Entre 1900 y 1914 la tarjeta postal ilustrada vivió su auténtico apogeo como medio de comunicación, objeto de consumo masivo y soporte de memoria visual, lo que la historiografía identifica como su Edad de Oro (Guereña, 2005; McMullen, 2013). Este periodo, estrechamente vinculado a la Belle Époque, coincide con un clima de crecimiento económico, confianza en el progreso y expansión de las comunicaciones, truncado por la Primera Guerra Mundial (Prochaska, 2009).
14.1 Masificación del medio: técnica y
estética editorial
La clave de esta masificación fue la
combinación de innovación tecnológica y organización industrial de la
producción gráfica (Frizot, 2008; Hannavy, 2008). Empresas como la madrileña Hauser
y Menet, fundada por los fotógrafos suizos Óscar Hauser y Adolfo Menet en
1890, alcanzaron a comienzos de siglo tiradas de hasta 500.000 postales
mensuales, es decir, unos seis millones de ejemplares al año (Carrasco
Marqués, 1992; BNE, 2019). Diversos estudios calculan que esto suponía en torno
al 40% de la producción española, lo que permite estimar el mercado nacional
hacia 1910 en algo más de quince millones de postales anuales (Carrasco
Marqués, 1992; Armada, 2018).
En el plano técnico, el perfeccionamiento
de la fototipia (collotype) permitió reproducir fotografías con
una calidad tonal desconocida hasta entonces, sin recurrir a la trama de
semitonos (Hannavy, 2008). Este procedimiento, basado en una plancha de gelatina
bicromatada que se endurece y se vuelve hidrofóbica en las zonas expuestas
a la luz, ofrecía una gradación continua de grises ideal para vistas urbanas y
monumentales (Hannavy, 2008). Hauser y Menet explotó esta técnica para difundir
miles de negativos del archivo de Jean Laurent con una definición excepcional
(Carrasco Marqués, 1992; BNE, 2019).
A la fototipia se sumó la cromolitografía
multicolor, capaz de superponer varias piedras litográficas y producir imágenes
de colores intensos y decorativos, visibles sobre todo en las series francesas
y alemanas (Twyman, 1998; Hannavy, 2008). Y, en el terreno normativo, la
introducción del reverso dividido (divided back) a partir de 1902‑1907
en diversos países permitió reservar un lado de la postal para la dirección y
otro para el mensaje manuscrito, liberando la imagen del anverso (Smithsonian
Institution Archives, 2013; Ali & Wilson, 2021). Esta medida reforzó la
doble naturaleza visual y epistolar del medio (Guereña, 2005).
El salto productivo definitivo llegó con
las prensas rotativas de collotype, que permitían imprimir grandes
pliegos con múltiples postales y multiplicar la capacidad diaria de tirada,
reduciendo el coste unitario (Hannavy, 2008). A comienzos del siglo XX se
contabilizaban decenas de establecimientos de collotype en Europa y Estados
Unidos, señal de la plena industrialización del proceso (Hannavy, 2008).
Paralelamente, la estética editorial de las postales se sofisticó de forma notable (Prochaska, 2009). Las vistas dejaron de ser reproducciones neutras para convertirse en imágenes cuidadosamente compuestas: se elegían perspectivas que enfatizaban monumentalidad o pintoresquismo, se explotaba la iluminación para realzar volúmenes y se recurría a la coloración artística en las cromolitografías (Frizot, 2008). En el marco del Art Nouveau, ilustradores como Alphonse Mucha o Toulouse‑Lautrec utilizaron el formato postal como soporte gráfico, mientras en España artistas como Ramón Casas y Carlos Díaz Huertas colaboraron con Hauser y Menet y con la revista Blanco y Negro en series de postales artísticas (BNE, 2019; Museo del Prado, 2020).
14.2 Sociabilidad postal: usos
cotidianos, álbumes y colecciones
La postal ilustrada se integró en la vida
diaria hasta convertirse en una auténtica institución cultural (Guereña,
2005). Como ha mostrado Jean‑Louis Guereña, el coleccionismo postal alcanzó una
escala masiva en países como España, Francia, Alemania o Inglaterra, con la
creación de sociedades cartófilas en ciudades como Madrid y Barcelona
dedicadas al intercambio y clasificación sistemática de tarjetas (Guereña,
2005; Armada, 2018). Estas entidades editaban boletines, fijaban criterios de
catalogación y publicaban listas de postales disponibles, emulando los modelos
de la filatelia (Guereña, 2005).
