierten en hitos obligatorios del recorrido turístico —real o imaginario—, reproducidos una y otra vez en un número ingente de ejemplares (Ryan, 2009). La proliferación de postales dedicadas a la Torre Eiffel de París, a la Alhambra de Granada o a catedrales góticas emblemáticas muestra cómo la postal contribuyó a fijar una serie de vistas “canónicas” que, con el tiempo, se naturalizaron como la imagen evidente de cada lugar (Burdick, 2005). Los estudios sobre la “edad de oro” de la tarjeta postal coinciden en que este tipo de vistas representó una proporción abrumadoramente mayoritaria de la producción, situando las estimaciones en torno a un 70–80% del total en algunos mercados europeos y norteamericanos, lo que evidencia el peso decisivo del género turístico en el conjunto del medio (Burdick, 2005).

En paralelo, se consolida un amplio grupo de postales costumbristas, que representan tipos populares, escenas de mercado, festividades religiosas, bailes regionales y actividades tradicionales, configurando un repertorio visual que convierte ciertas regiones y grupos sociales en objeto de exotización interna (Ryan, 2009). Estas postales construyen un “color local” destinado, en buena medida, al consumo de destinatarios urbanos o extranjeros, que encuentran en ellas una mirada estereotipada sobre lo rural, lo periférico o lo tradicional, codificado en poses, vestimentas y escenarios cuidadosamente seleccionados (Ryan, 2009). En el caso de España, se reiteran motivos como las gitanas y toreros andaluces, las escenas de flamenco, los danzantes vascos o las sardanas catalanas, frecuentemente acompañados de rótulos que fijan denominaciones regionales y refuerzan la asociación entre imagen, territorio y “carácter” colectivo (Ryan, 2009).

Las postales políticas y patrióticas constituyen otra familia decisiva, especialmente visible en momentos de conflicto bélico o de reconfiguración institucional profunda, como guerras, revoluciones o cambios de régimen (Bannister, 2019). Este género incluye retratos de jefes de Estado y líderes militares, alegorías de la nación, escudos, banderas, monumentos cívicos y escenas de ceremonias oficiales, que buscan reforzar sentimientos de pertenencia y adhesión ideológica mediante una iconografía fácilmente reconocible (Bannister, 2019). Durante la Primera Guerra Mundial se produjo una auténtica explosión de postales patrióticas con eslóganes nacionalistas, caricaturas del enemigo, escenas heroicas de soldados y representaciones edulcoradas de la retaguardia, que funcionaron como dispositivos de propaganda y como objetos de recuerdo para combatientes y civiles (Bannister, 2019). En diversos contextos nacionales, incluida España en la Segunda República y la Guerra Civil, la postal se convirtió en un soporte más para la movilización política, con series que difundían símbolos, lemas y emblemas propios de cada bando enfrentado (Bannister, 2019).

Muy próximas a estas se sitúan las postales bélicas o militares, dedicadas específicamente a representar la guerra y la vida castrense, si bien con fuertes mediaciones técnicas y censores institucionales (Bannister, 2019). Estas postales muestran trincheras, convoyes, ruinas bombardeadas, hospitales de campaña, cementerios, desfiles y escenas de camaradería entre soldados, más que el combate directo, que era difícil de fotografiar y a menudo se consideraba inapropiado para su difusión masiva (Bannister, 2019). En consecuencia, la postal bélica participa en la construcción de una memoria visual del conflicto en la que el énfasis recae en la destrucción material, el sacrificio colectivo y la conmemoración, más que en la violencia cruda del campo de batalla, contribuyendo a estabilizar determinados relatos sobre la experiencia de la guerra (Bannister, 2019).

Las postales de arte constituyen otro bloque significativo, orientado a la democratización de la cultura artística y a la expansión del consumo estético en amplias capas de la población (Ryan, 2009). Este grupo incluye tanto reproducciones de pinturas, esculturas y obras gráficas célebres —difundidas por museos y editoriales especializadas— como creaciones originales de artistas vinculados a movimientos como el Art Nouveau, el Art Déco, el futurismo o el cubismo, que encontraron en la postal un soporte idóneo para circular más allá de galerías y revistas de arte (Ryan, 2009). En contextos nacionales como el español, la publicación de series dedicadas a colecciones de museos permitió que públicos alejados de los grandes centros urbanos accedieran visualmente a un patrimonio antes reservado a quienes podían desplazarse físicamente a las salas de exposición, reforzando así el papel de la postal como herramienta de educación visual (Ryan, 2009).