En paralelo proliferaron revistas
especializadas, como El Boletín de la Tarjeta Postal Ilustrada o El
Coleccionista de Tarjetas Postales, que difundían novedades editoriales,
anuncios de intercambio y recomendaciones de conservación (Armada, 2018). En
este contexto se popularizó el término philocartist, asociado a Fred
Melville, y más tarde el de deltiologist, consolidado en la bibliografía
de posguerra (Melville, 1903/2015; Ali & Wilson, 2021).
Los álbumes de postales se
convirtieron en objetos habituales en los hogares urbanos de clase media
(Guereña, 2005). Vendidos en librerías y papelerías, permitían organizar entre
200 y 1.000 tarjetas por temas, regiones o itinerarios de viaje, y se exhibían
en salones como signos de cosmopolitismo y capital cultural (Guereña, 2005;
Prochaska, 2009). Las postales enviadas por familiares y amigos se integraban
en un archivo de memoria familiar, anticipando el papel de los álbumes
fotográficos posteriores (Guereña, 2005; Armada, 2018).
El intercambio entre coleccionistas
generó una verdadera economía del cambio, articulada mediante anuncios
en revistas y boletines donde se ofrecían duplicados y se solicitaban piezas
concretas (Guereña, 2005). Comerciantes y viajeros funcionaban como
intermediarios entre ciudades y países, y se establecieron criterios de tasación
basados en la rareza del motivo o del lugar representado (Armada, 2018). La
postal operó asimismo como tecnología de viaje, proporcionando una
memoria visual prefabricada y asequible para quienes no disponían de cámara
propia (Armada, 2018; McMullen, 2013).
Los mensajes manuscritos en el reverso, cargados de noticias íntimas, afectos y comentarios cotidianos, convierten hoy estas piezas en una fuente privilegiada para la historia de las emociones y de la vida privada (Guereña, 2005; Prochaska, 2009).
14.3 Apogeo productivo: Hauser y Menet y
los grandes editores
En España, el liderazgo de Hauser y
Menet durante la Edad de Oro fue indiscutible (Carrasco Marqués, 1992; BNE,
2019). Fundada en 1890 con un capital de 50.000 pesetas, la firma se instaló en
la madrileña calle Ballesta y, desde 1892, convirtió las tarjetas postales en
su producto emblemático (BNE, 2019). A partir de 1897, las vistas encargadas al
fotógrafo Francisco Pérez Linares se publicaron como postales
individuales, y hacia 1914 el catálogo general superaba las 2.300 vistas
diferentes de todo el territorio español (Carrasco Marqués, 1992; España
ilustrada, ca. 1900‑1914).
Entre sus clientes figuraban el Boletín
de la Sociedad Española de Excursiones, la revista Blanco y Negro y
empresas como la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante
(MZA), que empleaban la postal con fines de promoción (BNE, 2019; Banco de
España, 2023). La casa competía con otros editores relevantes —J. Laurent
& Cía., Romo y Füssel, Sáez Calleja, A.T.V. o Librería
Bastinos—, configurando un tejido editorial denso (Carrasco Marqués, 2009; Armada,
2018).
Tras la muerte de sus fundadores, la empresa se transformó en sociedad anónima en 1959 y se mantuvo activa hasta 1979, casi nueve décadas de existencia como una de las imprentas españolas más importantes (BNE, 2019; Museo del Prado, 2020). Su Serie General, organizada por provincias y ciudades, facilitaba pedidos por correo y convirtió la compra ocasional en coleccionismo sistemático, modelo adoptado luego por otros editores (Carrasco Marqués, 1992; Armada, 2018).
14.4 Repertorios iconográficos y
estereotipos nacionales
Entre 1900 y 1914 se fijaron los repertorios
iconográficos que definirían durante décadas la imagen de España dentro y
fuera del país (Guereña, 2005; Armada, 2018). El análisis de las series de
Hauser y Menet y de sus competidores muestra un énfasis en monumentos
medievales, religiosidad, exotismo andaluz, costumbrismo
y paisajes rurales, que asocian España a una identidad tradicional y
atemporal (Carrasco Marqués, 2009; Armada, 2018).
Esta selección reforzó una visión de
España como país esencialmente agrario, devoto y “oriental”, en contraste con
la Europa industrial (Guereña, 2005; Armada, 2018). La modernización, sin
embargo, también dejó huellas: postales de estaciones ferroviarias, puentes
metálicos, puertos, edificios modernistas y grandes avenidas muestran la
presencia de la España moderna, aunque menos demandada por el público
(Armada, 2018).
La reiteración masiva de estos motivos convirtió ciudades y regiones en símbolos visuales: Toledo como ciudad medieval, Andalucía como territorio flamenco y orientalizante, Castilla como paisaje imperial, Cataluña como espacio modernista y Galicia como enclave de religiosidad compostelana (Armada, 2018; Guereña, 2005). Estas asociaciones, sedimentadas por millones de postales, siguen alimentando la industria turística contemporánea (Armada, 2018).
14. LA EDAD DE ORO DE LA POSTAL ILUSTRADA (1900-1914)
Entre 1900 y 1914 la tarjeta postal ilustrada alcanza en Europa y en España un apogeo de producción, difusión y consumo que la historiografía ha caracterizado como su Edad de Oro (Guereña, 2005; Prochaska, 2009; McMullen, 2013). Este periodo se superpone con la Belle Époque, marcada por el crecimiento económico, la expansión de las redes de transporte y comunicaciones y una fuerte confianza en el progreso técnico, hasta quedar abruptamente interrumpida por el estallido de la Primera Guerra Mundial (Prochaska, 2009; McMullen, 2013). La postal ilustrada se inscribe de lleno en este contexto de intensificación de flujos —de personas, de mercancías, de imágenes— y se consolida como un medio híbrido, simultáneamente escrito y visual, capaz de vehicular tanto representaciones estandarizadas del mundo como mensajes manuscritos breves que registran experiencias individuales (Guereña, 2005; Armada, 2018).
Diversos estudios sitúan el inicio de
esta Edad de Oro en torno a 1900, con un final que oscila entre 1914 y la
década de 1920 según se privilegien criterios productivos, técnicos o
culturales (Prochaska, 2009; Smithsonian Institution Archives, 2013; Chicago
Postcard Museum, 2023). En la historiografía anglosajona se ha asociado
estrechamente la denominada Divided Back Era (ca. 1907‑1915) con el
momento de máxima popularidad y volumen de circulación de postales, hasta el
punto de identificarla directamente con la “Golden Age of Postcards”
(Smithsonian Institution Archives, 2013; Alexander Clark Printing, 2023). En el
caso español, la producción masiva arranca ya a finales del siglo XIX pero
alcanza su plenitud en el intervalo 1900‑1914, coincidiendo con la
consolidación de grandes casas editoras como Hauser y Menet y con la
plena integración de la postal en la vida cotidiana (Carrasco Marqués, 1992;
Armada, 2018).
Desde una perspectiva historiográfica, la postal ilustrada ha dejado de considerarse un mero objeto de curiosidad coleccionista para convertirse en un documento central de la cultura visual de la modernidad (Guereña, 2005; Prochaska, 2009). Su carácter masivo y estandarizado permite analizar procesos de construcción de imaginarios nacionales, estereotipos turísticos e iconografías urbanas, mientras que su dimensión manuscrita ofrece un acceso privilegiado a los lenguajes ordinarios, a la sociabilidad epistolar y a la historia de las emociones (Guereña, 2005; Armada, 2018). La articulación entre estos planos —técnico‑industrial, social y simbólico— es particularmente visible en el periodo 1900‑1914, donde convergen innovaciones en los procedimientos de impresión, expansión de las redes de distribución postal y cristalización de repertorios iconográficos nacionales de largo alcance (Hannavy, 2008; Twyman, 1998; Guereña, 2005).