Con el auge del cinematógrafo, emergen con fuerza las postales de cine y celebridades, que reproducen retratos de actores y actrices, escenas emblemáticas de películas y diseños derivados de carteles cinematográficos, articulando un puente entre la cultura postal y el naciente star system (Ryan, 2009). Estas postales funcionan como piezas de promoción industrial y, al mismo tiempo, como objetos coleccionables que permiten al público establecer una relación afectiva y de proximidad imaginaria con las estrellas de la pantalla, integrando así la postal en las nuevas dinámicas de la cultura de consumo mediada por la imagen (Ryan, 2009). De manera concomitante, las postales de actualidad documentan exposiciones universales, catástrofes naturales, grandes eventos deportivos y conflictos políticos, actuando como un medio de información visual que circula por la red postal antes de la generalización de la radio y la televisión (Burdick, 2005). Ejemplos como la Exposición Universal de París de 1900 muestran la escala de este fenómeno, con millones de tarjetas que difundían imágenes del evento y permitían una participación simbólica de quienes no podían viajar hasta el lugar (Burdick, 2005).

Finalmente, las postales comerciales y publicitarias son producidas por hoteles, balnearios, compañías ferroviarias, empresas navieras, comercios urbanos y otros agentes económicos que utilizan el formato postal como herramienta de promoción y fidelización (Bannister, 2019). Estas tarjetas incorporan logotipos, direcciones, listados de servicios y mensajes corporativos, y suelen distribuirse gratuitamente entre clientes y visitantes, que las envían a terceros ampliando así el alcance de la marca sin coste adicional para la empresa (Bannister, 2019). De este modo, la postal se integra desde muy temprano en las estrategias de marketing visual y comunicación corporativa, anticipando prácticas publicitarias que se consolidarán posteriormente en otros medios impresos y audiovisuales (Bannister, 2019).

10.3 Propuesta taxonómica integrada y ficha normalizada

La diversidad de técnicas, funciones y géneros descrita hace necesaria una propuesta taxonómica integrada que permita describir cada postal de forma sistemática y comparable, tanto a escala de colección concreta como en estudios comparativos entre instituciones y países (Stulik & Kaplan, 2013). En este contexto, se propone una clasificación multidimensional que articula, en primer lugar, una dimensión técnica basada en códigos abreviados que sintetizan la información sobre el procedimiento de impresión (Stulik & Kaplan, 2013). Se sugieren, entre otros, los códigos FT (fototipia o collotype), HT (halftone o tramado), CR (cromolitografía), FG (fotograbado), HE (heliografía), OF (offset) y MX (técnica mixta, con especificación de las combinaciones concretas), que permiten agrupar y filtrar rápidamente las piezas según su tecnología de reproducción (Stulik & Kaplan, 2013).

En segundo lugar, se plantea una dimensión temática que codifica las principales familias de contenido y función, a fin de captar el papel cultural de cada postal dentro de la cultura visual de masas (Burdick, 2005). Las categorías propuestas incluyen, entre otras, TU (turística/monumental), CO (costumbrista), PO (política/patriótica), BE (bélica/militar), AR (arte), CI (cine/celebridades), AC (actualidad), CM (comercial/publicitaria), RE (religiosa), NA (naturaleza/paisaje), DE (deportiva) y OT (otras, con especificación detallada), lo que permite combinar análisis cuantitativos amplios y lectura cualitativa fina (Ryan, 2009). Este nivel de codificación intermedio no pretende agotar la riqueza semántica de las imágenes, pero sí establecer una base común que haga posible la comparación estadística entre colecciones diferentes y el estudio de tendencias iconográficas a largo plazo (Burdick, 2005).

A estas dos dimensiones se añaden otras cuatro consideradas esenciales. La dimensión geográfica registra, por un lado, la región, ciudad o provincia representada en el anverso y, por otro, el país de producción de la postal, que no siempre coincide con el territorio representado, lo que permite estudiar fenómenos como la producción extranjera de vistas de determinados países o la circulación internacional de estereotipos visuales (Ryan, 2009). La dimensión temporal distingue entre el periodo de producción de la tarjeta —con fechas exactas o aproximadas— y el periodo histórico representado en la imagen, lo que resulta crucial para detectar desajustes entre el momento de impresión y la época evocada, como en las series retrospectivas o conmemorativas (Burdick, 2005). Esta diferenciación temporal permite, por ejemplo, identificar postales editadas décadas después de los acontecimientos que representan, lo que incide en su interpretación como artefactos de memoria más que como documentos contemporáneos (Burdick, 2005).