14.1 Masificación del medio: innovaciones
técnicas y estética editorial
La masificación de la tarjeta postal
ilustrada descansa, en primer lugar, en una serie de innovaciones técnicas
que afectan a los procedimientos de impresión y a la organización del trabajo
en los talleres gráficos (Hannavy, 2008; Frizot, 2008). En el ámbito
fotomecánico, el perfeccionamiento de la fototipia (collotype)
desempeña un papel decisivo, al permitir la reproducción de fotografías en
tinta con una gradación tonal casi continua, sin recurrir a la trama de
semitonos propia de otros sistemas (Hannavy, 2008). El procedimiento se basa en
una plancha recubierta de gelatina bicromatada que, tras la exposición a
la luz ultravioleta a través del negativo, se endurece en las zonas iluminadas,
volviéndose hidrofóbica y receptiva a la tinta grasa, mientras que las
áreas no expuestas conservan mayor afinidad con el agua, lo que permite
controlar con precisión la adhesión de la tinta y obtener una amplia gama de
grises (Frizot, 2008; Hannavy, 2008).
En España, la casa madrileña Hauser y
Menet, fundada en 1890 por los fotógrafos suizos Óscar Hauser y Adolfo
Menet, se convirtió muy pronto en el principal agente de difusión de esta
técnica aplicada a la edición de postales (BNE, 2019; Carrasco Marqués, 1992).
Dotada de talleres de fototipia de gran capacidad, la empresa alcanzó
hacia 1901 una producción estimada de hasta 500.000 postales mensuales,
lo que supone unos seis millones de ejemplares anuales (Carrasco Marqués, 1992;
Carrasco Marqués, 2009). Sobre la base de estas cifras, que supondrían en torno
al 40% de la producción española, se ha calculado que el mercado
nacional podía situarse hacia 1910 por encima de los quince millones de
postales al año (Carrasco Marqués, 1992; Armada, 2018). Estos volúmenes
evidencian el grado de industrialización alcanzado por el sector y la plena
inserción de la postal en la economía gráfica de la época.
Junto a la fototipia, la cromolitografía
multicolor se consolida como técnica idónea para la producción de postales
de carácter más artístico o decorativo (Twyman, 1998; Hannavy, 2008). El
sistema se basa en la superposición sucesiva de varias piedras litográficas,
cada una entintada con un color específico, lo que permite crear composiciones
de gran riqueza cromática, con matices y degradados que responden a los gustos
visuales de la clientela de la Belle Époque (Twyman, 1998). Las postales
cromolitográficas francesas y alemanas de las primeras décadas del siglo XX
muestran colores intensos, a menudo más saturados que la realidad, que
contribuyen a una estética llamativa y fácilmente identificable (McMullen,
2013; Prochaska, 2009).
Más allá de las técnicas concretas, la maquinaria
rotativa desempeña un papel esencial en la masificación del medio (Hannavy,
2008). La adaptación del collotype a prensas rotativas, capaces de
imprimir grandes pliegos con múltiples postales destinadas luego al corte,
multiplicó por varias veces la capacidad diaria de tirada, reduciendo los
costes unitarios y haciendo posible que el precio de venta resultara accesible
a amplios sectores de la población (Hannavy, 2008). A comienzos del siglo XX se
contabilizaban numerosos talleres de collotype en Europa y Estados Unidos,
señal inequívoca de la plena industrialización del procedimiento (Hannavy,
2008).
El marco normativo postal experimenta
simultáneamente una transformación de gran impacto con la introducción del reverso
dividido (divided back), que reorganiza la superficie disponible
para escritura y dirección (Armada, 2018; Smithsonian Institution Archives,
2013). En el ámbito internacional, la Unión Postal Universal autorizó a partir
de 1905‑1907 la división del reverso en dos secciones: la derecha reservada a
la dirección y al franqueo, y la izquierda destinada al mensaje
manuscrito del remitente (Armada, 2018). En países como Estados Unidos, la
normativa de 1 de marzo de 1907 abre oficialmente la denominada Divided Back
Era, identificada retrospectivamente como la fase de máxima popularidad y
circulación de postales (Smithsonian Institution Archives, 2013; University of
Maryland, 2024). Hasta entonces, el reverso estaba reservado exclusivamente a
la dirección, lo que obligaba a escribir mensajes en la parte frontal, sobre la
imagen o en sus márgenes, con efectos a menudo intrusivos sobre la composición
visual (Armada, 2018).
En paralelo, la estética editorial
de las postales se profesionaliza (Prochaska, 2009; Guereña, 2005). Las vistas
urbanas y de monumentos dejan de ser simples reproducciones fotográficas para
convertirse en imágenes cuidadosamente construidas: se eligen perspectivas que
enfatizan la monumentalidad, la panorámica o el pintoresquismo; se explota la
iluminación para reforzar volúmenes y contrastes; y se introducen figuras
humanas o “tipos” que aportan escala y contexto social (Guereña, 2005).
En las postales de cromolitografía, la intervención gráfica —coloración,
marcos ornamentales, integración de cartelas— refuerza esta dimensión
compositiva, produciendo imágenes que oscilan entre la ilustración artística y
el reclamo comercial (Frizot, 2008; Twyman, 1998).
El diálogo entre arte gráfico y postal es especialmente visible en el marco del Art Nouveau (Prochaska, 2009). Ilustradores como Alphonse Mucha o Toulouse‑Lautrec utilizan el formato postal como soporte de difusión de sus diseños, mientras que en España artistas como Ramón Casas o Carlos Díaz Huertas colaboran con casas editoriales y revistas ilustradas —entre ellas Blanco y Negro— en la creación de series artísticas destinadas tanto al lector como al coleccionista (BNE, 2019; Museo del Prado, 2020). La postal se sitúa así en un espacio intermedio entre el arte reproducido y el objeto de consumo popular, contribuyendo a la democratización de la imagen artística (Prochaska, 2009).
14.2 Sociabilidad postal: usos
cotidianos, álbumes y colecciones
La Edad de Oro de la postal ilustrada no
puede entenderse sin atender a las formas de sociabilidad que se
articulan en torno a ella (Guereña, 2005; Armada, 2018). Como ha señalado Jean‑Louis
Guereña, la tarjeta postal ilustrada, en tanto que medio de comunicación
simultáneamente escrito y visual, permite un acercamiento detallado
a las realidades sociales de finales del siglo XIX y principios del XX, así
como una comprensión generalizada de las representaciones estereotipadas de las
mismas (Guereña, 2005). Se trata de un “objeto cultural” que, a su manera,
simboliza su época, actuando como vector de mentalidades, rito de sociabilidad
y documento para la historia de la vida cotidiana (Guereña, 2005).
En el plano comunicativo, la postal se
impone como instrumento idóneo para intercambiar noticias breves,
saludos y recuerdos de viaje a bajo coste, aprovechando la rapidez creciente de
los servicios postales (Armada, 2018). Simultáneamente, sobre esta base
funcional se desarrolla en pocos años un vasto movimiento de coleccionismo
postal a escala internacional, que en España se articula mediante la
creación de sociedades cartófilas en ciudades como Madrid y Barcelona
(Guereña, 2005; Armada, 2018). Estas asociaciones organizan reuniones
periódicas, editan boletines internos, establecen sistemas de clasificación
temática —por países, regiones, motivos, autores— y publican catálogos de
tarjetas disponibles, construyendo un campo específico de prácticas comparable
al ya consolidado de la filatelia (Guereña, 2005).
En paralelo, proliferan revistas
especializadas como El Boletín de la Tarjeta Postal Ilustrada o El
Coleccionista de Tarjetas Postales, que publican anuncios de intercambio,
reseñas de novedades editoriales y debates sobre criterios de conservación o
clasificación (Armada, 2018). Este entramado editorial y asociativo acompaña la
emergencia de un vocabulario técnico y de una identidad propia del aficionado a
las postales, visible en la introducción de términos como “philocartist”,
popularizado por Fred Melville, y más tarde “deltiologist”, consolidado
en la literatura especializada de posguerra (Melville, 1903/2015; Ali &
Wilson, 2021).
En el ámbito doméstico, los álbumes de
postales desempeñan un papel central en la organización y exhibición de las
colecciones (Guereña, 2005). Se trata de volúmenes adquiridos en librerías y
papelerías, dotados de fundas o ranuras específicas, que permiten reunir entre
200 y 1.000 tarjetas, habitualmente ordenadas por países, ciudades, tipos de
motivos o itinerarios de viaje (Guereña, 2005; Armada, 2018). Expuestos en las
salas de visita, los álbumes se convierten en marcadores de estatus y de
cosmopolitismo: su volumen, la variedad de destinos representados o la
presencia de vistas “exóticas” revelan el capital cultural y la capacidad de
movilidad —real o vicaria— de la familia propietaria (Guereña, 2005).