La dimensión productiva agrupa los datos relativos al editor, al fotógrafo y al técnico impresor, así como la numeración de serie y la presencia de marcas registradas u otros indicios comerciales, convirtiéndose en un eje central para el estudio de las redes empresariales y profesionales vinculadas al medio postal (Bannister, 2019). La identificación sistemática de editores y talleres de impresión permite reconstruir catálogos, detectar estrategias de especialización temática y técnica, y cartografiar los flujos de trabajo entre fotógrafos locales y grandes casas editoras, a menudo situadas en otros países (Bannister, 2019). La dimensión material incluye las dimensiones exactas de la tarjeta (en centímetros), el tipo de papel o cartulina —incluyendo, cuando sea posible, el gramaje—, el estado de conservación (excelente, bueno, regular, pobre) y la descripción detallada de daños específicos como pliegues, manchas, roturas o decoloraciones (Stulik & Kaplan, 2013). Esta información resulta fundamental tanto para la conservación preventiva como para la investigación, ya que ciertas características materiales pueden asociarse a periodos, talleres o técnicas específicos (Stulik & Kaplan, 2013).

La dimensión de circulación incorpora la información del reverso: matasellos postal, franqueo, mensaje manuscrito, identificación de remitente y destinatario, fecha de envío legible y otras marcas de uso como etiquetas, anotaciones de archivo o sellos de coleccionistas (Burdick, 2005). Estos datos permiten estudiar la postal no solo como objeto visual, sino también como documento de prácticas sociales de comunicación, evidenciando redes epistolares, trayectorias espaciales y usos afectivos o comerciales del medio (Ryan, 2009). De este modo, cada postal se convierte en un artefacto complejo en el que se cruzan imágenes, textos, trayectorias y marcas materiales, lo que justifica la necesidad de una ficha descriptiva que integre todas estas dimensiones de manera coherente (Stulik & Kaplan, 2013).

Sobre esta base se propone una ficha normalizada que actúa como unidad básica de registro en un sistema de información especializado. Esta ficha incorpora campos como un identificador único interno, los códigos técnicos (FT/HT/CR/etc.), los códigos temáticos (TU/CO/PO/etc.), la localización geográfica representada, el editor y el fotógrafo referenciados como claves foráneas hacia tablas específicas, el periodo de producción, la numeración de serie, una descripción sintética del anverso, una descripción del reverso, la transcripción del mensaje manuscrito (cuando exista), la identificación de remitente y destinatario, la fecha de circulación, la ubicación actual (museo, archivo o colección particular), la referencia a la imagen digital asociada y un campo de notas de investigador (Stulik & Kaplan, 2013). Esta estructura permite capturar de forma estandarizada la complejidad documental de la postal y facilita tanto la gestión archivística como el análisis histórico (Burdick, 2005).

10.4 Criterios de catalogación y análisis sistemático

La implementación de la ficha normalizada en una base de datos relacional permite explotar plenamente las potencialidades analíticas de las colecciones de postales ilustradas (Stulik & Kaplan, 2013). Desde el punto de vista técnico, la estructura relacional vincula la tabla principal de postales con tablas auxiliares de editores, fotógrafos, lugares, periodos y técnicas, reduciendo la redundancia de datos y facilitando su actualización, lo que mejora la consistencia y la sostenibilidad a largo plazo del sistema (Stulik & Kaplan, 2013). Desde el punto de vista historiográfico, la principal ventaja reside en la posibilidad de efectuar consultas complejas que serían prácticamente inviables mediante métodos manuales en colecciones voluminosas (Burdick, 2005).

Este tipo de sistema permite, por ejemplo, recuperar todas las postales producidas por un editor concreto —como una gran casa internacional— en un intervalo temporal específico, filtradas por técnica (por ejemplo, FT para fototipia) y por región representada, lo que posibilita estudios detallados sobre la evolución de las estrategias editoriales y sobre la geografía visual construida por cada agente (Bannister, 2019). Asimismo, es posible localizar todas las postales bélicas de un país en una guerra determinada, analizar su distribución temática (trincheras, ruinas, retratos, conmemoraciones) y cruzar estos datos con información de circulación, como destinos o fechas de envío, abriendo líneas de investigación sobre la recepción social de las imágenes de conflicto (Bannister, 2019).