Más allá de esta dimensión exhibitoria,
los álbumes funcionan como auténticas tecnologías de memoria familiar
(Guereña, 2005; Prochaska, 2009). Las postales enviadas por parientes
emigrados, amigos viajeros o familiares lejanos se integran en un archivo
visual que documenta ausencias, retornos y relaciones mantenidas a distancia,
anticipando el papel memorial que desempeñarán los álbumes fotográficos
en el transcurso del siglo XX (Prochaska, 2009; Armada, 2018). La práctica de
conservar y reorganizar estas tarjetas permite reconstruir biografías
personales y familiares, itinerarios migratorios y redes de afecto (Armada,
2018).
El intercambio constituye otra
dimensión fundamental de la sociabilidad postal (Guereña, 2005; Armada, 2018).
Las revistas especializadas y los boletines de las sociedades cartófilas
publican listas detalladas de “duplicados” ofrecidos y de tarjetas
buscadas, generando un mercado paralelo basado en la reciprocidad entre
coleccionistas (Guereña, 2005). Comerciantes itinerantes, libreros y viajeros
actúan como intermediarios, transportando postales de localidades remotas hacia
centros urbanos donde su rareza incrementa el valor de cambio (Armada, 2018).
En este contexto se desarrolla una elaborada economía de la rareza, en
la que las tarjetas de ciudades pequeñas o de tiradas reducidas se consideran
más valiosas que las de grandes capitales abundantes, y en la que las vistas de
acontecimientos singulares —inauguraciones, exposiciones, catástrofes— ocupan
una posición destacada (Guereña, 2005; Armada, 2018).
La postal actúa también como dispositivo
de reportaje de viaje (Armada, 2018; Berenguer & Marchiano, 2018).
Frente a la fotografía personal, que exige disponer de cámara propia y asumir
costes de revelado, las postales se presentan como memoria visual prefabricada
y de alta calidad, fácilmente disponible en quioscos, librerías y
establecimientos turísticos de las ciudades visitadas (Armada, 2018). El
viajero adquiere y envía estas imágenes, que luego se integran en el álbum
familiar como registro de itinerarios, paisajes y monumentos, articulando una
narrativa visual del desplazamiento (Berenguer & Marchiano, 2018).
Los mensajes manuscritos al dorso añaden una capa de significado a estas imágenes (Guereña, 2005). Lejos de limitarse a fórmulas de cortesía, muchos textos expresan afectos, nostalgias, preocupaciones cotidianas o comentarios sobre la experiencia del viaje, convirtiendo la postal en un documento privilegiado para la historia de las emociones y de la vida privada (Guereña, 2005; Armada, 2018). La coexistencia de imagen estandarizada y escritura personal hace de la tarjeta postal ilustrada un soporte especialmente complejo y fértil para el análisis histórico (Prochaska, 2009).
14.3 Apogeo productivo: grandes editores,
fotógrafos y series emblemáticas
En el contexto español, la casa Hauser
y Menet ocupa un lugar central en la configuración de la Edad de Oro de la
postal ilustrada (Carrasco Marqués, 1992; BNE, 2019). Fundada en Madrid en 1890
con un capital social de 50.000 pesetas, la empresa se instala inicialmente en
la calle Desengaño y, a partir de 1891, en la calle Ballesta, donde desarrolla
una intensa actividad en el campo de la fototipia (BNE, 2019). Desde
1892, las tarjetas postales ilustradas pasan a ser uno de sus productos
distintivos, ligando de forma estrecha la identidad de la casa a este nuevo
soporte (Carrasco Marqués, 1992).
En la década de 1890, Hauser y Menet
encarga al fotógrafo Francisco Pérez Linares una amplia serie de vistas
de España, inicialmente destinada a la publicación España ilustrada
(España ilustrada, ca. 1900‑1914; Biblioteca Virtual de Madrid, 2025). Estas
vistas, reproducidas en fototipia, comienzan a aparecer desde 1897 como
postales vendidas individualmente, inaugurando una estrategia de explotación
editorial sistemática del material fotográfico acumulado (Carrasco Marqués,
1992; Armada, 2018). Hacia 1914, el catálogo general de la casa incluye más de 2.300
vistas diferentes, que cubren de manera exhaustiva provincias, ciudades,
monumentos y paisajes del territorio español (Carrasco Marqués, 1992; Armada,
2018).