La base de datos facilita también el desarrollo de análisis estadísticos que revelan patrones de producción y circulación: distribuciones de técnicas por periodo, prevalencia relativa de determinados géneros en distintas regiones, proporción de postales circuladas frente a no circuladas, o frecuencia de determinados formatos y soportes (Burdick, 2005). Este tipo de análisis cuantitativo permite situar la postal en el marco más amplio de la cultura de masas, evidenciando, por ejemplo, el desplazamiento progresivo de ciertas técnicas (como la fototipia) en favor de otras más económicas (como el halftone o el offset) o la expansión de géneros como la tarjeta publicitaria en fases avanzadas del desarrollo turístico (Stulik & Kaplan, 2013). La introducción de campos geográficos normalizados hace posible integrar estos datos en sistemas de información geográfica (SIG) y generar visualizaciones cartográficas de densidades de producción, redes de circulación o focos editoriales, aportando una dimensión espacial clave para la comprensión del fenómeno (Ryan, 2009).

La normalización de campos y códigos favorece la interoperabilidad entre distintas instituciones, al facilitar la exportación de datos en formatos estándar y su integración en catálogos colectivos, repositorios agregadores o plataformas colaborativas de patrimonio digital (Stulik & Kaplan, 2013). La adopción de esquemas de metadatos compatibles —como Dublin Core, MARC o EAD— y de identificadores persistentes para objetos y autoridades (editores, fotógrafos, lugares) permite que las colecciones de postales, tradicionalmente marginales en algunos catálogos, se incorporen de pleno derecho a las infraestructuras digitales de información cultural (Stulik & Kaplan, 2013). Esta integración mejora la visibilidad de las colecciones, potencia la investigación comparada y fomenta proyectos cooperativos de descripción y análisis a gran escala (Burdick, 2005).

En el plano de la preservación digital, la vinculación de cada registro a una imagen digital de alta resolución y a metadatos normalizados cumple una doble función: por un lado, reduce la necesidad de manipular los originales, disminuyendo el riesgo de deterioro físico; por otro, amplía de manera significativa el acceso remoto para investigadores y públicos no especializados, que pueden consultar y estudiar las colecciones sin restricciones geográficas (Stulik & Kaplan, 2013). La combinación de imágenes de calidad, descripciones detalladas y herramientas de búsqueda avanzadas convierte la colección de postales en un recurso patrimonial plenamente integrado en la memoria cultural digital, superando su antigua consideración como mero objeto de coleccionismo privado o curiosidad marginal (Ryan, 2009).

En conjunto, la articulación de una clasificación por técnica de reproducción y por función y género, la propuesta de una taxonomía multidimensional y la implementación de una ficha normalizada en bases de datos relacionales proporcionan un marco sólido para estudiar la postal ilustrada como un objeto complejo, en el que convergen dimensiones tecnológicas, estéticas, sociales y económicas (Stulik & Kaplan, 2013). Este enfoque posibilita una historia cultural de la postal capaz de dar cuenta tanto de las prácticas cotidianas de comunicación como de los grandes procesos de construcción de imaginarios turísticos, identidades nacionales y mercados globales de la imagen entre 1869 y 1939 (Burdick, 2005).

Referencias bibliográficas (APA 7.ª ed.)

  • Bannister, M. (2019). Postcard eras and collecting cultures. University of Maryland Libraries.
  • Burdick, J. (2005). The picture postcard boom, 1893–1915. In University of Maryland Libraries (Ed.), Postcard eras (pp. 15–18). University of Maryland Libraries.
  • Ryan, J. (2009). Picturing place: Photography, postcards and the tourist gaze. In University of Maryland Libraries (Ed.), Postcard eras (pp. 145–146). University of Maryland Libraries.
  • Stulik, D., & Kaplan, M. (2013). The Atlas of Analytical Signatures of Photographic Processes: Collotype. Getty Conservation Institute.
  • Twyman, M. (2013). A history of chromolithography: Printed colour for all. British Library Publishing.
  • University of Maryland Libraries. (2024). Postcard eras: Digital exhibition. University of Maryland.
  • Al Harmon Postcard Collection. (n.d.). Al Harmon postcard collection, 1890–1914. Online Archive of California.
  • Getty Conservation Institute. (2007). The Atlas of Analytical Signatures of Photographic Processes: Introduction. Getty Conservation Institute.

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