En términos de clientela, Hauser y Menet
trabaja para actores muy diversos (BNE, 2019). Entre sus principales clientes
se encuentran el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, que
utiliza las postales para difundir el patrimonio monumental; el semanario
ilustrado Blanco y Negro, vinculado a la casa Luca de Tena; y grandes
compañías como la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante
(MZA), que encarga series de estaciones y obras ferroviarias con fines
promocionales (Banco de España, 2023; Docutren, 2012). La empresa desarrolla
también series de veinte postales basadas en ilustraciones de artistas ligados
a Blanco y Negro, como Cecilio Pla, Juan Francés o José
Jiménez Aranda, lo que evidencia el diálogo entre la ilustración artística
y la producción postal (Museo del Prado, 2020; BNE, 2019).
La capacidad productiva de Hauser y Menet
alcanza su punto álgido entre 1900 y 1914, coincidiendo con la fiebre
coleccionista que recorre Europa al inicio del siglo XX (Carrasco Marqués,
2009; McMullen, 2013). Las tiradas de hasta medio millón de postales al mes
alrededor de 1901, mencionadas por distintas fuentes, confirman la escala
industrial de la empresa (Carrasco Marqués, 1992; Armada, 2018). La casa
compite con otros editores relevantes, como J. Laurent & Cía.,
depositaria del archivo fotográfico de Jean Laurent; Romo y Füssel; Sáez
Calleja; la barcelonesa A.T.V. (Ángel Toldrà Viazo); o la Librería
Bastinos, todos ellos partícipes de un ecosistema editorial gráfico denso y
diversificado (Carrasco Marqués, 2009; Armada, 2018; Armada, 2018‑b).
Tras el regreso de Óscar Hauser a Suiza y
su fallecimiento en 1919, Adolfo Menet mantiene la dirección hasta su muerte en
1927 (BNE, 2019). La empresa se transforma en sociedad anónima en 1959 y
prolonga su actividad hasta 1979, alcanzando casi nueve décadas de existencia y
consolidándose como una de las imprentas más importantes de la España contemporánea
(BNE, 2019; Museo del Prado, 2020). Esta larga duración permite observar la
transición desde la Edad de Oro de la postal hasta nuevas formas de producción
gráfica y comunicación visual en el siglo XX (Banco de España, 2023).
Una de las contribuciones más significativas de Hauser y Menet es la elaboración de un catálogo sistemático, conocido como Serie General, que organiza las vistas por provincias y ciudades (Carrasco Marqués, 1992). Este sistema facilita la compra selectiva y fomenta el coleccionismo planificado: los aficionados pueden encargar por correo series completas de una determinada provincia o región, transformando la adquisición ocasional en un proyecto acumulativo de largo recorrido (Carrasco Marqués, 1992; Armada, 2018). La lógica de la “serie completa” se convierte así en motor de producción y consumo y será adoptada también por otros editores españoles, que organizan sus catálogos según criterios temáticos o geográficos análogos (Armada, 2018; Berenguer & Marchiano, 2018).
14.4 Expansión temática y consolidación
de repertorios iconográficos
Entre 1900 y 1914 se cristalizan los repertorios
iconográficos que, mediante su difusión masiva en forma de postales,
contribuyen a definir de manera duradera las imágenes asociadas a determinadas
naciones, regiones y ciudades (Guereña, 2005; Armada, 2018). La reiteración de
ciertos motivos, encuadres y tipos sociales produce lo que Guereña ha descrito
como “representaciones estereotipadas” de la realidad social, en las que la
selección y la omisión resultan tan significativas como la aparente fidelidad
documental (Guereña, 2005).
En el caso español, el análisis de las
series de Hauser y Menet y de otros editores muestra una fuerte
concentración en determinados temas (Carrasco Marqués, 2009; Armada, 2018). Los
monumentos medievales —Alcázar de Segovia, Catedral de Burgos, Alhambra
de Granada, Giralda de Sevilla, murallas de Ávila, acueductos y castillos—
ocupan un lugar prominente, configurando una imagen de España asociada a la tradición
histórica y a la herencia de la Edad Media (Carrasco Marqués, 2009). A ello
se suman escenas de religiosidad —procesiones de Semana Santa,
conventos, iglesias— que subrayan el peso del catolicismo en la vida pública y
en las prácticas festivas (Guereña, 2005; Armada, 2018).
Otro conjunto importante de motivos
remite al exotismo orientalista, especialmente visible en las vistas de
patios andaluces, jardines como el Generalife, arquitectura mudéjar y
escenas de interior decoradas con azulejos y yeserías (Armada, 2018; Berenguer
& Marchiano, 2018). Estas imágenes alimentan la percepción de España, y en
particular de Andalucía, como espacio fronterizo entre Europa y Oriente,
marcado por la herencia islámica y por una supuesta sensualidad climática y
cultural (Armada, 2018). El costumbrismo aporta, por su parte,
representaciones de bailaoras y guitarristas de flamenco, corridas de
toros, vendedores ambulantes, mujeres con mantilla y “tipos regionales”
en traje folklórico, que refuerzan la idea de una sociedad fuertemente
tradicional y festiva (Armada, 2018; Berenguer & Marchiano, 2018).
Los paisajes rurales —olivares,
viñedos, pueblos blancos, campos de cereal— completan este repertorio,
consolidando una imagen de España como país esencialmente agrario y poco
industrializado (Carrasco Marqués, 2009; Armada, 2018). La insistencia en estos
motivos implica, por contraste, la subrepresentación de otros aspectos
de la realidad contemporánea: los barrios obreros, las fábricas, los puertos
industriales o las nuevas infraestructuras de transporte aparecen con menor
frecuencia en las series generales, salvo cuando poseen un valor monumental o
turístico claro (Armada, 2018; Guereña, 2005).
Conviene subrayar, sin embargo, que la
modernización española sí deja huellas significativas en la producción postal
(Armada, 2018). Las series de Hauser y Menet y de otros editores incluyen
vistas de estaciones ferroviarias —como la Estación del Norte en Madrid
o la Estación de Francia en Barcelona—, puentes metálicos —como el
Puente de Vizcaya—, instalaciones portuarias modernizadas, edificios modernistas
(especialmente en Barcelona) y nuevas avenidas de ensanche como la Gran Vía
madrileña o el Eixample barcelonés (Armada, 2018; Java Printing &
AECID, 2010). Estas imágenes muestran que España participa, aunque con ritmos
desiguales, en los procesos europeos de urbanización, electrificación y
expansión del transporte (Armada, 2018).
La tensión entre la España “eterna”
—medieval, religiosa, rural— y la España “moderna” —industrial, urbana,
tecnológica— se refleja en la jerarquía de temas representados (Guereña, 2005;
Armada, 2018). El mercado turístico internacional y el propio gusto de las
élites españolas tienden a privilegiar la primera, más fácilmente
comercializable como recurso identitario y atractivo turístico, mientras que la
segunda aparece a menudo como telón de fondo o como curiosidad técnica (Armada,
2018). De este modo, la postal contribuye a naturalizar una determinada
imagen del país, seleccionando y fijando ciertos rasgos como supuestamente
esenciales (Guereña, 2005).
La repetición masiva de estos motivos a
través de millones de tarjetas genera asociaciones duraderas entre lugares y
significados (Guereña, 2005; Armada, 2018). Ciudades como Toledo se
vinculan a una medievalidad literaria y artística (El Greco, Cervantes); Andalucía
se identifica con el flamenco, el orientalismo y los patios; Castilla
con la monumentalidad imperial; Cataluña con el modernismo burgués; y Galicia
con la religiosidad compostelana (Armada, 2018). Estas asociaciones,
sedimentadas en la cultura visual mediante la circulación de postales,
sobreviven más allá de la Edad de Oro y siguen actuando como matriz de
significación para la industria turística contemporánea (Armada, 2018;
Berenguer & Marchiano, 2018).
En suma, la Edad de Oro de la postal ilustrada (1900‑1914) representa un momento clave en la historia de la cultura visual moderna, en el que convergen innovaciones técnicas, expansión de la sociabilidad postal, consolidación de grandes editores y cristalización de repertorios iconográficos nacionales (Guereña, 2005; Prochaska, 2009). La tarjeta postal se revela así como un observatorio privilegiado de las tensiones entre tradición y modernidad, entre documentación y estereotipo, entre experiencia individual y circulación masiva de imágenes en el marco de la primera globalización (McMullen, 2013; Armada, 2018).
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